Share | | Save as PDF

El Compromiso de Ciudad del Cabo

Una Confesión de Fe y un Llamado a la Acción

Publicado en este formato por acuerdo con Didasko Publishing, una entidad sin fines de lucro que trabaja en nombre del Movimiento de Lausana.

Este documento podrá ser reproducido sin permiso, en forma completa o parcial, exclusivamente para uso personal o ministerial. El texto no podrá modificarse y se deberá reconocer la fuente: [email protected]  ©2011 El Movimiento de Lausana.  Para derechos de publicación en la traducción para todos los títulos de esta serie, ver www.didaskofiles.com.  

Índice

PRÓLOGO

PREÁMBULO

PRIMERA PARTE - Para el Señor que amamos: La Confesión de Fe de Ciudad del Cabo

    1. Amamos porque Dios nos amó primero
    2. Amamos al Dios vivo
    3. Amamos a Dios el Padre
    4. Amamos a Dios el Hijo
    5. Amamos a Dios el Espíritu Santo
    6. Amamos la Palabra de Dios
    7. Amamos el mundo de Dios
    8. Amamos el evangelio de Dios
    9. Amamos al pueblo de Dios
    10. Amamos la misión de Dios

SEGUNDA PARTE - Para el mundo que servimos: El Llamado a la Acción de Ciudad del Cabo 

Introducción
IIA   Dar testimonio de la verdad de Cristo en un mundo pluralista y globalizado
IIB   Edificar la paz de Cristo en nuestro mundo dividido y roto 
IIC   Vivir el amor de Cristo entre personas de otras creencias religiosas
IID   Discernir la voluntad de Cristo para la evangelización mundial
IIE   Llamar a la Iglesia de Cristo a volver a la humildad, la integridad y la sencillez
IIF   Asociarse en el cuerpo de Cristo para la unidad en la misión
Conclusión

Prólogo

El Tercer Congreso de Lausana para la Evangelización Mundial (Ciudad del Cabo, 16 al 25 de octubre de 2010) reunió a 4.200 líderes evangélicos de 198 países, y se extendió a cientos de miles más que participaron en reuniones en todo el mundo y a través de Internet. ¿Su meta? Plantear a la Iglesia global un desafío renovado a dar testimonio de Jesucristo y de toda su enseñanza en cada nación, en cada esfera de la sociedad y en el mundo de las ideas.

El Compromiso de Ciudad del Cabo es el fruto de este esfuerzo. Forma parte de una línea histórica que se apoya tanto en el Pacto de Lausana como en el Manifiesto de Manila. Consta de dos partes. La Primera Parte presenta convicciones bíblicas, que hemos recibido a través de las Escrituras, y la Segunda Parte hace sonar el llamado a la acción.

¿Cómo se dio forma a la Primera Parte? Fue discutida primeramente en Minneapolis, en diciembre de 2009, en un encuentro de 18 teólogos y líderes evangélicos invitados, escogidos de todos los continentes. Un grupo más pequeño, dirigido por el Dr. Christopher J. H. Wright, presidente del Grupo de Trabajo de Teología de Lausana, recibió el encargo de preparar un documento final que estuviera listo para ser presentado al Congreso.

¿Cómo se dio forma a la Segunda Parte? Un amplio proceso de escucha comenzó más de tres años antes del Congreso. Cada uno de los Subdirectores Internacionales del Movimiento de Lausana organizó consultas en su región, donde se pidió a líderes cristianos que identificaran los principales desafíos que enfrentaba la Iglesia. Surgieron seis cuestiones clave que (i) definieron el programa del Congreso y (ii) formaron el marco para el llamado a la acción. Este proceso de escucha continuó durante el Congreso, mientras Chris Wright y el Grupo de Trabajo de la Declaración trabajaban para registrar fielmente todos los aportes. Fue un esfuerzo hercúleo y monumental.

El Compromiso de Ciudad del Cabo funcionará como una hoja de ruta para el Movimiento de Lausana durante los próximos diez años. Esperamos que su llamado profético a trabajar y orar lleve a iglesias, agencias de misión, seminarios, cristianos en el lugar de trabajo y comunidades de estudiantes universitarios a abrazarlo y a encontrar cuál es su parte en llevarlo a cabo.

Hay muchas afirmaciones doctrinales que dicen lo que la Iglesia cree. Nosotros quisimos ir más allá y vincular la creencia con la práctica. Nuestro modelo fue el del apóstol Pablo, cuya enseñanza teológica estaba encarnada en instrucciones prácticas. Por ejemplo, en Colosenses, su profundo y maravilloso retrato de la supremacía de Cristo se traduce en enseñanzas concretas acerca de lo que significa estar arraigados en Cristo.

Distinguimos lo que está en el corazón del evangelio cristiano, es decir las verdades primarias en las que debemos tener unidad, de los temas secundarios, donde cristianos sinceros discrepan en su interpretación de lo que la Biblia enseña o exige. Hemos trabajado aquí para dar forma al principio de Lausana, de "amplitud dentro de límites", y en la Primera Parte, se definen claramente esos límites.

Durante todo este proceso, fue un placer colaborar con la Alianza Evangélica Mundial, que se asoció con nosotros en cada etapa. Los líderes de la AEM estuvieron completamente de acuerdo, tanto con la Confesión de Fe como con el Llamado a la Acción.

Si bien hablamos y escribimos desde la tradición evangélica en el Movimiento de Lausana, afirmamos la unicidad del Cuerpo de Cristo y reconocemos gozosamente que hay muchos seguidores del Señor Jesucristo dentro de otras tradiciones. Acogimos a importantes representantes de varias iglesias históricas de otras tradiciones como observadores en Ciudad del Cabo, y esperamos que el Compromiso de Ciudad del Cabo pueda ser de utilidad para iglesias de todas las tradiciones. Lo ofrecemos con un espíritu humilde.

¿Cuáles son nuestras esperanzas para el Compromiso de Ciudad del Cabo? Confiamos en que se hablará de él, se lo discutirá y se le reconocerá su importancia como una declaración unida de los evangélicos en todo el mundo; que dará forma a los planes en el ministerio cristiano; que fortalecerá a los líderes intelectuales en el ámbito público; y que se originarán iniciativas y asociaciones a partir de él.

Que la Palabra de Dios ilumine nuestra senda, y que la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos nosotros.

S. Douglas Birdsall
Director Ejecutivo                                                        

Lindsay Brown
Director Internacional

Preámbulo

Como miembros de la Iglesia de Jesucristo en todo el mundo, afirmamos gozosamente nuestro compromiso con el Dios vivo y sus propósitos de salvación a través del Señor Jesucristo. Por él, renovamos nuestro compromiso con la visión y las metas del Movimiento de Lausana.


Esto significa dos cosas:

Primero, que seguimos comprometidos con la tarea de dar testimonio, en todo el mundo, de Jesucristo y de toda su enseñanza. El Primer Congreso de Lausana (1974) fue convocado para la tarea de la evangelización mundial. Entre sus principales legados a la Iglesia mundial se destacan: (i) el Pacto de Lausana, (ii) una nueva conciencia de la cantidad de pueblos no alcanzados; y (iii) un renovado descubrimiento de la naturaleza integral del evangelio bíblico y de la misión cristiana. El Segundo Congreso de Lausana, en Manila (1989), dio origen a más de 300 asociaciones estratégicas para la evangelización mundial, muchas de ellas, realizadas en cooperación entre diferentes países, en todas partes del mundo.

Y, segundo, que seguimos comprometidos con los principales documentos del Movimiento: el Pacto de Lausana (1974) yel Manifiesto de Manila (1989). Estos documentos expresan claramente verdades medulares del evangelio bíblico y aplican esas verdades a nuestra misión práctica de formas que siguen siendo pertinentes y desafiantes. Confesamos que no hemos sido fieles a los compromisos asumidos en esos documentos. Pero los recomendamos y apoyamos, mientras intentamos discernir cómo debemos expresar y aplicar la verdad eterna del evangelio en el mundo siempre cambiante de nuestra generación.

Las realidades del cambio

Prácticamente todo lo que tiene que ver con la forma en que vivimos, pensamos y nos relacionamos unos con otros está cambiando a un ritmo cada vez más acelerado. Para bien o para mal, sentimos el impacto de la globalización, de la revolución digital y del cambiante equilibrio de poder económico y político en el mundo. Algunas cosas que enfrentamos nos causan dolor y ansiedad: la pobreza global, las guerras, los conflictos étnicos, las enfermedades, la crisis ecológica y el cambio climático. Pero hay un gran cambio en nuestro mundo que es motivo de regocijo: el crecimiento de la Iglesia mundial de Cristo.

El hecho de que el Tercer Congreso de Lausana se haya realizado en África es evidencia de esto. Por lo menos las dos terceras partes de los cristianos del mundo viven ahora en los continentes del Sur global y el Este global. La composición de nuestro Congreso de Ciudad del Cabo reflejó este enorme cambio en el cristianismo mundial durante el siglo transcurrido desde la Conferencia Misionera de Edimburgo de 1910. Nos regocijamos por el asombroso crecimiento de la Iglesia en África, y nos regocijamos porque nuestras hermanas y hermanos en Cristo africanos fueron los anfitriones de este Congreso. Al mismo tiempo, no podíamos reunirnos en Sudáfrica sin estar conscientes de los años de sufrimiento del pasado bajo el apartheid. Así que estamos agradecidos por el avance del evangelio y la justicia soberana de Dios obrando en la historia reciente, mientras seguimos luchando con el legado de maldad e injusticia que permanece. Este es el doble testimonio y papel de la Iglesia en cada lugar.

Debemos responder en la misión cristiana a las realidades de nuestra propia generación. También debemos aprender de esa mezcla de sabiduría y error, de logro y fracaso, que heredamos de generaciones anteriores. Honramos y lamentamos el pasado, y nos involucramos con el futuro, en el nombre del Dios que sostiene toda la historia en su mano.

Realidades que no han cambiado

En un mundo que busca reinventarse a un ritmo cada vez más acelerado, algunas cosas permanecen iguales. Estas grandes verdades brindan la fundamentación bíblica para nuestra participación misional.

  • Los seres humanos están perdidos. La difícil situación humana subyacente continúa siendo como la describe la Biblia: nos encontramos bajo el juicio justo de Dios en nuestro pecado y rebelión, y sin Cristo no tenemos esperanza.
  • El evangelio es buenas noticias. El evangelio no es un concepto que necesita ideas nuevas, sino una historia que debe ser contada de una forma nueva. Es la historia inalterable de lo que Dios ha hecho para salvar el mundo, en modo supremo, en los sucesos históricos de la vida, muerte, resurrección y reinado de Jesucristo. En Cristo hay esperanza.
  • La misión de la Iglesia continúa. La misión de Dios continúa hasta los confines de la tierra y hasta el fin del mundo. Llegará el día cuando los reinos del mundo se convertirán en el reino de nuestro Dios y de su Cristo, y Dios morará con su humanidad redimida en la nueva creación. Hasta tanto, la participación de la Iglesia en la misión de Dios continúa, con una urgencia gozosa y con oportunidades nuevas y apasionantes en cada generación, incluida la nuestra.

La pasión de nuestro amor

Esta Declaración está enmarcada en el idioma del amor. El amor es el idioma del pacto. Los pactos bíblicos, antiguos y nuevos, son la expresión del amor y la gracia redentores de Dios que se proyectan para alcanzar a nuestra humanidad perdida y a la creación estropeada. A cambio, reclaman nuestro amor. Nuestro amor se demuestra en confianza, obediencia y un compromiso apasionado con nuestro Señor del pacto. El Pacto de Lausana decía que la evangelización mundial requiere que "toda la iglesia lleve todo el evangelio a todo el mundo". Esta sigue siendo nuestra pasión. Así que renovamos ese pacto afirmando nuevamente:

  • Nuestro amor por todo el evangelio, como las gloriosas buenas noticias de Dios en Cristo, para cada dimensión de su creación, porque ha sido arrasada toda por el pecado y el mal;
  • Nuestro amor por toda la Iglesia, como el pueblo de Dios, redimido por Cristo de toda nación en la tierra y toda era de la historia, para compartir la misión de Dios en esta era y glorificarlo por siempre en la era venidera;
  • Nuestro amor por todo el mundo, tan lejos de Dios pero tan cerca de su corazón; el mundo que Dios amó tanto que entregó a su único Hijo para su salvación.

Al amparo de este triple amor, nos comprometemos nuevamente a ser toda la Iglesia; a creer, obedecer y compartir todo el evangelio; y a ir a todo el mundo para hacer discípulos a todas las naciones.

PRIMERA PARTE

PARA EL SEÑOR QUE AMAMOS: La Confesión de Fe de Ciudad del Cabo

1. Amamos porque Dios nos amó primero

La misión de Dios fluye del amor de Dios. La misión del pueblo de Dios fluye de nuestro amor por Dios y por todo lo que Dios ama. La evangelización mundial es el fluir del amor de Dios hacia nosotros y a través de nosotros. Afirmamos la primacía de la gracia de Dios y en consecuencia respondemos luego a esa gracia por fe, demostrada a través de la obediencia del amor. Amamos porque Dios nos amó primero y envió a su Hijo para ser la propiciación por nuestros pecados.[1]

A)    El amor por Dios y el amor por el prójimo constituyen los primeros y mayores mandamientos de los cuales dependen toda la ley y los profetas. El amor es cumplir la ley, y es el primer fruto del Espíritu que se nombra. El amor es la evidencia de que hemos nacido de nuevo, la seguridad de que conocemos a Dios y la comprobación de que Dios mora en nosotros. El amor es el nuevo mandamiento de Cristo, quien dijo a sus discípulos que sólo en tanto y en cuanto obedecieran este mandamiento, la misión de ellos sería visible y creíble. El amor mutuo entre cristianos es la forma en que el Dios invisible, que se hizo visible a través de su Hijo encarnado, sigue haciéndose visible al mundo. El amor era una de las primeras cosas que Pablo observaba y elogiaba entre los nuevos creyentes, junto con la fe y la esperanza. Pero el amor es el mayor, porque el amor nunca deja de ser.[2]

B)    Este amor no es débil ni sentimental. El amor de Dios es fiel, comprometido, abnegado, sacrificado, fuerte y santo, porque está fundamentado en su pacto. Dado que Dios es amor, el amor permea todo el ser y las acciones de Dios, tanto su justicia como su compasión. El amor de Dios se extiende por sobre toda su creación. Se nos ordena amar de formas que reflejen el amor de Dios en todas esas mismas dimensiones. Esto es lo que significa andar en el camino del Señor. [3]

C)    Así que, al enmarcar nuestras convicciones y nuestros compromisos en términos del amor, estamos asumiendo el desafío bíblico más básico y exigente de todos:

  1. amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, nuestra alma, nuestra mente y nuestras fuerzas;
  2. amar a nuestro prójimo (incluyendo el extranjero y el enemigo) como a nosotros mismos;
  3. amarnos unos a otros como Dios nos ha amado en Cristo, y
  4. amar al mundo con el amor de Aquel que entregó a su único Hijo para que el mundo pudiera ser salvo a través de él.[4]

D)    Este amor es el don de Dios derramado en nuestros corazones, pero es también el mandato de Dios que requiere la obediencia de nuestras voluntades. Este amor significa ser como Cristo mismo: robusto en la resistencia, pero amable en humildad; duro para resistir el mal, pero tierno en compasión por los que sufren; valiente en el sufrimiento y fiel hasta la muerte. Este amor fue ejemplificado por Cristo en la tierra y es medido por el Cristo resucitado en la gloria.[5]  

Afirmamos que este amor bíblico integral debe ser la identidad determinante y la marca distintiva de los discípulos de Jesús. En respuesta a la oración y el mandato de Jesús, anhelamos que se cumpla en nosotros. Confesamos con tristeza que, demasiado a menudo, esto no ocurre; así que nos comprometemos nuevamente a realizar todos los esfuerzos posibles por vivir, pensar, hablar y comportarnos de formas que expresen lo que significa andar en amor; amor por Dios, amor unos por otros y amor por el mundo.

2. Amamos al Dios vivo

Nuestro Dios a quien amamos se revela en la Biblia como el Dios que es uno, eterno y vivo, que rige todas las cosas según su voluntad soberana y para su propósito de salvación. En la unidad del Padre, Hijo y Espíritu Santo, Dios solo es el Creador, Soberano, Juez y Salvador del mundo.[6]Así que amamos a Dios, agradeciéndole por nuestro lugar en la creación, sometiéndonos a su soberana providencia, confiando en su justicia y alabándolo por la salvación que ha logrado por nosotros.

A)    Amamos a Dios por sobre todos los rivales. Se nos ordena amar y adorar al Dios vivo únicamente. Pero, como el Israel del Antiguo Testamento, permitimos que nuestro amor por Dios sea adulterado al seguir a los dioses de este mundo, los dioses de las personas que nos rodean.[7] Caemos en el sincretismo, seducidos por muchos ídolos como la avaricia, el poder y el éxito, sirviendo a las riquezas en vez de Dios. Aceptamos las ideologías políticas y económicas dominantes sin una crítica bíblica. Somos tentados a transigir en nuestra creencia en la singularidad de Cristo bajo la presión del pluralismo religioso. Como Israel, necesitamos escuchar el llamado de los profetas y de Jesús mismo a arrepentirnos, a abandonar a todos estos rivales, y a volver obedientemente al amor a Dios y la adoración sólo de él.

B)     Amamos a Dios con pasión por su gloria. La mayor motivación para nuestra misión es la misma que impulsa la misión del propio Dios: que el único Dios vivo sea conocido y glorificado en toda su creación. Esa es la meta última de Dios y debería ser nuestro mayor gozo.

"Si Dios desea que toda rodilla se doble ante Jesús y toda lengua lo confiese, deberíamos desear lo mismo nosotros. Debemos ser 'celosos' (como lo expresa la Biblia a veces) de la honra de su nombre: preocupados cuando permanece desconocido, dolidos cuando es ignorado, indignados cuando es blasfemado y en todo momento ansiosos y decididos a que reciba la honra y la gloria que le corresponden. El motivo misionero supremo no es ni la obediencia a la Gran Comisión (por importante que sea), ni el amor por los pecadores que están alienados y están pereciendo (por fuerte que sea ese incentivo, especialmente cuando reflexionamos sobre la ira de Dios), sino más bien el celo –un celo ardiente y apasionado– por la gloria de Jesucristo. [...]. Ante esta meta suprema de la misión cristiana, todos los motivos indignos se marchitan y mueren".[8] John Stott

Debería ser nuestro mayor dolor que en nuestro mundo el Dios vivo no sea glorificado. El Dios vivo es negado en el ateísmo agresivo. El único Dios verdadero es reemplazado o distorsionado en la práctica de las religiones mundiales. Nuestro Señor Jesucristo es abusado y tergiversado en algunas culturas populares. Y el rostro del Dios de la revelación bíblica es oscurecido por el nominalismo cristiano, el sincretismo y la hipocresía.

Amar a Dios en medio de un mundo que lo rechaza y lo distorsiona requiere el testimonio osado pero humilde de nuestro Dios, la defensa robusta pero amable de la verdad del evangelio de Cristo, el Hijo de Dios, y la confianza en oración en la obra de convicción y convencimiento de su Espíritu Santo. Nos comprometemos con este testimonio, porque si decimos que amamos a Dios, debemos compartir su mayor prioridad, que es que su nombre y su Palabra sean exaltados por sobre todas las cosas.[9]

3. Amamos a Dios el Padre

A través de Jesucristo, el Hijo de Dios –y a través de él solo como el camino, la verdad y la vida–, llegamos a conocer y amar a Dios como Padre. Así como el Espíritu Santo testifica con nuestro espíritu que somos hijos de Dios, también nosotros pronunciamos las palabras que Jesús usó en su oración: "Abba, Padre", y oramos la oración que enseñó Jesús: "Padre nuestro". Nuestro amor por Jesús, demostrado al obedecerlo, se encuentra con el amor del Padre por nosotros al morar el Padre y el Hijo en nosotros, en un mutuo dar y recibir amor.[10] Esta relación íntima tiene profundos fundamentos bíblicos.

A)   Amamos a Dios como el Padre de su pueblo. El Israel del Antiguo Testamento conocía a Dios como Padre, como el que les dio existencia, los llevó y los disciplinó, requirió su obediencia, anheló su amor y ejerció un perdón compasivo, y un amor paciente y duradero.[11] Todas estas cosas siguen vigentes para nosotros como el pueblo de Dios en Cristo, en nuestra relación con nuestro Padre Dios.

B)    Amamos a Dios como el Padre, quien amó tanto al mundo que entregó a su único Hijo para nuestra salvación. ¡Cuán grande es el amor del Padre, para que seamos llamados hijos de Dios! ¡Cuán inconmensurable es el amor del Padre que no escatimó a su único Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros! Este amor del Padre al dar su Hijo se vio reflejado en el amor abnegado del Hijo. Hubo una completa armonía de voluntad en la obra de expiación que el Padre y el Hijo lograron en la cruz a través del Espíritu eterno. El Padre amó al mundo y dio a su Hijo; "el Hijo de Dios […] me amó y se entregó a sí mismo por mí". Esta unidad del Padre y el Hijo, afirmada por Jesús mismo, se refleja en el saludo más repetido de Pablo: "Gracia y paz sean a vosotros, de Dios el Padre y nuestro Señor Jesucristo, el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados […], conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén".[12]

C)    Amamos a Dios el Padre cuyo carácter reflejamos y en cuyo cuidado confiamos. En el Sermón del Monte, Jesús señala repetidamente a nuestro Padre celestial como el modelo o el foco para nuestra acción. Debemos ser pacificadores, como hijos de Dios. Debemos hacer buenas acciones para que nuestro Padre reciba la alabanza. Debemos amar a nuestros enemigos como reflejo del amor de Padre de Dios. Debemos dar, orar y ayunar sólo para los ojos de nuestro Padre. Debemos perdonar a otros como nuestro Padre nos perdona a nosotros. No debemos tener ansiedad, sino que debemos confiar en la provisión de nuestro Padre. Con este comportamiento resultante del carácter cristiano, hacemos la voluntad de nuestro Padre celestial, dentro del reino de Dios.[13]

Confesamos que hemos descuidado frecuentemente la verdad del carácter de Padre de Dios, y nos hemos privado de las riquezas de nuestra relación con él. Nos comprometemos nuevamente a acudir al Padre a través de Jesús el Hijo: a recibir y responder a su amor de Padre, a vivir en obediencia bajo su disciplina de Padre, a reflejar su carácter de Padre en todo nuestro comportamiento y actitudes, y a confiar en su provisión de Padre en las circunstancias a las cuales él nos conduzca.

4. Amamos a Dios el Hijo

Dios ordenó a Israel que amara al SEÑOR Dios con lealtad exclusiva. Asimismo, para nosotros, amar al Señor Jesucristo significa que afirmamos tenazmente que sólo él es Salvador, Señor y Dios. La Biblia enseña que Jesús realiza las mismas acciones soberanas que únicamente Dios realiza. Cristo es Creador del universo, Soberano de la historia, Juez de todas las naciones y Salvador de todos los que se vuelven a Dios.[14] Comparte la identidad de Dios en la divina igualdad y unidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Así como Dios llamó a Israel a amarlo con fe, obediencia y testimonio de siervo fundamentados en el pacto, nosotros afirmamos nuestro amor por Jesucristo al confiar en él, obedecerlo y hacerlo conocer.

A)    Confiamos en Cristo. Creemos el testimonio de los Evangelios de que Jesús de Nazaret es el Mesías, el designado y enviado por Dios para cumplir la singular misión del Israel del Antiguo Testamento, que es llevar la bendición de la salvación de Dios a todas las naciones, según él prometió a Abraham.

  1. En Jesús, concebido por el Espíritu Santo y nacido de la virgen María, Dios asumió nuestra carne humana y vivió entre nosotros, plenamente Dios y plenamente humano.
  2. En su vida, Jesús caminó en perfecta fidelidad y obediencia a Dios. Anunció y enseñó el reino del Dios, y ejemplificó la forma en que sus discípulos deben vivir bajo el reinado de Dios.
  3. En su ministerio y en sus milagros, Jesús anunció y demostró la victoria del reino de Dios sobre el mal y los poderes malignos.
  4. En su muerte en la cruz, Jesús asumió nuestro pecado por nosotros, llevando todo su costo, castigo y vergüenza; derrotó a la muerte y a los poderes del mal, y logró la reconciliación y redención de toda la creación.
  5. En su resurrección corporal, Jesús fue reivindicado y exaltado por Dios, completó y demostró la plena victoria de la cruz, y se convirtió en el precursor de la humanidad redimida y la creación restaurada.
  6. Desde su ascensión, Jesús está reinando como Señor sobre toda la historia y la creación.
  7. Cuando vuelva, Jesús ejecutará el juicio de Dios, destruirá a Satanás, el mal y la muerte, y establecerá el reinado universal de Dios.

B)    Obedecemos a Cristo. Jesús nos llama a ser discípulos, a tomar nuestra cruz y seguirlo en la senda del renunciamiento, el servicio y la obediencia. "Si me amáis, guardad mis mandamientos", dijo. "¿Por qué me llamáis, Señor, Señor y no hacéis lo que yo digo?". Somos llamados a vivir como Cristo vivió y a amar como Cristo amó. Profesar a Cristo mientras ignoramos sus mandatos es una peligrosa necedad. Jesús nos advierte que muchos que hablan en su nombre con ministerios espectaculares y milagrosos se encontrarán repudiados por él como hacedores de maldad.[15] Tomamos en cuenta la advertencia de Cristo, porque ninguno de nosotros es inmune a este tremendo peligro. 

C)    Proclamamos a Cristo.En Cristo únicamente, Dios se ha revelado de manera plena y final, y a través de Cristo únicamente, Dios ha logrado la salvación para el mundo. Por lo tanto, nos arrodillamos como discípulos a los pies de Jesús de Nazaret y le decimos, con Pedro: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente" y, con Tomás: “¡Señor mío, y Dios mío!". Si bien no lo hemos visto, lo amamos. Y nos regocijamos con esperanza mientras anhelamos el día de su retorno, cuando lo veremos tal como es. Hasta tanto, nos unimos a Pedro y a Juan proclamando que “en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos". [16]

Nos comprometemos nuevamente a dar testimonio de Jesucristo y de toda su enseñanza, en todo el mundo, sabiendo que podemos dar ese testimonio sólo si nosotros mismos estamos viviendo en obediencia a su enseñanza.

5. Amamos a Dios el Espíritu Santo

Amamos al Espíritu Santo dentro de la unidad de la Trinidad, junto con Dios el Padre y Dios el Hijo. Él es el Espíritu misionero enviado por el Padre misionero y el Hijo misionero, que imparte vida y poder a la Iglesia misionera de Dios. Amamos al Espíritu Santo y oramos por su presencia porque, sin el testimonio que el Espíritu da de Cristo, nuestro propio testimonio es vano. Sin la obra de convicción del Espíritu, nuestra predicación es vana. Sin los dones, la guía y el poder del Espíritu, nuestra misión es mero esfuerzo humano. Y, sin el fruto del Espíritu, nuestras vidas poco atractivas no pueden reflejar la belleza del evangelio.

A)    En el Antiguo Testamento, vemos al Espíritu de Dios activo en la creación, en obras de liberación y justicia, y llenando y dotando de poder a personas para toda clase de servicio. Profetas llenos del Espíritu esperaban la llegada del Rey y Siervo, cuya Persona y obra estarían dotadas del Espíritu de Dios. Los profetas también miraban hacia la era venidera que estaría marcada por el derramamiento del Espíritu de Dios, trayendo nueva vida, una renovada obediencia y el otorgamiento de dones proféticos a todo el pueblo de Dios, jóvenes y ancianos, hombres y mujeres.[17]

B)    En Pentecostés, Dios derramó su Espíritu Santo según lo prometieron los profetas y Jesús. El Espíritu santificador produce su fruto en las vidas de los creyentes, y el primer fruto es siempre el amor. El Espíritu llena la Iglesia de sus dones, que "procuramos"  [“deseamos ardientemente”, La Biblia de las Américas] como el equipamiento indispensable para el servicio cristiano. El Espíritu nos da poder para la misión y para la gran variedad de obras de servicio. El Espíritu nos permite proclamar y demostrar el evangelio, discernir la verdad, orar eficazmente y prevalecer sobre las fuerzas de oscuridad. El Espíritu inspira y acompaña nuestra adoración. El Espíritu fortalece y consuela a los discípulos que son perseguidos o están sufriendo pruebas por su testimonio de Cristo.[18]

C)    Por lo tanto, nuestra participación en la misión no tiene sentido y es infructuosa sin la presencia, la guía y el poder del Espíritu Santo. Esto se aplica a la misión en todas sus dimensiones: la evangelización, el dar testimonio de la verdad, el discipulado, la pacificación, la participación social, la transformación ética, el cuidado de la creación, la victoria sobre los poderes del mal, la expulsión de espíritus demoníacos, la sanación de los enfermos, el sufrimiento y la perseverancia bajo la persecución. Todo lo que hacemos en el nombre de Cristo debe ser guiado por el Espíritu Santo, y con su poder. El Nuevo Testamento lo deja en claro en la vida de la Iglesia primitiva y la enseñanza de los apóstoles. Hoy, se demuestra en la fecundidad y el crecimiento de las iglesias donde los seguidores de Jesús actúan confiadamente en el poder del Espíritu Santo, con dependencia y expectativa.

No existe ningún evangelio verdadero o completo, y ninguna misión bíblica auténtica, sin la Persona, la obra y el poder del Espíritu Santo. Oramos por un mayor despertar a esta verdad bíblica, y para que su experiencia sea realidad en todas las partes del cuerpo de Cristo en todo el mundo. Sin embargo, somos conscientes de los muchos abusos que ocurren bajo el nombre del Espíritu Santo, de las muchas formas en que se practican y promueven toda clase de fenómenos que no son los dones del Espíritu Santo según la clara enseñanza del Nuevo Testamento. Hay gran necesidad de un discernimiento más profundo, de claras advertencias contra el engaño, de desenmascarar a manipuladores fraudulentos e interesados que abusan del poder espiritual para su propio enriquecimiento impío. Por sobre todo, hay gran necesidad de una enseñanza y una predicación que sean bíblicas y constantes, impregnadas de oración humilde, que equipen a los creyentes en general para que entiendan y se regocijen en el evangelio verdadero, y reconozcan y rechacen los evangelios falsos.

6. Amamos la Palabra de Dios

Amamos la Palabra de Dios en las Escrituras del Antiguo y el Nuevo Testamento, que se hacen eco del deleite gozoso del salmista en la Torá: "He amado sus mandamientos más que el oro […] ¡Oh, cuánto amo yo tu ley!". Recibimos toda la Biblia como la Palabra de Dios, inspirada por el Espíritu de Dios, hablada y escrita a través de autores humanos. Nos sometemos a ella por su autoridad suprema y singular, que rige nuestra creencia y nuestro comportamiento. Testificamos del poder de la Palabra de Dios para lograr su propósito de salvación. Afirmamos que la Biblia es la Palabra escrita final de Dios, no superada por ninguna revelación adicional, pero también nos regocijamos en que el Espíritu Santo ilumina las mentes del pueblo de Dios de forma que la Biblia continúa hablando la verdad de Dios de formas nuevas a las personas de cada cultura.[19]

A)    La Persona que la Biblia revela. Amamos la Biblia como la esposa ama las cartas de su esposo, no por el papel en que están escritas, sino por la persona que habla a través de ellas. La Biblia nos da la revelación que Dios mismo hace de su identidad, carácter, propósitos y acciones. Es el principal testimonio del Señor Jesucristo. Al leerla, lo encontramos a él a través de su Espíritu con gran gozo. Nuestro amor por la Biblia es una expresión de nuestro amor por Dios.

B)    La historia que la Biblia cuenta. La Biblia cuenta la historia universal de la creación, la caída, la redención en la historia, y la nueva creación. Esta narración abarcadora nos provee nuestra coherente cosmovisión bíblica y da forma a nuestra teología. En el centro de esta historia se encuentran los sucesos salvíficos culminantes de la cruz y la resurrección de Cristo, que constituyen el corazón del evangelio. Es esta historia (en el Antiguo y el Nuevo Testamento) la que nos dice quiénes somos, para qué estamos aquí y hacia dónde vamos. Esta historia de la misión de Dios define nuestra identidad, impulsa nuestra misión y nos asegura que el final se encuentra en las manos de Dios. Esta historia debe moldear la memoria y la esperanza del pueblo de Dios, y debe regir el contenido de su testimonio evangelístico, al pasarlo de generación en generación. Debemos hacer conocer la Biblia por todos los medios posibles, porque su mensaje es para todas las personas de la tierra. Por lo tanto, volvemos a comprometernos con la tarea continua de traducir, difundir y enseñar la Biblia en cada cultura e idioma, incluidos aquellos que son predominantemente orales o no literarios.

C)    La verdad que la Biblia enseña. Toda la Biblia nos enseña la totalidad del consejo de Dios, la verdad que Dios quiere que conozcamos. Nos sometemos a ella como verdadera y confiable en todo lo que afirma, porque es la Palabra del Dios que no puede mentir y no fallará. Es clara y suficiente para revelar el camino de la salvación. Es el fundamento para explorar y entender todas las dimensiones de la verdad de Dios.

Sin embargo, vivimos en un mundo lleno de mentiras y de rechazo de la verdad. Muchas culturas exhiben un relativismo dominante que niega que exista o pueda conocerse ninguna verdad absoluta. Si amamos la Biblia, entonces debemos levantarnos en defensa de sus afirmaciones de verdad. Debemos encontrar nuevas formas de expresar la autoridad bíblica en todas las culturas. Volvemos a comprometernos a luchar para defender la verdad de la revelación de Dios como parte de nuestra obra de amor por la Palabra de Dios.

D)    La vida que la Biblia requiere. "Muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas". Jesús y Santiago nos llaman a ser hacedores de la palabra y no tan solamente oidores.[20] La Biblia retrata una calidad de vida que debería distinguir al creyente y a la comunidad de los creyentes. De Abraham, Moisés, los salmistas, los profetas y la sabiduría de Israel, y de Jesús y los apóstoles, aprendemos que este estilo de vida bíblico incluye la justicia, la compasión, la humildad, la integridad, la veracidad, la castidad sexual, la generosidad, la bondad, la abnegación, la hospitalidad, la pacificación, el no tomar represalias, el hacer el bien, el perdón, el gozo, el contentamiento y el amor; y todas estas cosas deben estar combinadas en vidas caracterizadas por la adoración, la alabanza y la fidelidad a Dios.

Confesamos que decimos fácilmente que amamos la Biblia, sin amar la vida que ella enseña: la vida de esforzada obediencia práctica a Dios a través de Cristo. Sin embargo, "no hay nada que con mayor elocuencia respalde al evangelio que una vida transformada, ni nada que lo desacredite tanto como una vida inconsistente con aquél. Se nos ha ordenado comportarnos de una manera digna del evangelio de Cristo, y aun 'adornarlo' resaltando su belleza por medio de vidas santas".[21] Por lo tanto, por el bien del evangelio de Cristo, nos comprometemos nuevamente a demostrar nuestro amor por la Palabra de Dios creyéndola y obedeciéndola. No existe misión bíblica sin una vida bíblica.

7. Amamos el mundo de Dios

Compartimos la pasión de Dios por su mundo, amando todo lo que él ha hecho, regocijándonos en su providencia y justicia en toda su creación, proclamando las buenas noticias a toda la creación y a todas las naciones, y anhelando el día cuando la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Dios, como las aguas cubren el mar.[22]

A)   Amamos el mundo de la creación de Dios. Este amor no es un mero afecto sentimental por la naturaleza (que la Biblia en ninguna parte ordena), y mucho menos una adoración panteísta de la naturaleza (que la Biblia expresamente prohíbe). Más bien, es el resultado lógico de nuestro amor por Dios en el cuidado de lo que le pertenece. "De Jehová es la tierra y su plenitud". La tierra es la propiedad del Dios que decimos amar y obedecer. Cuidamos de la tierra, sencillamente, porque pertenece a quien llamamos Señor.[23]

Cristo creó, sostiene y redimió la tierra.[24] No podemos decir que amamos a Dios mientras abusamos de lo que pertenece a Cristo por derecho de creación, redención y herencia. Cuidamos de la tierra y usamos en forma responsable sus abundantes recursos, no según las razones del mundo secular, sino por causa del Señor. Si Jesús es Señor de toda la tierra, no podemos separar nuestra relación con Cristo de la manera en que actuamos con relación a la tierra. Porque proclamar el evangelio que dice "Jesús es Señor" es proclamar el evangelio que incluye a la tierra, dado que el señorío de Cristo es sobre toda la creación. El cuidado de la creación es, por lo tanto, un tema del evangelio dentro del señorío de Cristo.

Este amor por la creación de Dios exige que nos arrepintamos de nuestra parte en la destrucción, dilapidación y contaminación de los recursos de la tierra y nuestra complicidad en la idolatría tóxica del consumismo. En cambio, nos comprometemos a una urgente y profética responsabilidad ecológica. Apoyamos a los cristianos cuyo llamado misional específico es a la defensoría y la acción ambiental, así como a aquellos comprometidos con el cumplimiento piadoso del mandato de proveer para el bienestar y las necesidades de los seres humanos ejerciendo un dominio y una mayordomía responsables. La Biblia declara el propósito redentor de Dios para la creación misma. La misión integral significa discernir, proclamar y vivir la verdad bíblica de que el evangelio es buenas noticias de parte de Dios, a través de la cruz y la resurrección de Jesucristo, para cada persona individualmente, y también para la sociedad, y también para la creación. Los tres elementos están rotos y sufren por el pecado; los tres están incluidos en el amor y la misión redentores de Dios; los tres deben formar parte de la misión integral del pueblo de Dios.

B)   Amamos el mundo de las naciones y las culturas. "De una sangre, ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra". La diversidad étnica es el don de Dios en la creación y será preservada en la nueva creación, cuando será liberada de nuestras divisiones y rivalidades producto de la caída. Nuestro amor por todos los pueblos refleja la promesa de Dios de bendecir a todas las naciones de la tierra y la misión de Dios, de crear para sí un pueblo tomado de cada tribu, lengua, nación y pueblo. Debemos amar todo lo que Dios ha escogido bendecir, lo cual incluye a todas las culturas. Históricamente, si bien la misión cristiana ha estado viciada de fallas destructivas, ha desempeñado un papel decisivo en la protección y preservación de las culturas indígenas y sus idiomas. Sin embargo, el amor piadoso también incluye un discernimiento crítico, porque todas las culturas muestran no sólo evidencia positiva de la imagen de Dios en las vidas humanas, sino también las improntas negativas de Satanás y el pecado. Anhelamos ver el evangelio encarnado y arraigado en todas las culturas, redimiéndolas desde adentro para que puedan exhibir la gloria de Dios y la radiante plenitud de Cristo. Esperamos el momento cuando la riqueza, la gloria y el esplendor de todas las culturas serán traídos a la ciudad de Dios, redimidos y purgados de todo pecado, enriqueciendo la nueva creación.[25]

Este amor por todos los pueblos exige que rechacemos los males del racismo y el etnocentrismo, y que tratemos a cada grupo étnico y cultural con dignidad y respeto, basándonos en su valor para Dios en la creación y la redención.[26]

Este amor también exige que tratemos de dar a conocer el evangelio en todos los pueblos y todas las culturas de todas partes. Ninguna nación, judía o gentil, queda fuera del alcance de la Gran Comisión. La evangelización es algo que fluye de los corazones que están llenos del amor de Dios para quienes aún no lo conocen. Confesamos con vergüenza que hay, todavía, muchísimos pueblos en el mundo que no han escuchado el mensaje del amor de Dios en Jesucristo. Renovamos el compromiso que ha inspirado al Movimiento de Lausana desde su inicio, de usar todos los medios posibles para alcanzar a todos los pueblos con el evangelio.

C)   Amamos a los pobres y a los que sufren en el mundo. La Biblia nos dice que el Señor muestra su amor hacia todo lo que ha hecho, que defiende la causa de los oprimidos, ama al extranjero, alimenta al hambriento y sostiene al huérfano y a la viuda.[27] La Biblia también muestra que Dios desea hacer estas cosas a través de seres humanos comprometidos con estas acciones. Dios hace responsables especialmente a quienes son designados como líderes de la política o la justicia en la sociedad,[28] pero ordena a todo el pueblo de Dios –por la Ley y los Profetas, los Salmos y los libros de Sabiduría, Jesús y Pablo, Santiago y Juan– que refleje el amor y la justicia de Dios en amor y justicia prácticos a favor de los necesitados.[29]

Este amor por los pobres exige que no sólo amemos la misericordia y las acciones de compasión, sino que también hagamos justicia denunciando y oponiéndonos a todo lo que oprime y explota a los pobres. "No debemos tener temor de denunciar el mal y la injusticia dondequiera que existan".[30] Confesamos con vergüenza que, en este tema, no compartimos la pasión de Dios, no encarnamos el amor de Dios, no reflejamos el carácter de Dios y no hacemos la voluntad de Dios. Nos consagramos nuevamente a la promoción de la justicia, incluyendo la solidaridad y la defensoría de los marginados y oprimidos. Reconocemos esta lucha contra el mal como una dimensión de la guerra espiritual que sólo puede librarse a través de la victoria de la cruz y la resurrección, con el poder del Espíritu Santo y con oración constante.

D)   Amamos a nuestros prójimos como a nosotros mismos. Jesús llamó a sus discípulos a obedecer este mandamiento como el segundo más importante de la ley, pero luego tomó la orden dada en el mismo capítulo, acerca de amar al prójimo, y la profundizó radicalmente al decir: “Amad a vuestros enemigos”.[31] 

Este amor por nuestros prójimos exige que respondamos a todas las personas desde el corazón del evangelio, en obediencia al mandamiento de Cristo y siguiendo el ejemplo de Cristo. Este amor por nuestros prójimos abraza a personas de otras creencias religiosas, y se extiende hacia quienes nos odian, calumnian y persiguen, y aun nos matan. Jesús nos enseñó a responder a las mentiras con la verdad; a quienes hacen el mal con actos de bondad, misericordia y perdón; a la violencia y el asesinato contra sus discípulos con abnegación, a fin de atraer a las personas hacia él y para romper la cadena del mal. Rechazamos enfáticamente el camino de la violencia en la difusión del evangelio, y renunciamos a la tentación de tomar represalias para vengarnos de quienes nos hacen mal. Esta clase de desobediencia es incompatible con el ejemplo y la enseñanza de Cristo y del Nuevo Testamento.[32] Al mismo tiempo, nuestro deber de amor para con nuestros prójimos que sufren nos exige buscar justicia para ellos a través de la apelación adecuada a las autoridades jurídicas y estatales que funcionan como siervos de Dios para castigar a los malhechores.[33]

E)   El mundo que no amamos. El mundo de la buena creación de Dios se ha convertido en el mundo de la rebelión humana y satánica contra Dios. Se nos ordena no amar ese mundo del deseo pecaminoso, la avaricia y el orgullo humano. Confesamos con dolor que precisamente estos signos de mundanalidad muy a menudo distorsionan nuestra presencia cristiana y niegan nuestro testimonio del evangelio.[34]

Nos comprometemos nuevamente a no coquetear con el mundo caído y sus pasiones transitorias, sino a amar a todo el mundo como Dios lo ama. Así que amamos al mundo con un anhelo santo por la redención y la renovación de toda la creación y de todas las culturas en Cristo, la reunión del pueblo de Dios de todas las naciones hasta los confines de la tierra, y el fin de toda destrucción, pobreza y enemistad.

8. Amamos el evangelio de Dios

Como discípulos de Jesús, somos personas del evangelio. El núcleo de nuestra identidad es nuestra pasión por las buenas noticias bíblicas de la obra de salvación de Dios a través de Jesucristo. Estamos unidos por nuestra experiencia de la gracia de Dios en el evangelio y por nuestra motivación de hacer conocer ese evangelio de la gracia hasta los confines de la tierra por todos los medios posibles.

A)      Amamos las buenas noticias en un mundo de malas noticias. El evangelio aborda los efectos nefastos del pecado, el fracaso y la necesidad humanos. Los seres humanos se rebelaron contra Dios, rechazaron la autoridad de Dios y desobedecieron la Palabra de Dios. En este estado pecaminoso, estamos alienados de Dios, entre nosotros y del orden creado. El pecado merece la condena de Dios. Quienes se rehúsan a arrepentirse, "no obedecen el evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor".[35] Los efectos del pecado y el poder del mal han corrompido cada dimensión de la persona humana (espiritual, física, intelectual y relacional). Han permeado la vida cultural, económica, social, política y religiosa a lo largo de todas las culturas y todas las generaciones de la historia. Han ocasionado incalculable sufrimiento a la raza humana y daño a la creación de Dios. Contra este trasfondo sombrío, el evangelio bíblico es, ciertamente, buenas noticias.

B)     Amamos la historia que el evangelio cuenta. El evangelio anuncia como buenas noticias los hechos históricos de la vida, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. Como el hijo de David, el Mesías Rey prometido, Jesús es aquel a través de quien, exclusivamente, Dios ha establecido su reino y ha actuado para la salvación del mundo, permitiendo que todas las naciones de la tierra sean benditas, como prometió a Abraham. Pablo define el evangelio al decir que "Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce". El evangelio declara que, en la cruz de Cristo, Dios asumió sobre sí, en la persona de su Hijo y en nuestro lugar, el juicio que merece nuestro pecado. En el mismo gran acto de salvación, completado, reivindicado y declarado a través de la resurrección, Dios obtuvo la victoria decisiva sobre Satanás, la muerte y todos los poderes del mal, nos liberó de su poder y del temor a ellos y aseguró su destrucción final. Dios logró la reconciliación de los creyentes con él y entre sí cruzando todas las fronteras y las enemistades. Dios también logró su propósito de la reconciliación final de toda la creación, y en la resurrección corporal de Jesús nos ha dado las primicias de la nueva creación. "Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo".[36] ¡Cómo amamos la historia del evangelio!

C)  Amamos la seguridad que el evangelio brinda. Únicamente al poner nuestra confianza en Cristo solo, somos unidos con Cristo a través del Espíritu Santo y somos considerados justos en Cristo ante Dios. Siendo justificados por fe, tenemos paz con Dios y ya no enfrentamos la condenación. Recibimos el perdón de nuestros pecados. Nacemos de nuevo a una esperanza viva al compartir la vida resucitada de Cristo. Somos adoptados como coherederos con Cristo. Pasamos a ser ciudadanos del pueblo del pacto de Dios, miembros de la familia de Dios y lugar de morada de Dios. Así que, al confiar en Cristo, tenemos plena seguridad de la salvación y la vida eterna, ya que nuestra salvación depende, en última instancia, no de nosotros mismos, sino de la obra de Cristo y la promesa de Dios. "Ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro".[37] ¡Cómo amamos la promesa del evangelio!

D)  Amamos la transformación que el evangelio produce. El evangelio es el poder de Dios que transforma las vidas, que está obrando en el mundo. "Es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree".[38] La fe sola es el medio a través del cual se reciben las bendiciones y la seguridad del evangelio. Sin embargo, la fe salvadora nunca permanece sola, sino que se demuestra necesariamente en la obediencia. La obediencia cristiana es "la fe que obra por el amor". [39] No somos salvados por buenas obras sino, habiendo sido salvados sólo por gracia, somos "creados en Cristo Jesús para buenas obras".[40] "La fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma".[41] Pablo veía la transformación ética que produce el evangelio como obra de la gracia de Dios, la gracia que logró nuestra salvación en la primera venida de Cristo, y la gracia que nos enseña a vivir éticamente a la luz de su segunda venida.[42] Para Pablo, "obedecer al evangelio" significaba tanto confiar en la gracia como, luego, ser enseñado por la gracia.[43] La meta misional de Pablo era lograr la "obediencia a la fe" entre todas las naciones.[44] Este lenguaje, muy asociado al pacto, evoca a Abraham. Abraham creyó la promesa de Dios, lo cual le fue acreditado como justicia, y luego obedeció el mandamiento de Dios en demostración de su fe. "Por la fe Abraham […] obedeció".[45] El arrepentimiento y la fe en Jesucristo son los primeros actos de obediencia que exige el evangelio; la obediencia continua a los mandamientos de Dios es la forma de vida hecha posible por la fe del evangelio, a través del Espíritu Santo que nos santifica.[46] La obediencia, por lo tanto, es la evidencia viva de la fe salvadora y el fruto vivo de ella. La obediencia es, también, la prueba de nuestro amor por Jesús. "El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama".[47] "En esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos".[48] ¡Cómo amamos el poder del evangelio!

9. Amamos al pueblo de Dios

El pueblo de Dios son todas las personas de todas las edades y todas las naciones a quienes Dios, en Cristo, ha amado, escogido, llamado, salvado y santificado como un pueblo para su propia posesión, para compartir la gloria de Cristo como ciudadanos de la nueva creación. En consecuencia, como aquellas personas que Dios ha amado de eternidad a eternidad y a lo largo de toda nuestra historia turbulenta y rebelde, se nos ordena amarnos unos a otros. Porque "si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros" y, por lo tanto: "Sed, pues, imitadores de Dios […] y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros". El amor de unos por otros en la familia de Dios no es meramente una opción deseable, sino un mandamiento ineludible. Este amor es la primera evidencia de la obediencia al evangelio, la expresión necesaria de nuestra sumisión al señorío de Cristo, y un potente motor para la misión mundial. [49]

A)    El amor exige unidad.El mandamiento de Jesús, de que sus discípulos se amen unos a otros, está vinculado con su oración para que sean uno. Tanto el mandamiento como la oración son misionales: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos" y "para que el mundo crea que tú [el Padre] me enviaste".[50] Un signo sumamente convincente de la verdad del evangelio es cuando los creyentes cristianos están unidos en amor a través de las arraigadas divisiones del mundo: barreras de raza, color, género, clase social, privilegio económico o alineación política. Hay pocas cosas que destruyen tanto nuestro testimonio como cuando los cristianos reflejan y amplifican las mismas divisiones entre ellos. Buscamos urgentemente una nueva asociación global dentro del cuerpo de Cristo a través de todos los continentes, arraigada en un profundo amor mutuo, la sumisión mutua y un intenso compartir de recursos económicos sin paternalismo ni dependencia malsana. Y buscamos esto no sólo como una demostración de nuestra unidad en el evangelio, sino por el bien del nombre de Cristo y la misión de Dios en todo el mundo.

B)    El amor exige sinceridad. El amor habla la verdad con gracia. Nadie amaba más al pueblo de Dios que los profetas de Israel y Jesús mismo. Sin embargo, nadie los confrontó más sinceramente con la verdad de su fracaso, idolatría y rebelión contra su Señor del pacto. Y, al hacerlo, llamaron al pueblo de Dios a arrepentirse, para que pudieran ser perdonados y restaurados al servicio de la misión de Dios. La misma voz de amor profético debe oírse hoy, por la misma razón. Nuestro amor por la Iglesia de Dios sufre de dolor por la fealdad que hay entre nosotros y que tanto desfigura el rostro de nuestro querido Señor Jesús y oculta su belleza del mundo, ese mundo que necesita tan desesperadamente ser atraído hacia él.

C)    El amor exige solidaridad. Amarnos unos a otros incluye especialmente cuidar de los que son perseguidos y los que están presos por su fe y su testimonio. Si una parte del cuerpo sufre, todas las partes sufren con ella. Somos todos, como Juan, "copartícipes […] en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo".[51] Nos comprometemos a compartir el sufrimiento de los miembros del cuerpo de Cristo en todo el mundo, a través de información, oración, defensoría y otros medios de apoyo. Sin embargo, vemos este compartir no sólo como un ejercicio de conmiseración, sino también como un anhelo de aprender lo que puede enseñar y dar la Iglesia sufriente a aquellas partes del Cuerpo que no están sufriendo de la misma manera. Se nos advierte que la iglesia que se siente cómoda en su bienestar económico y su autosuficiencia puede, como la de Laodicea, ser la iglesia que Jesús ve como la más ciega a su propia pobreza y aquella con respecto a la cual él mismo se siente como un extraño fuera de la puerta.[52]

Jesús convoca a todos sus discípulos a ser una familia entre las naciones, una comunidad reconciliada en la que todas las barreras pecaminosas han sido derribadas por medio de su gracia reconciliadora. Esta Iglesia es una comunidad de gracia, obediencia y amor en la comunión del Espíritu Santo, en la cual se reflejan los gloriosos atributos de Dios y las características de la gracia de Cristo, y se exhibe la multicolor sabiduría de Dios. Como la expresión actual más vívida del reino de Dios, la Iglesia es la comunidad de los reconciliados que ya no viven para sí mismos, sino para el Salvador que los amó y se entregó por ellos.

10. Amamos la misión de Dios

Estamos comprometidos con la misión mundial, porque es fundamental para nuestra comprensión de Dios, la Biblia, la Iglesia, la historia humana y el futuro último. La Biblia entera revela la misión de Dios de llevar todas las cosas en el cielo y en la tierra a la unidad bajo Cristo, reconciliándolas por medio de la sangre de su cruz. Al llevar a cabo su misión, Dios transformará la creación rota por el pecado y el mal en la nueva creación donde ya no habrá más pecado ni maldición. Dios cumplirá su promesa a Abraham de bendecir a todas las naciones de la tierra por medio del evangelio de Jesús, el Mesías, la simiente de Abraham. Dios transformará el mundo fracturado de naciones que están dispersas bajo el juicio de Dios en la nueva humanidad que será redimida por la sangre de Cristo de toda tribu, nación, pueblo y lengua, y será reunida para adorar a nuestro Dios y Salvador. Dios destruirá el reinado de la muerte, la corrupción y la violencia cuando Cristo vuelva para establecer su reino eterno de vida, justicia y paz. Entonces Dios, Emanuel, morará con nosotros, y el reino del mundo pasará a ser el reino de nuestro Señor y de su Cristo, y reinará por siempre jamás.[53]

A)    Nuestra participación en la misión de Dios. Dios llama a su pueblo a compartir su misión. La Iglesia de todas las naciones es la continuidad, a través del Mesías Jesús, del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento. Con ellos, hemos sido llamados a través de Abraham y comisionados para ser una bendición y una luz a las naciones. Con ellos, debemos ser moldeados y enseñados por medio de la ley y los profetas para ser una comunidad de santidad, compasión y justicia en un mundo de pecado y sufrimiento. Hemos sido redimidos por medio de la cruz y la resurrección de Jesucristo, y hemos sido dotados de poder por el Espíritu Santo para dar testimonio de lo que Dios ha hecho en Cristo. La Iglesia existe para adorar y glorificar a Dios por toda la eternidad, y para participar en la misión transformadora de Dios dentro de la historia. Nuestra misión se deriva plenamente de la misión de Dios, está dirigida a toda la creación de Dios y tiene como centro y fundamento la victoria redentora de la cruz. Este es el pueblo al cual pertenecemos, cuya fe confesamos y cuya misión compartimos.

B)    La integridad de nuestra misión. El origen de toda nuestra misión es lo que Dios ha hecho en Cristo para la redención de todo el mundo, según lo revela la Biblia. Nuestra tarea evangelística es hacer conocer esas buenas noticias a todas las naciones. El contexto de nuestra misión es el mundo en que vivimos, el mundo de pecado, sufrimiento, injusticia y desorden creacional, al cual Dios nos envía para amar y servir por la causa de Cristo. Por lo tanto, toda nuestra misión debe reflejar la integración de la evangelización y la participación comprometida en el mundo, ya que ambas son ordenadas e impulsadas por la revelación bíblica completa del evangelio de Dios.

C)    "La evangelización es la proclamación misma del Cristo histórico y bíblico como Salvador y Señor, con el fin de persuadir a las gentes a venir a él personalmente y reconciliarse con Dios. [...] Los resultados de la evangelización incluyen la obediencia a Cristo, la incorporación en su iglesia y el servicio responsable en el mundo. […] Afirmamos que la evangelización y la acción social y política son parte de nuestro deber cristiano. Ambas son expresiones necesarias de nuestra doctrina de Dios y del hombre, de nuestro amor al prójimo y de nuestra obediencia a Jesucristo. […]. La salvación que decimos tener, debe transformarnos en la totalidad de nuestras responsabilidades, personales y sociales. La fe sin obras es muerta".[54]

"La misión integral o transformación holística es la proclamación y la demostración del evangelio. No es simplemente que la evangelización y el compromiso social tengan que llevarse a cabo juntos. Más bien, en la misión integral nuestra proclamación tiene consecuencias sociales cuando llamamos a la gente al arrepentimiento y al amor por los demás en todas las áreas de la vida. Y nuestro compromiso social tiene consecuencias para la evangelización cuando damos testimonio de la gracia transformadora de Jesucristo. Si hacemos caso omiso del mundo, traicionamos la palabra de Dios, la cual nos demanda que sirvamos al mundo. Si hacemos caso omiso de la palabra de Dios, no tenemos nada que ofrecerle al mundo."[55]

Nos comprometemos con el ejercicio integral y dinámico de todas las dimensiones de la misión a la cual Dios llama a su Iglesia.

  • Dios nos ordena hacer conocer a todas las naciones la verdad de la revelación de Dios y el evangelio de la gracia salvadora de Dios por medio de Jesucristo, llamando a todas las personas al arrepentimiento, a la fe, al bautismo y al discipulado obediente.
  • Dios nos ordena reflejar su propio carácter por medio del cuidado compasivo de los necesitados, y demostrar los valores y el poder del reino de Dios en la lucha por la justicia y la paz, y en el cuidado de la creación de Dios.

En respuesta al amor infinito de Dios por nosotros en Cristo, y como resultado de nuestro amor desbordante por él, volvemos a dedicarnos, con la ayuda del Espíritu Santo, a obedecer plenamente todo lo que Dios ordena, con humildad abnegada, gozo y valentía. Renovamos este pacto con el Señor, el Señor que amamos porque él nos amó primero.

SEGUNDA PARTE

PARA EL MUNDO QUE SERVIMOS: El Llamado a la Acción de Ciudad del Cabo

INTRODUCCIÓN

Nuestro pacto con Dios vincula íntimamente el amor con la obediencia. Dios se regocija al ver “la obra de nuestra fe” y “el trabajo de nuestro amor”,[56] porque “somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”.[57]

Como miembros de la Iglesia de Jesucristo en todo el mundo, hemos buscado escuchar la voz de Dios a través del Espíritu Santo. Hemos escuchado su voz, que nos llega desde su Palabra escrita en la exposición de Efesios, y a través de las voces de su pueblo de todo el mundo. Los seis temas principales de nuestro Congreso brindan un marco para discernir los desafíos que enfrenta la Iglesia de Cristo en todo el mundo y nuestras prioridades para el futuro. No pretendemos decir que estos compromisos son los únicos que la Iglesia debe considerar, ni que las prioridades son las mismas en todas partes.

IIA  DAR TESTIMONIO DE LA VERDAD DE CRISTO EN UN MUNDO PLURALISTA Y GLOBALIZADO

1. La verdad y la persona de Cristo

Jesucristo es la verdad del universo. Dado que Jesús es verdad, la verdad en Cristo es (i) personal, además de proposicional; (ii) universal, además de contextual; (iii) última, además de presente.

A)    Como discípulos de Cristo, somos llamados a ser personas identificadas con la verdad.

  1. Debemos vivir la verdad. Vivir la verdad es ser el rostro de Jesús, a través de quien la gloria del evangelio es revelada a mentes cegadas. Las personas verán la verdad en los rostros de quienes viven sus vidas para Jesús, en fidelidad y amor.
  2. Debemos proclamar la verdad. La proclamación hablada de la verdad del evangelio sigue siendo de primordial importancia en nuestra misión. Esto no puede separarse del hecho de vi vir la verdad. Las obras y las palabras deben ir de la mano.

B)    Instamos a los líderes de iglesias, pastores y evangelistas a predicar y enseñar la plenitud del evangelio bíblico como lo hizo Pablo, señalando todo su alcance y verdad cósmicos. Debemos presentar el evangelio, no meramente como una oferta de salvación individual, ni como una solución mejor para las necesidades que las que pueden brindar otros dioses, sino como el plan de Dios para todo el universo en Cristo. Las personas a veces acuden a Cristo para satisfacer una necesidad personal, pero permanecen con Cristo cuando encuentran que él es la verdad. 

2. La verdad y el desafío del pluralismo

La pluralidad cultural y religiosa es un hecho, y los cristianos de Asia, por ejemplo, han convivido con esta pluralidad durante siglos. Cada una de las diferentes religiones afirma que su camino es el camino de la verdad. La mayoría de ellas buscará respetar las afirmaciones de fe competidoras de otras creencias y convivir con ellas. Sin embargo, el pluralismo posmoderno y relativista es diferente. Su ideología no deja margen para ninguna verdad absoluta ni universal. Aunque tolera las afirmaciones respecto de la verdad, las considera meras construcciones culturales. (Esta posición es lógicamente autodestructiva, ya que afirma como única verdad absoluta que no existe ninguna verdad absoluta). Este pluralismo afirma la “tolerancia” como valor último, pero puede asumir formas opresivas en países donde el secularismo o el ateísmo agresivo dominan el ámbito público.

A)    Anhelamos ver un mayor compromiso con la dura tarea de una apologética sólida. Esto debe darse en dos niveles.

  1. Necesitamos descubrir y equipar a las personas que están en condiciones de abogar por la verdad bíblica y defenderla en el ámbito público, interactuando en el mayor nivel intelectual y público; y debemos orar por ellas.
  2. Instamos a los líderes y pastores de la Iglesia a equipar a todos los creyentes con la valentía y las herramientas necesarias para relacionar la verdad con la conversación pública cotidiana, haciéndolo con relevancia profética, para así interactuar con cada aspecto de la cultura en que vivimos.

3. La verdad y el lugar de trabajo

La Biblia nos muestra la verdad de Dios acerca del trabajo humano como parte del buen propósito de Dios en la creación. La Biblia sitúa a la totalidad de nuestra vida de trabajo dentro de la esfera del ministerio, mientras servimos a Dios en diferentes llamados. En contraste, la falsedad de una línea divisoria entre lo sagrado y lo secular ha permeado el pensamiento y la acción de la Iglesia. Esta línea divisoria nos dice que la actividad religiosa pertenece a Dios, mientras que otras actividades no. La mayoría de los cristianos pasan la mayor parte de su tiempo en trabajos que tal vez consideren de poco valor espiritual (el llamado “trabajo secular”). Pero Dios es Señor de toda la vida. “Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”,[58] dijo Pablo a esclavos que trabajaban en un ambiente pagano.

A pesar de la enorme oportunidad evangelística y transformacional que ofrece el lugar de trabajo, donde los cristianos adultos desarrollan la mayoría de sus relaciones con no cristianos, pocas iglesias tienen la visión de equipar a su gente para aprovecharla. No hemos considerado al trabajo en sí mismo como bíblica e intrínsecamente significativo, al no haber puesto la totalidad de la vida bajo el señorío de Cristo.

A)    Identificamos a esta línea divisoria entre lo sagrado y lo secular como un obstáculo importante para la movilización de todo el pueblo de Dios en la misión de Dios, y llamamos a los cristianos de todo el mundo a rechazar sus preconceptos contrarios a la Biblia y a resistir sus efectos dañinos. Cuestionamos la tendencia a ver el ministerio y la misión (locales y transculturales) como principalmente tareas de ministros y misioneros pagados por la iglesia, los cuales son un minúsculo porcentaje de todo el cuerpo de Cristo.

B)    Alentamos a todos los creyentes a aceptar y afirmar que estar en el lugar donde Dios los haya llamado a trabajar es su ministerio y su misión cotidianos. Desafiamos a los pastores y líderes de la iglesia a apoyar a las personas que se desempeñan en este ministerio (en la comunidad y en el lugar de trabajo); a “capacitar al pueblo de Dios para la obra de servicio” (NVI) en cada aspecto de sus vidas.

C)    Necesitamos realizar esfuerzos intensivos para capacitar a todo el pueblo de Dios en un discipulado de la totalidad de la vida, lo cual significa vivir, pensar, trabajar y hablar desde una cosmovisión bíblica y con eficacia misional en cada lugar o circunstancia de la vida y el trabajo cotidianos.

Los cristianos que se desempeñan en muchos oficios, negocios y profesiones a menudo pueden ir a lugares donde no pueden ir los plantadores de iglesias y los evangelistas tradicionales. Lo que estos “fabricantes de tiendas” y personas de negocios hacen en el lugar de trabajo debe ser valorado como un aspecto del ministerio de las iglesias locales.

D)    Instamos a los líderes de iglesias locales a entender el impacto estratégico del ministerio en el lugar de trabajo y a movilizar, equipar y enviar a los miembros de sus iglesias como misioneros al lugar de trabajo, tanto en sus propias comunidades locales como en países que están cerrados a las formas tradicionales del testimonio del evangelio.

E)    Instamos a los líderes de misiones a integrar plenamente a los “fabricantes de tiendas” a la estrategia misional global.

4. La verdad y los medios globalizados

Nos comprometemos con una renovada participación crítica y creativa en los medios y la tecnología como formas de abogar por la verdad de Cristo en nuestras culturas mediáticas. Debemos hacerlo como embajadores de verdad, gracia, amor, paz y justicia de parte de Dios.

Identificamos las siguientes necesidades principales:

A)    Conciencia de los medios: Ayudar a las personas a desarrollar una conciencia más crítica de los mensajes que reciben, y de la cosmovisión sobre la cual se basan. Los medios pueden ser neutrales, y a veces, bien predispuestos hacia el evangelio. Pero también son usados para la pornografía, la violencia y la avaricia. Alentamos a los pastores y a las iglesias a enfrentar estos temas abiertamente y brindar enseñanza y orientación a los creyentes para resistir estas presiones y tentaciones.

B)    Presencia en los medios: Desarrollar modelos de conducta cristianos y comunicadores cristianos que sean auténticos y creíbles, para los medios de noticias generales y los medios de entretenimiento, y promover estas carreras como un medio digno de influencia para Cristo.

C)    Ministerios en los medios: Desarrollar el uso creativo, combinado e interactivo de medios “tradicionales”, “viejos” y “nuevos” para comunicar el evangelio de Cristo en el contexto de una cosmovisión bíblica holística.

5. La verdad y el arte en la misión

Poseemos el don de la creatividad porque llevamos la imagen de Dios. El arte, en sus muchas formas, es una parte integral de lo que hacemos como humanos y puede reflejar algo de la belleza y la verdad de Dios. Los artistas, en la plenitud de sus facultades, son narradores de la verdad, así que las artes constituyen una forma importante en que podemos hablar la verdad del evangelio. La dramatización, la danza, la narración, la música y las imágenes visuales pueden ser expresiones, tanto de la realidad de nuestra condición rota, como de la esperanza, centrada en el evangelio, de que todas las cosas serán hechas nuevas.

En el mundo de la misión, las artes son un recurso no explotado. Alentamos activamente a una mayor participación cristiana en las artes.

A)    Anhelamos ver a la Iglesia en todas las culturas participando enérgicamente en las artes como un contexto para la misión. Esta participación puede darse de las siguientes maneras:

  1. Restituyendo las artes a la vida de la comunidad de fe como un componente válido y valioso de nuestro llamado al discipulado;
  2. Apoyando a las personas que tienen dones artísticos, especialmente a las hermanas y los hermanos en Cristo, para que puedan prosperar en su trabajo;
  3. Permitiendo que las artes sirvan como un entorno acogedor en el cual podamos aceptar y llegar a conocer al prójimo y al extranjero;
  4. Respetando las diferencias culturales y celebrando las expresiones artísticas autóctonas.

6. La verdad y las tecnologías emergentes

Este siglo es conocido comúnmente como “el siglo biotecnológico”, con avances en todas las tecnologías emergentes (bío, info/digital, nano, realidad virtual, inteligencia artificial y robótica). Esto tiene profundas implicaciones para la Iglesia y para la misión, especialmente con relación a la verdad bíblica de lo que significa ser humanos. Necesitamos promover respuestas y acciones prácticas auténticamente cristianas en el ámbito de las políticas públicas, para asegurar que la tecnología no se use para manipular, distorsionar y destruir, sino para preservar y brindar un mayor sentido de realización a nuestra condición humana, como personas que Dios ha creado a su propia imagen. Hacemos un llamado:

A)    A los líderes de iglesias locales (i) a alentar, apoyar y plantear preguntas a los miembros de las iglesias que participan profesionalmente en la ciencia, la tecnología, el cuidado de la salud y la política pública, y (ii) a presentar a estudiantes que reflexionan teológicamente la necesidad de que los cristianos ingresen en estos ámbitos.

B)    A los seminarios, a incluir esos campos en sus planes de estudio, de forma que los futuros líderes de la Iglesia y educadores teológicos desarrollen una crítica cristiana informada de las nuevas tecnologías.

C)    A los teólogos, y a los cristianos en el gobierno, las empresas, los ambientes académicos y los campos técnicos, a formar grupos de expertos o asociaciones, nacionales o regionales, para involucrarse en nuevas tecnologías, y a pronunciarse en el diseño de políticas públicas con una voz que sea bíblica y pertinente.

D)    A todas las comunidades cristianas locales, a demostrar respeto por la dignidad única y el carácter sagrado de la vida humana mediante un cuidado práctico y holístico que integre los aspectos físicos, emocionales, relacionales y espirituales de nuestra humanidad creada.

7. La verdad y los ámbitos públicos

Los ámbitos interconectados del gobierno, las empresas y los ambientes académicos tienen una fuerte influencia en los valores de cada nación y, en términos humanos, definen la libertad de la Iglesia.

A)    Alentamos a los seguidores de Cristo a participar activamente en estas esferas, tanto en el servicio público como en empresas privadas, a fin de dar forma a los valores de la sociedad e influir en el debate público. Alentamos el apoyo a las escuelas y universidades que ponen a Cristo en primer lugar y que están comprometidas con la excelencia académica y la verdad bíblica.

B)    La corrupción es condenada en la Biblia. Socava el desarrollo económico, distorsiona la toma de decisiones equitativas y destruye la cohesión social. Ninguna nación está libre de la corrupción. Invitamos a los cristianos en el lugar de trabajo, especialmente a los jóvenes empresarios, a pensar creativamente cómo enfrentar mejor este flagelo.

C)    Alentamos a los jóvenes académicos cristianos a considerar la posibilidad de seguir una carrera a largo plazo en una universidad secular para: a) enseñar y b) desarrollar su disciplina sobre la base de una cosmovisión bíblica, influyendo así sobre su campo de especialización. No podemos darnos el lujo de descuidar el mundo académico.[59]

IIB EDIFICAR LA PAZ DE CRISTO EN NUESTRO MUNDO DIVIDIDO Y ROTO

1. La paz que Cristo logró

La reconciliación con Dios es inseparable de la reconciliación de unos con otros. Cristo, quien es nuestra paz, hizo la paz a través de la cruz, y predicó la paz al mundo dividido de judíos y gentiles. La unidad del pueblo de Dios es a la vez un hecho (“de ambos pueblos hizo uno”) y un mandato (“solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” o “esfuércense por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz”, NVI). El plan de Dios para la integración de toda la creación en Cristo está ejemplificado por la reconciliación étnica de la nueva humanidad de Dios. Este es el poder del evangelio tal como fue prometido a Abraham.[60]

Afirmamos que, si bien el pueblo judío no estaba ajeno a los pactos y a las promesas de Dios de la forma que Pablo describe a los gentiles, sigue necesitando reconciliarse con Dios a través del Mesías Jesús. No hay ninguna diferencia, dijo Pablo, entre el judío y el gentil en el pecado; tampoco hay diferencia alguna en la salvación. Sólo en y a través de la cruz pueden ambos tener acceso a Dios el Padre a través del único Espíritu.[61]

A)    Por lo tanto, seguimos afirmando categóricamente la necesidad de que toda la Iglesia comparta con el pueblo judío las buenas noticias de Jesús como Mesías, Señor y Salvador. Y, en el espíritu de Romanos 14 y 15, instamos a los creyentes gentiles a aceptar y alentar a los creyentes judíos mesiánicos, y orar por ellos, en su testimonio entre su propio pueblo.

La reconciliación con Dios y de unos con otros es también el fundamento y la motivación para buscar la justicia que Dios exige, sin la cual, dice él, no puede haber paz. La reconciliación verdadera y duradera requiere el reconocimiento del pecado pasado y presente, el arrepentimiento ante Dios, la confesión a la persona herida, y la búsqueda y aceptación del perdón. Incluye, también, el compromiso de la Iglesia de buscar justicia o reparación, cuando corresponda, para quienes han sido lastimados por la violencia y la opresión.

B)     Anhelamos ver a la Iglesia de Cristo en todo el mundo, aquellos que hemos sido reconciliados con Dios, viviendo nuestra reconciliación de unos con otros y consagrados a la tarea y la lucha de la pacificación bíblica en el nombre de Cristo.

2. La paz de Cristo en el conflicto étnico

La diversidad étnica es el don y el plan de Dios en la creación.[62] Ha sido arruinada por el pecado y el orgullo humanos, que han producido confusión, confrontación, violencia y guerras entre naciones. Sin embargo, la diversidad étnica será preservada en la nueva creación, cuando personas de cada nación, tribu, pueblo y lengua se reunirán como el pueblo redimido de Dios.[63] Confesamos que a menudo no tomamos en serio la diversidad étnica ni la valoramos como lo hace la Biblia, en la creación y la redención. No respetamos la identidad étnica de los demás y no tomamos en cuenta las profundas heridas que causa esta falta de respeto a largo plazo.

A)   Instamos a los pastores y líderes de iglesias a enseñar la verdad bíblica acerca de la diversidad étnica. Debemos afirmar positivamente la identidad étnica de todos los miembros de la iglesia. Pero debemos mostrar también cómo nuestras lealtades étnicas están viciadas por el pecado, y enseñar a los creyentes que todas nuestras identidades étnicas están subordinadas a nuestra identidad redimida como la nueva humanidad en Cristo a través de la cruz.

Reconocemos con dolor y vergüenza la complicidad de los cristianos en algunos de los contextos más destructivos de violencia y opresión étnicas, y el lamentable silencio de grandes partes de la Iglesia cuando ocurren este tipo de conflictos. Estos contextos incluyen la historia y el legado del racismo y la esclavitud negra, el holocausto contra los judíos, el apartheid, las “limpiezas étnicas”, la violencia sectaria entre cristianos, la aniquilación de poblaciones indígenas, la violencia interreligiosa, política y étnica, el sufrimiento de los palestinos, la opresión de las castas y el genocidio tribal. Los cristianos que, por su acción o inacción, agravan la condición rota del mundo, socavan seriamente nuestro testimonio del evangelio de la paz. Por lo tanto:

B)   Por el bien del evangelio, hacemos lamentación y llamamos al arrepentimiento allí donde los cristianos han participado en la violencia, injusticia u opresión étnicas. También llamamos al arrepentimiento por las muchas veces que los cristianos han sido cómplices en estos males con el silencio, con la apatía o la supuesta neutralidad, o brindando una justificación teológica defectuosa para tales actitudes.

Si el evangelio no está profundamente arraigado en el contexto, desafiando y transformando las cosmovisiones subyacentes y los sistemas de injusticia, entonces, cuando llega el día malo, la lealtad cristiana es descartada como un manto indeseado y las personas revierten a lealtades y acciones no regeneradas. La evangelización sin discipulado, o el avivamiento sin una obediencia radical a los mandamientos de Cristo, no son sólo deficientes; son peligrosos.

Anhelamos el día en que la Iglesia sea el modelo de reconciliación étnica más brillante en el mundo y su defensor más activo en la resolución de conflictos.

Esta aspiración,arraigada en el evangelio, nos llama a:

C) Abrazar la plenitud del poder reconciliador del evangelio y enseñarlo de manera correspondiente. Esto incluye una plena comprensión bíblica de la expiación: que Jesús no sólo llevó nuestro pecado en la cruz para reconciliarnos con Dios, sino que destruyó nuestra enemistad, para reconciliarnos unos con otros.

D) Adoptar el estilo de vida de la reconciliación. En términos prácticos, esto se demuestra cuando los cristianos:

  1. perdonan a sus perseguidores, mientras desafían valientemente la injusticia en defensa de los demás;
  2. dan ayuda y ofrecen hospitalidad a prójimos que están “del otro lado” de un conflicto, tomando iniciativas para cruzar barreras en busca de la reconciliación;
  3. siguen testificando de Cristo en contextos violentos; y están dispuestos a sufrir y aun a morir antes que tomar parte en acciones de destrucción o venganza;
  4. participan en el proceso de sanación de heridas a largo plazo luego de conflictos, haciendo de la Iglesia un lugar seguro de refugio y sanidad para todos, incluyendo a antiguos enemigos.

E)   Ser faros y portadores de esperanza. Damos testimonio de Dios, que estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo. Es exclusivamente en el nombre de Cristo, y en la victoria de su cruz y su resurrección, que tenemos autoridad para confrontar los poderes demoníacos del mal que agravan los conflictos humanos, y tenemos poder para ministrar su amor y paz reconciliadores.

3. La paz de Cristo para los pobres y los oprimidos

El fundamento bíblico para nuestro compromiso con la búsqueda de la justicia y el shalom para los oprimidos y los pobres está resumido en la Confesión de Fe de Ciudad del Cabo, sección 7(C). En base a esto, anhelamos una acción cristiana más efectiva con relación a:

La esclavitud y el tráfico humano

Hay más personas en esclavitud en todo el mundo hoy (un número estimado de 27 millones de seres humanos) que 200 años atrás, cuando Wilberforce luchó por abolir el comercio transatlántico de esclavos. En India solamente, se estima que hay unos 15 millones de niños esclavos. El sistema de castas oprime a los grupos de las castas bajas y excluye a los dalits. Pero, lamentablemente, la Iglesia cristiana misma está infectada en muchos lugares con las mismas formas de discriminación. La voz concertada de la Iglesia global debe levantarse en protesta contra lo que es, de hecho, uno de los sistemas de esclavitud más antiguos del mundo. Pero si esta defensa global ha de tener alguna autenticidad, la Iglesia debe rechazar toda inequidad y discriminación dentro de ella misma.

La migración en una escala sin precedentes en el mundo de hoy, por diversas razones, ha producido el tráfico humano en cada continente, la esclavización generalizada de mujeres y niños en el comercio sexual, y el abuso infantil a través del trabajo forzado o la conscripción militar.

A)   Levantémonos como Iglesia en todo el mundo para combatir el mal del tráfico humano, y para hablar y actuar proféticamente para “liberar a los cautivos”. Esto implica necesariamente lidiar con los factores sociales, económicos y políticos que alimentan ese comercio. Los esclavos del mundo claman a la Iglesia global de Cristo: “Liberen a nuestros niños. Liberen a nuestras mujeres. Sean nuestra voz. Muéstrennos la nueva sociedad que prometió Jesús”.

La pobreza

Abrazamos el testimonio de toda la Biblia, que nos muestra el deseo de Dios, de una justicia económica sistémica y también de la compasión, el respeto y la generosidad personales hacia los pobres y los necesitados. Nos regocijamos porque esta amplia enseñanza bíblica está más integrada hoy a nuestra estrategia y práctica de misión, como ocurría con la Iglesia primitiva y el apóstol Pablo.[64]

En consecuencia:

B)   Reconozcamos la gran oportunidad que los Objetivos de Desarrollo del Milenio han presentado para la Iglesia local y global. Llamamos a las iglesias a promoverlos ante los gobiernos y a participar en los esfuerzos para alcanzarlos, como el Desafío Miqueas.

C)   Tengamos valentía para declarar que el mundo no puede tratar, y mucho menos resolver, el problema de la pobreza, sin cuestionar también la riqueza excesiva y la avaricia. El evangelio cuestiona la idolatría del consumismo desenfrenado. Somos llamados, como personas que sirven a Dios y no a las riquezas, a reconocer que la avaricia perpetúa la pobreza, y renunciar a ella. Al mismo tiempo, nos regocijamos de que el evangelio incluya a los ricos en su llamado al arrepentimiento, y que los invite a unirse a la comunidad de los que han sido transformados por la gracia perdonadora.

4. La paz de Cristo para las personas con discapacidades

Las personas con discapacidades forman uno de los mayores grupos minoritarios del mundo; se estima que superan los 600 millones de individuos. La mayoría de estas personas viven en los países menos desarrollados, y se encuentran entre los más pobres de los pobres. Si bien los impedimentos físicos o mentales forman parte de su experiencia cotidiana, la mayoría de ellas también se encuentran discapacitadas por actitudes sociales, injusticia y falta de acceso a los recursos. El servicio a las personas con discapacidades no finaliza con la atención médica o la provisión social; implica luchar junto a ellas, las personas que las cuidan y sus familias, por la inclusión y la igualdad, tanto en la sociedad como en la Iglesia. Dios nos llama a la amistad, el respeto, el amor y la justicia mutuos.

A)    Levantémonos como cristianos en todo el mundo para rechazar los estereotipos culturales porque, como dijo el apóstol Pablo, “de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne” (“según criterios humanos”, NVI).[65] Hechos a la imagen de Dios, todos tenemos dones que Dios puede usar en su servicio. Nos comprometemos a ministrar a las personas con discapacidades, y a recibir el ministerio que ellas pueden brindar.

B)    Alentamos a los líderes de la iglesia y de misiones a pensar no sólo en la misión entre las personas con discapacidades, sino a reconocer, afirmar y facilitar el llamado misional de los propios creyentes con discapacidades como parte del Cuerpo de Cristo.

C)    Nos duele que a tantas personas se les diga que su discapacidad se debe a un pecado personal, a su falta de fe o a que no están dispuestas a ser sanadas. Negamos que la Biblia enseñe esto como una verdad universal.[66] Esta clase de falsa enseñanza es pastoralmente insensible y espiritualmente discapacitante; agrega la carga de la culpa y las esperanzas frustradas a las otras barreras que enfrentan las personas con discapacidades.

D)    Nos comprometemos a hacer de nuestras iglesias lugares de inclusión e igualdad para las personas con discapacidades y a acompañarlas para resistir los prejuicios y defender sus necesidades en la sociedad más amplia.

5. La paz de Cristo para las personas que viven con el VIH

El VIH y el SIDA constituyen una crisis grave en muchos países. Hay millones de personas infectadas con el VIH, incluidas muchas en nuestras iglesias, y hay millones de niños huérfanos por el SIDA. Dios nos está llamando a mostrar su profundo amor y compasión hacia todas las personas infectadas y afectadas, y a hacer todos los esfuerzos por salvar vidas. Creemos que las enseñanzas y el ejemplo de Jesús, así como el poder transformador de su cruz y su resurrección, son fundamentales para la respuesta holística del evangelio al VIH y al SIDA que nuestro mundo necesita tan urgentemente.
 
A)     Rechazamos y denunciamos toda condena, hostilidad, estigma y discriminación contra las personas que viven con el VIH y el SIDA. Esta clase de cosas son un pecado y una vergüenza dentro del cuerpo de Cristo. Todos nosotros hemos pecado y estábamos destituidos de la gloria de Dios; hemos sido salvados sólo por gracia, por lo que debemos ser lentos para juzgar y rápidos para restaurar y perdonar. También reconocemos con dolor y compasión que muchísimas personas resultan infectadas con el VIH sin falta alguna de su parte y, a menudo, por cuidar a otros.
 
B)    Anhelamos que todos los pastores den un ejemplo de castidad y fidelidad sexual, como ordenó Pablo, y que enseñen clara y frecuentemente que el matrimonio es el lugar exclusivo para la unión sexual. Esto es necesario no sólo porque es la clara enseñanza de la Biblia, sino también porque la generalización de las parejas sexuales concurrentes fuera del matrimonio es un factor importante en la rápida difusión del VIH en los países más afectados.
 
C)     Asumamos, como la Iglesia de todo el mundo, este desafío en el nombre de Cristo y con el poder del Espíritu Santo. Identifiquémonos con nuestros hermanos y hermanas en las áreas más duramente golpeadas por el VIH y el SIDA, mediante el apoyo práctico, el cuidado compasivo (incluyendo el cuidado de viudas y huérfanos), la defensoría social y política, programas educativos (especialmente los que otorgan poder a las mujeres) y estrategias de prevención eficaces, adecuadas al contexto local. Nos comprometemos a esta acción urgente y profética como parte de la misión integral de la Iglesia.
 

6. La paz de Cristo para su creación sufriente

Nuestro mandato bíblico con relación a la creación de Dios figura en la Confesión de Fe de Ciudad del Cabo, sección 7(A). Todos los seres humanos deben ser mayordomos de la rica abundancia de la buena creación de Dios. Estamos autorizados a ejercer un dominio piadoso cuando lo usamos para el bienestar y las necesidades de las personas; por ejemplo, en la agricultura, la pesca, la minería, la generación de energía, la ingeniería, la construcción, el comercio y la medicina. Cuando hacemos esto, también se nos ordena cuidar de la tierra y todas sus criaturas, porque la tierra pertenece a Dios, no a nosotros. Hacemos esto por el Señor Jesucristo, quien es el Creador, Dueño, Sustentador, Redentor y Heredero de toda la creación.

Lamentamos el abuso y la destrucción generalizados de los recursos de la tierra, incluyendo su biodiversidad. Probablemente el desafío más serio y urgente que enfrenta el mundo físico ahora es la amenaza del cambio climático. Esto afectará de forma desproporcionada a las personas de los países más pobres, porque es allí donde los extremos climáticos serán más severos y donde hay poca capacidad de adaptación a esos cambios. La pobreza mundial y el cambio climático necesitan ser abordados en conjunto y con la misma urgencia.

Alentamos a los cristianos en todo el mundo a:

A)    Adoptar estilos de vida que renuncien a los hábitos de consumo que sean destructivos o contaminantes;

B)    Promover acciones legítimas para persuadir a los gobiernos de que pongan los imperativos morales por encima de la conveniencia política en temas de destrucción ambiental y potencial cambio climático;

C)    Reconocer y alentar el llamado misional, tanto de (i) cristianos que se involucran en el uso adecuado de los recursos de la tierra para la necesidad y el bienestar humanos a través de la agricultura, la industria y la medicina como de (ii) cristianos que se involucran en la protección y la restauración de los hábitats y las especies de la tierra a través de la conservación y la defensoría. Ambos comparten la misma meta, porque ambos sirven al mismo Creador, Proveedor y Redentor.

IIC VIVIR EL AMOR DE CRISTO ENTRE PERSONAS DE OTRAS CREENCIAS RELIGIOSAS

1. “Ama a tu prójimo como a ti mismo” incluye a personas de otras creencias religiosas.

A la luz de las afirmaciones hechas en la Confesión de Fe de Ciudad del Cabo, sección 7(D), respondemos a nuestro elevado llamado, como discípulos de Jesucristo, a ver a las personas de otras creencias religiosas como nuestros prójimos en el sentido bíblico. Estas personas son seres humanos creados a la imagen de Dios, a quienes Dios ama y por cuyos pecados murió Cristo. Nos esforzamos no sólo por verlas como prójimos, sino por obedecer la enseñanza de Cristo de ser prójimos para ellas. Somos llamados a ser amables, pero no ingenuos; a ser perspicaces y no crédulos; a estar alertas a las amenazas que podamos enfrentar, pero no dominados por el temor.

Somos llamados a compartir buenas noticias, pero no a participar en un proselitismo indigno. La evangelización, que incluye el argumento racional persuasivo según el ejemplo del apóstol Pablo, es “hacer una afirmación sincera y abierta del evangelio que deja a los oidores en completa libertad para tomar su propia decisión al respecto. Deseamos ser sensibles para con las personas de otras creencias, y rechazamos todo intento de forzarlas a la conversión”.[67] Elproselitismo, en contraste, es el intento de forzar a los demás a convertirse en “uno de nosotros”, a “aceptar nuestra religión” o, por cierto, a “unirse a nuestra denominación”.

A)    Nos comprometemos a ser escrupulosamente éticos en toda nuestra evangelización. Nuestro testimonio deberá destacarse por la “gentileza y [el] respeto, manteniendo la conciencia limpia”.[68] Rechazamos, por lo tanto, toda forma de testimonio que sea coercitiva, contraria a la ética, engañosa o irrespetuosa.

B)    En el nombre del Dios de amor, nos arrepentimos por no procurar establecer vínculos de amistad con personas de origen musulmán, hindú, budista, o de otros trasfondos religiosos. En el espíritu de Jesús, tomaremos iniciativas para demostrarles amor, buena voluntad y hospitalidad.

C)    En el nombre del Dios de la verdad, (i) nos rehusamos a promover mentiras y caricaturas acerca de otras creencias y (ii) denunciamos y resistimos los prejuicios, odios y temores racistas incitados en los medios de comunicación populares y en la retórica política.

D)    En el nombre del Dios de paz, rechazamos el camino de la violencia y la venganza en todos nuestros tratos con personas de otras creencias, aun cuando seamos atacados violentamente.

E)    Afirmamos que existe un lugar apropiado para el diálogo con personas de otras creencias religiosas, del mismo modo que el apóstol Pablo debatió con judíos y gentiles en la sinagoga y en los ámbitos públicos. Como una parte legítima de nuestra misión cristiana, este diálogo combina la confianza en la singularidad de Cristo y la verdad del evangelio con la actitud de escuchar respetuosamente a los demás.

2. El amor de Cristo nos llama a sufrir y a veces, a morir por el evangelio

El sufrimiento podría ser necesario en nuestra participación misionera como testigos de Cristo, como ocurrió con sus apóstoles y con los profetas del Antiguo Testamento.[69] Estar dispuestos a sufrir es la prueba de fuego de la autenticidad de nuestra misión. Dios puede usar el sufrimiento, la persecución y el martirio para hacer avanzar su misión. “El martirio es una forma de testimonio que Cristo ha prometido honrar de manera especial”.[70] Muchos cristianos que viven en la comodidad y la prosperidad necesitan volver a oír el llamado de Cristo para estar dispuestos a sufrir por él; porque hay muchos otros creyentes que viven en medio de tales sufrimientos como el precio de dar testimonio de Jesucristo en una cultura religiosa hostil. Tal vez hayan visto a seres queridos martirizados, o hayan soportado torturas o persecución por su obediencia fiel, pero siguen amando a quienes los han lastimado tanto.

A)    Escuchamos y recordamos con lágrimas y oración los testimonios de quienes sufren por el evangelio. Junto con ellos oramos por gracia y valentía para “amar a nuestros enemigos” como nos ordenó Cristo. Oramos para que el evangelio pueda dar fruto en lugares que son tan hostiles a sus mensajeros. Mientras nos afligimos, como corresponde, por quienes sufren, recordamos el dolor infinito que siente Dios por quienes resisten y rechazan su amor, su evangelio y a sus siervos. Anhelamos que se arrepientan y sean perdonados, y que encuentren el gozo de estar reconciliados con Dios.

3. El amor en acción encarna y promueve el evangelio de la gracia

“Somos grato olor de Cristo”.[71] Nuestro llamado es a vivir y servir entre personas de otras creencias religiosas de una forma que esté tan saturada de la fragancia de la gracia de Dios que puedan oler a Cristo, que vengan a saborear y vean que Dios es bueno. Mediante este amor encarnado, debemos hacer que el evangelio sea atractivo en todo entorno cultural y religioso. Cuando los cristianos aman a las personas de otras creencias a través de vidas que demuestran amor y de actos de servicio, encarnan la gracia transformadora de Dios.

En culturas que destacan el “honor”, donde la vergüenza y la venganza están aliadas con el legalismo religioso, la “gracia” es un concepto extraño. En estos contextos, el amor vulnerable y abnegado de Dios no es un tema de discusión; es considerado demasiado extraño, hasta repulsivo. Aquí, la gracia es un sabor adquirido, a lo largo de un tiempo prolongado, en dosis pequeñas, para aquellos que están lo suficientemente hambrientos como para animarse a saborearla. El olor grato de Cristo permea gradualmente todo aquello con lo que sus seguidores entran en contacto.

A)    Anhelamos que Dios levante más hombres y mujeres de gracia que asuman compromisos a largo plazo de vivir, amar y servir en lugares difíciles dominados por otras religiones, a fin de llevar el olor y el sabor de la gracia de Jesucristo a culturas donde no es bienvenida y donde es peligroso hacerlo. Esto requiere paciencia y resistencia, a veces durante toda una vida, a veces hasta la muerte.

4. El amor respeta la diversidad del discipulado

En el seno de diversas religiones pueden encontrarse los denominados “movimientos internos”. Estos son grupos de personas que están siguiendo ahora a Jesús como su Dios y Salvador. Se reúnen en grupos pequeños para la comunión, enseñanza, adoración y oración centradas en Jesús y la Biblia, mientras continúan viviendo social y culturalmente en sus comunidades de nacimiento, incluyendo algunos elementos de sus prácticas religiosas. Es un fenómeno complejo, y hay mucho desacuerdo sobre cómo responder a él. Algunos elogian estos movimientos. Otros advierten acerca del peligro del sincretismo. Sin embargo, el sincretismo es un peligro que se encuentra entre los cristianos en cualquier parte al expresar nuestra fe en nuestras propias culturas. Cuando vemos a Dios obrar en formas inesperadas o no familiares, debemos evitar la tendencia a (i) apresurarnos a clasificarlas y promoverlas como una nueva estrategia misionera, o (ii) apresurarnos a condenarlas sin escuchar lo que sucede en forma sensible y contextualizada.

A)    Con el espíritu de Bernabé, quien al llegar a Antioquía “vio la gracia de Dios” y “se regocijó, y exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen fieles al Señor”,[72] queremos hacer un llamado a todas las personas preocupadas por este tema a:

  1. Tomar como su principio rector fundamental la decisión y la práctica apostólica: “Que no se inquiete a los gentiles que se convierten a Dios” (“debemos dejar de ponerles trabas a los gentiles que se convierten a Dios”, NVI).[73]
  2. Conducirse con humildad, paciencia y amabilidad en el reconocimiento de la diversidad de puntos de vista, y participar de conversaciones sin estridencia ni condenación mutua.[74]

5. El amor se proyecta a los pueblos dispersos

La gente se está desplazando como nunca antes. La migración es una de las grandes realidades globales de nuestra era. Se estima que 200 millones de personas viven fuera de sus países de origen, voluntaria o involuntariamente. El término “diáspora” se usa aquí para indicar a personas que se han reubicado, dejando su tierra de nacimiento por la razón que sea. Grandes cantidades de personas de muchos trasfondos religiosos, incluyendo cristianos, viven en condiciones de diáspora: migrantes económicos que buscan trabajo, pueblos desplazados internamente por guerras o desastres naturales, refugiados y personas que buscan asilo, víctimas de limpiezas étnicas, gente que huye de la violencia y la persecución religiosa, personas que sufren hambre (ya sea causado por sequías, inundaciones o guerras) y víctimas de la pobreza rural que se desplazan a las ciudades. Estamos convencidos de que las migraciones contemporáneas están dentro del soberano propósito misional de Dios, sin ignorar el mal y el sufrimiento que pueden implicar.[75]

A)    Alentamos a los líderes de la Iglesia y de misiones a reconocer y responder a las oportunidades misionales presentadas por la migración global y las comunidades de la diáspora, tanto en la planificación estratégica como en la capacitación focalizada y la provisión de recursos para las personas llamadas a trabajar entre estos grupos.

B)    Alentamos a los cristianos en las naciones anfitrionas que tienen comunidades inmigrantes de otros trasfondos religiosos a dar un testimonio transcultural del amor de Cristo en acción y palabra, obedeciendo los numerosos mandatos bíblicos de amar al desconocido, defender la causa del extranjero, visitar al prisionero, practicar la hospitalidad, forjar amistades, invitar a personas a nuestros hogares y brindar ayuda y servicios.[76]

C)    Alentamos a los cristianos que forman parte de comunidades de la diáspora a discernir la mano de Dios, aun en circunstancias que pueden no haber escogido, y a buscar toda oportunidad que Dios brinde para dar testimonio de Cristo en su comunidad anfitriona y buscar su bienestar.[77] Cuando en ese país anfitrión haya iglesias cristianas, instamos a las iglesias inmigrantes y autóctonas a escucharse mutuamente y aprender unas de otras, y a iniciar esfuerzos cooperativos para alcanzar a todos los sectores de su país con el evangelio.

6. El amor trabaja en favor de la libertad religiosa para todas las personas

Apoyar los derechos humanos mediante la defensa de la libertad religiosa no es incompatible con seguir el camino de la cruz cuando somos confrontados por la persecución. No existe ninguna contradicción entre estar dispuestos a sufrir personalmente el abuso o la pérdida de nuestros propios derechos por el bien de Cristo y estar dedicados a defender y hablar por los que no tienen voz ante la violación de sus derechos humanos. Debemos distinguir también entre defender los derechos de personas de otras creencias y avalar la verdad de sus creencias. Podemos defender la libertad de los demás, de creer y practicar su religión, sin aceptar esa religión como verdadera.

A)    Esforcémonos por alcanzar la meta de la libertad religiosa para todas las personas. Esto requiere una defensoría ante los gobiernos a favor de los cristianos y también de las personas de otras creencias que son perseguidas.

B)    Obedezcamos a conciencia la enseñanza bíblica de ser buenos ciudadanos, de buscar el bienestar del país donde vivimos, de honrar a los que están en autoridad y orar por ellos, de pagar los impuestos, de hacer el bien y de tratar de vivir quieta y reposadamente. Los cristianos somos llamados a someternos al Estado, a menos que el Estado nos ordene lo que Dios prohíbe, o prohíba lo que Dios ordena. En consecuencia, si el Estado nos obliga a escoger entre la lealtad a él y nuestra lealtad superior a Dios, debemos decir “no” al Estado, porque hemos dicho “sí” a Jesucristo, como Señor.[78]

En medio de todos nuestros legítimos esfuerzos en favor de la libertad religiosa para todas las personas, el anhelo más profundo de nuestro corazón sigue siendo que todos lleguen a conocer al Señor Jesucristo, pongan libremente su fe en él y sean salvos, y entren en el reino de Dios.

IID DISCERNIR LA VOLUNTAD DE CRISTO PARA LA EVANGELIZACIÓN MUNDIAL

1. Los pueblos no alcanzados y los pueblos no contactados

El corazón de Dios anhela que todas las personas tengan acceso al conocimiento del amor de Dios y de su obra de salvación a través de Jesucristo. Reconocemos con dolor y vergüenza que hay miles de pueblos en todo el mundo para quienes este acceso aún no ha sido puesto a su disposición a través del testimonio cristiano. Estos son pueblos no alcanzados, en el sentido de que no hay creyentes conocidos y no hay iglesias entre ellos. Muchos de estos pueblos son también no contactados en el sentido que actualmente no conocemos ninguna iglesia ni agencia que esté siquiera intentando compartir el evangelio con ellos. Por cierto, sólo un minúsculo porcentaje de los recursos de la Iglesia (humanos y materiales) está siendo dirigido a los pueblos menos alcanzados. Por definición, estos son pueblos que no nos invitarán a llevarles las buenas noticias, ya que no saben nada al respecto. Sin embargo, su presencia entre nosotros, en nuestro mundo, 2000 años luego de que Jesús nos ordenara hacer discípulos a todas las naciones, constituye no sólo un reproche a nuestra desobediencia, no sólo una forma de injusticia espiritual, sino también un silencioso “llamado macedónico”.

Levantémonos como la Iglesia de todo el mundo para encarar este desafío y:

A)    Arrepintámonos de nuestra ceguera a la presencia continuada de tantos pueblos no alcanzados en nuestro mundo y nuestra falta de urgencia para compartir el evangelio entre ellos.

B)    Renovemos nuestro compromiso de ir a quienes aún no han oído el evangelio, de involucrarnos profundamente con su idioma y cultura, de vivir el evangelio entre ellos con un amor encarnado y un servicio sacrificado, y de comunicar la luz y la verdad del Señor Jesucristo en palabra y acción, despertándolos a través del poder del Espíritu Santo a la sorprendente gracia de Dios.

C)    Apuntemos a erradicar la “pobreza bíblica” en el mundo, porque la Biblia sigue siendo indispensable para la evangelización. Para hacer esto debemos:

  1. Apurar la traducción de la Biblia a los idiomas de los pueblos que aún no tienen ninguna porción de la Palabra de Dios en su idioma materno;
  2. Hacer ampliamente accesible el mensaje de la Biblia por medios orales. (Ver también Las culturas orales, abajo.)

D)    Apuntemos a erradicar la ignorancia de la Biblia en la Iglesia, porque la Biblia sigue siendo indispensable para discipular a los creyentes a la imagen de Cristo.

  1. Anhelamos ver que una renovada convicción se apodere de toda la Iglesia de Dios con respecto a la necesidad fundamental de la enseñanza de la Biblia para el crecimiento de la Iglesia en el ministerio, la unidad y la madurez.[79] Nos regocijamos en los dones que han recibido todas las personas que Cristo ha dado a la Iglesia como pastores-maestros. Nos esforzaremos al máximo para identificarlas, alentarlas, capacitarlas y apoyarlas en la predicación y la enseñanza de la Palabra de Dios. Sin embargo, al hacerlo, debemos rechazar el tipo de clericalismo que restringe el ministerio de la Palabra de Dios a unos pocos profesionales pagos o a la predicación formal en los púlpitos de las iglesias. Muchos hombres y mujeres, que tienen claros dones para pastorear y enseñar al pueblo de Dios, los ejercen informalmente o sin estructuras denominacionales formales, pero con la manifiesta bendición del Espíritu de Dios. Ellos también necesitan ser reconocidos, alentados y correctamente equipados para usar bien la Palabra de Dios.
  2. Debemos promover el “alfabetismo bíblico” entre la generación que ahora se relaciona principalmente con la comunicación digital más que con los libros, promoviendo métodos digitales para estudiar la Biblia inductivamente con la profundidad de investigación que actualmente requiere de papel, bolígrafos y lápices.

E)    Mantengamos la evangelización en el centro del campo plenamente integrado de toda nuestra misión, dado que el evangelio mismo es la fuente, el contenido y la autoridad de toda misión bíblicamente válida. Todo lo que hacemos deberá ser tanto una encarnación como una declaración del amor y la gracia de Dios, y de su obra de salvación a través de Jesucristo.

2. Las culturas orales

La mayor parte de la población del mundo está compuesta por comunicadores orales, personas que no aprenden o no pueden aprender a través de medios escritos, y más de la mitad de ellas se encuentran entre los pueblos no alcanzados mencionados arriba. Entre éstos, se estima que hay unos 350 millones de personas que no tienen ni un solo versículo de la Biblia en su idioma. Además de los “aprendices orales primarios”, hay muchos “aprendices orales secundarios”, es decir, personas que están técnicamente alfabetizadas pero prefieren ahora comunicarse de una forma oral, dado el auge del aprendizaje visual y el predominio de las imágenes en la comunicación.

Al reconocer las cuestiones de la oralidad:

A)    Hagamos un mayor uso de metodologías orales en los programas de discipulado, aun entre creyentes alfabetizados.

B)    Ofrezcamos una Biblia con historias en formato oral en los idiomas del corazón de los pueblos no alcanzados y no contactados como una cuestión prioritaria.

C)    Alentemos a las agencias misioneras a desarrollar estrategias orales que incluyan: la grabación y distribución de historias orales de la Biblia para la evangelización, el discipulado y la capacitación para el liderazgo, junto con una capacitación adecuada en la oralidad para evangelistas pioneros y plantadores de iglesias. Estos podrían usar métodos de comunicación orales y visuales fructíferos para comunicar toda la historia bíblica de la salvación, incluyendo la narración de cuentos, danzas, arte, poesía, cánticos y dramatizaciones.

D)    Alentemos a las iglesias locales en el Sur global a involucrarse con los pueblos no alcanzados en su zona a través de métodos orales que sean específicos a su cosmovisión.

E)    Alentemos a los seminarios a ofrecer planes de estudio que capaciten a pastores y misioneros en las metodologías orales.

3. Líderes centrados en Cristo

El rápido crecimiento de la Iglesia en muchos lugares continúa siendo superficial y vulnerable, en parte, debido a la falta de líderes discipulados y en parte, porque muchos usan sus posiciones para el poder mundano, el prestigio arrogante o el enriquecimiento personal. Como resultado, el pueblo de Dios sufre, Cristo es deshonrado y la misión del evangelio se ve socavada. La “capacitación para el liderazgo” es la solución prioritaria más frecuentemente propuesta. Por cierto, los programas de capacitación para el liderazgo de toda clase se han multiplicado, pero el problema subsiste, por dos probables razones.

Primero, capacitar a líderes para que sean piadosos y semejantes a Cristo es invertir el orden. Bíblicamente, por empezar, sólo las personas cuyas vidas ya exhiben cualidades básicas de discipulado maduro deberían ser designadas para el liderazgo.[80] Si hoy nos encontramos con muchas personas en el liderazgo que apenas han sido discipuladas, entonces no queda otra opción más que incluir este discipulado básico en el desarrollo de su liderazgo. Podríamos decir que la cantidad de líderes mundanos y no semejantes a Cristo en la Iglesia de todo el mundo hoy es una evidencia clara de generaciones de evangelización reduccionista, discipulado descuidado y crecimiento superficial. La respuesta a las fallas de liderazgo no es sólo más capacitación para el liderazgo sino mejor capacitación para el discipulado. Los líderes deben ser, ante todo, discípulos de Cristo mismo.

Segundo, algunos programas de capacitación para el liderazgo se centran en conocimientos, técnicas y destrezas enlatadas, en detrimento de un carácter piadoso. En contraste, los auténticos líderes cristianos deben ser como Cristo en cuanto a tener un corazón de siervo, humildad, integridad, pureza, falta de avaricia, estar dedicados a la oración, ser dependientes del Espíritu de Dios y tener un profundo amor por las personas. Además, algunos programas de capacitación para el liderazgo carecen de capacitación específica en la destreza clave que Pablo incluye en su lista de cualificaciones: la capacidad para enseñar la Palabra de Dios al pueblo de Dios. Pero la enseñanza de la Biblia es el medio fundamental para hacer discípulos y la deficiencia más seria en los líderes contemporáneos de la Iglesia.

A)    Anhelamos ver una gran intensificación de los esfuerzos para la formación de discípulos a través del trabajo prolongado de enseñanza y cuidado de los nuevos creyentes, para que aquellos que Dios llama y entrega a la Iglesia como líderes estén calificados, según los criterios bíblicos de madurez y servicio.

B)    Renovamos nuestro compromiso de orar por nuestros líderes. Anhelamos que Dios multiplique, proteja y aliente a líderes que sean fieles y obedientes a la Biblia. Oramos para que Dios reprenda, quite o lleve al arrepentimiento a los líderes que deshonran su nombre y desacreditan el evangelio. Y rogamos que Dios levante una nueva generación de líderes-siervos discipulados cuya pasión sea conocer a Cristo y ser como él por sobre todas las cosas.

C)    Quienes estamos en el liderazgo cristiano necesitamos reconocer nuestra vulnerabilidad y aceptar el don de la rendición de cuentas dentro del cuerpo de Cristo. Encomiamos la práctica de someternos a un grupo de rendición de cuentas.

D)    Alentamos enfáticamente a los seminarios, y a todos los que ofrecen programas de capacitación para el liderazgo, a centrarse más en la formación espiritual y del carácter, y no sólo en impartir conocimiento o calificar el desempeño, y nos regocijamos de todo corazón por los que ya lo están haciendo como parte de un desarrollo integral para el liderazgo de “la persona toda”.

4. Las ciudades

Las ciudades tienen una importancia crucial para el futuro humano y para la misión mundial. La mitad del mundo vive ahora en ciudades. En las ciudades encontramos mayormente cuatro clases principales de personas: (i) la próxima generación de jóvenes; (ii) los pueblos menos alcanzados que han migrado; (iii) los modeladores de la cultura; (iv) los más pobres entre los pobres.

A)    Discernimos la mano soberana de Dios en el crecimiento masivo de la urbanización en nuestro tiempo, e instamos a los líderes de la Iglesia y de misiones en todo el mundo a responder a este hecho dando una urgente atención estratégica a la misión urbana. Debemos amar nuestras ciudades como las ama Dios, con discernimiento santo y compasión similar a la de Cristo, y obedecer su mandamiento de “procurar la paz de la ciudad” (“buscar el bienestar de la ciudad”, NVI), dondequiera que sea. Intentaremos aprender métodos de misión apropiados y flexibles que respondan a las realidades urbanas.

5. Los niños

Todos los niños están en riesgo. Hay unos dos mil millones de niños en el mundo, y la mitad de ellos están en riesgo por la pobreza. Hay millones en riesgo por la prosperidad. Los niños de los que tienen riqueza y seguridad tienen todo con lo cual vivir, pero nada para lo cual vivir.

Los niños y los jóvenes son la Iglesia de hoy, no meramente de mañana. Los jóvenes tienen un gran potencial como agentes activos en la misión de Dios. Representan un enorme reservorio subutilizado de influenciadores sensibles a la voz de Dios y dispuestos a responderle. Nos regocijamos en los excelentes ministerios que sirven entre los niños y con ellos, y anhelamos que este tipo de trabajo se multiplique, ya que la necesidad es tan grande. Como vemos en la Biblia, Dios puede usar, y usa, a niños y jóvenes –sus oraciones, sus perspectivas, sus palabras, sus iniciativas– para cambiar corazones. Representan una “nueva energía” para transformar el mundo. Escuchemos su espiritualidad de niños y no la apaguemos con nuestros enfoques racionalistas de adultos.

Nos comprometemos a:

A)    Tomar a los niños en serio mediante una renovada investigación bíblica y teológica que reflexione sobre el amor y el propósito de Dios para ellos y a través de ellos, y mediante el redescubrimiento de la profunda importancia para la teología y la misión que tuvo la acción provocativa de Jesús, que “tomó a un niño, y lo puso en medio de ellos”.[81]

B)    Procurar capacitar a personas y brindar recursos para suplir las necesidades de los niños en todo el mundo; donde sea posible, trabajando con sus familias y comunidades, con la convicción de que un ministerio holístico a y a través de cada nueva generación de niños y jóvenes es un componente vital de la misión mundial.

C)    Denunciar, resistir y actuar contra el abuso infantil, incluyendo la violencia, la explotación, la esclavitud, el tráfico, la prostitución, la discriminación de género y étnica, el uso como objetivo comercial y el abandono intencional.

6. La oración

En medio de todas estas prioridades, renovemos nuestro compromiso de orar. La oración es un llamado, un mandamiento y un don. La oración es el fundamento y recurso indispensable para todos los elementos de nuestra misión.

A)      Oraremos con unidad, enfoque, persistencia y claridad informada por la Biblia:

  1. Para que Dios envíe obreros a cada rincón del mundo, en el poder de su Espíritu;
  2. Por los perdidos en cada pueblo y lugar, para que sean atraídos a Dios por su Espíritu, mediante la declaración de la verdad del evangelio y la demostración del amor y el poder de Cristo;
  3. Para que la gloria de Dios sea revelada y el nombre de Cristo sea conocido y alabado por el carácter, las acciones y las palabras de su pueblo. Clamaremos por nuestros hermanos y hermanas que sufren por el nombre de Cristo;
  4. Para que venga el reino de Dios, para que la voluntad de Dios se haga en la tierra como en el cielo en lo que se refiere al establecimiento de la justicia, la mayordomía y el cuidado de la creación, y la bendición de la paz de Dios en nuestras comunidades.

B)    Agradeceremos continuamente al ver la obra de Dios entre las naciones, esperando el día cuando el reino de este mundo llegue a ser el reino de nuestro Dios y su Cristo.

IIE LLAMAR A LA IGLESIA DE CRISTO A VOLVER A LA HUMILDAD, LA INTEGRIDAD Y LA SENCILLEZ

Andar es la metáfora bíblica para nuestra forma de vivir y nuestra conducta diaria. Siete veces en Efesios, Pablo habla acerca de la manera en que los cristianos deben, o no deben, andar.[82]

1     Andar en forma diferente de los demás, como la nueva humanidad de Dios  [83]

El pueblo de Dios anda, ya sea por el camino de Dios, o por los caminos de otros dioses. La Biblia muestra que el mayor problema de Dios no es sólo con las naciones del mundo, sino con el pueblo que él ha creado y llamado a ser el medio para bendecir a las naciones. Y el mayor obstáculo para cumplir esa misión es la idolatría entre el propio pueblo de Dios. Porque si hemos sido llamados a traer a las naciones a adorar al único Dios vivo, fracasamos miserablemente si nosotros mismos corremos detrás de los dioses falsos de los pueblos que nos rodean.

Cuando no hay ninguna diferencia en la conducta entre cristianos y no cristianos –por ejemplo, en la práctica de la corrupción y la avaricia, o la promiscuidad sexual, o la tasa de divorcios, o la recaída en prácticas religiosas precristianas, o en actitudes hacia personas de otras razas, o en estilos de vida consumistas, o en prejuicios sociales– el mundo tiene razón en preguntarse si nuestro cristianismo marca alguna diferencia. Nuestro mensaje no transmite ninguna autenticidad para un mundo que nos observa.

A)    Nos desafiamos unos a otros, como pueblo de Dios en cada cultura, a reconocer la medida en que, consciente o inconscientemente, estamos atrapados en las idolatrías de la cultura que nos rodea. Oramos por discernimiento profético para identificar y exponer estos dioses falsos y su presencia dentro de la Iglesia misma, y por valentía para arrepentirnos y renunciar a ellos en el nombre y en la autoridad de Jesús como Señor.

B)    Dado que no existe misión bíblica sin una forma de vivir bíblica, volvemos a comprometernos urgentemente y desafiamos a todos los que profesan el nombre de Cristo a vivir en una diferenciación radical de los caminos del mundo, a “[vestirnos] del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (“[ponernos] el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad”, NVI).

2. Andar en amor, rechazando la idolatría de la sexualidad desordenada [84]

El designio de Dios en la creación es que el matrimonio esté constituido por la relación comprometida y fiel entre un hombre y una mujer, en la que se convierten en una sola carne, en una nueva unidad social que es distinta de sus familias de nacimiento, y que las relaciones sexuales como la expresión de esa “una sola carne” sean disfrutadas exclusivamente dentro del vínculo del matrimonio. Esta unión sexual de amor dentro del matrimonio, en la que los dos se vuelven uno, refleja tanto la relación de Cristo con la Iglesia como la unidad de judíos y gentiles en la nueva humanidad.[85]

Pablo contrasta la pureza del amor de Dios con la fealdad del amor falso que se disfraza en forma de sexualidad desordenada, con todo lo que la acompaña. La sexualidad desordenada de todo tipo, en cualquier práctica de intimidad sexual antes o fuera del matrimonio según se define bíblicamente, está fuera de la voluntad y la bendición de Dios en la creación y la redención. El abuso y la idolatría que rodean a la sexualidad desordenada contribuyen a la declinación social más amplia, que incluye la destrucción de matrimonios y familias, y produce un sufrimiento incalculable de soledad y explotación. Es un tema serio dentro de la Iglesia misma, y es una causa de fracasos trágicamente común entre los líderes.

Reconocemos nuestra necesidad de una profunda humildad y conciencia de fracaso en esta área. Anhelamos ver a cristianos que desafíen las culturas que los rodean mediante vidas que siguen las normas a las que nos llama la Biblia.

A)     Alentamos enfáticamente a todos los pastores a:

  1. Facilitar una conversación más abierta sobre la sexualidad en nuestras iglesias, declarando en forma positiva las buenas noticias del plan de Dios para las relaciones saludables y la vida familiar, pero también abordando con sinceridad pastoral las áreas donde los cristianos comparten las realidades rotas y disfuncionales de la cultura que los rodea;
  2.  Enseñar las normas de Dios claramente, pero con la compasión pastoral de Cristo por los pecadores, reconociendo cuán vulnerables somos todos a la tentación y el pecado sexuales;
  3. Esforzarse por fijar un ejemplo positivo a través de vidas que siguen las normas bíblicas de fidelidad sexual;

B)    Como miembros de la Iglesia, nos comprometemos a:

  1. Hacer todo lo que podamos en la Iglesia y en la sociedad para fortalecer los matrimonios fieles y la vida familiar saludable;
  2. Reconocer la presencia y el aporte de las personas que no están casadas, viudas o sin hijos, para asegurar que la iglesia sea una familia acogedora y sustentadora en Cristo, y permitirles ejercer sus dones en toda la gama de los ministerios de la iglesia;
  3. Resistir las múltiples formas de sexualidad desordenada en las culturas que nos rodean, incluyendo la pornografía, el adulterio y la promiscuidad;
  4. Buscar entender y abordar los profundos temas del corazón relacionados con la identidad y la experiencia que llevan a algunas personas a la práctica de la homosexualidad, brindarnos a ellas con el amor, la compasión y la justicia de Cristo, y rechazar y condenar toda forma de odio, abuso físico o verbal, y la victimización de las personas homosexuales;
  5. Recordar que, mediante la gracia redentora de Dios, ninguna persona o situación está más allá de la posibilidad del cambio y la restauración.

3. Andar en humildad, rechazando la idolatría del poder [86]

En nuestra condición caída y nuestro pecado, el poder se ejerce a menudo para abusar de otros y explotarlos. Nos exaltamos, invocando superioridad de género, raza o condición social. Pablo opone a todas estas marcas de la idolatría del orgullo y el poder su requisito de que quienes están llenos del Espíritu de Dios deben someterse unos a otros por el bien de Cristo. Esta sumisión mutua y este amor recíproco deberán expresarse en el matrimonio, la familia y en las relaciones socioeconómicas.

A)    Anhelamos ver a todos los esposos y esposas, padres e hijos, empleadores y empleados cristianos, viviendo la enseñanza bíblica de someterse “unos a otros en el temor de Dios”.

B)    Alentamos a los pastores a ayudar a los creyentes para que entiendan, analicen juntos con sinceridad y practiquen la sumisión mutua que Dios requiere de sus hijos entre sí. En un mundo de avaricia, poder y abuso, Dios está llamando a su Iglesia a ser el lugar de amable humildad y amor desinteresado entre sus miembros.

C)    En particular, llamamos con urgencia a los esposos cristianos a observar el equilibrio de responsabilidades de la enseñanza de Pablo acerca de los esposos y las esposas. La sumisión mutua significa que la sumisión de la mujer a su esposo es a un hombre cuyo amor y cuidado por ella sigue el modelo del amor abnegado de Jesucristo por su Iglesia. Toda forma de abuso de la esposa –verbal, emocional o físico– es incompatible con el amor de Cristo, en cualquier cultura. Negamos que cualquier costumbre cultural o interpretación bíblica distorsionada pueda justificar que un hombre golpee a su esposa. Nos duele encontrar esta práctica entre cristianos profesantes, aun entre pastores y líderes. No vacilamos en denunciarlo como un pecado, y llamamos al arrepentimiento y a la renuncia de tal práctica.

4. Andar en integridad, rechazando la idolatría del éxito[87]

No podemos construir el reino del Dios de la verdad sobre fundamentos de deshonestidad. Sin embargo, en nuestro anhelo de “éxito” y “resultados” nos vemos tentados a sacrificar nuestra integridad con afirmaciones distorsionadas o exageradas que equivalen a mentiras. En cambio, andar en la luz “consiste en […] justicia y verdad”.[88]

A)    Llamamos a todos los líderes de la iglesia y de misiones a resistir la tentación de no ser plenamente veraces al presentar nuestro trabajo. Somos deshonestos cuando exageramos nuestros informes con estadísticas sin respaldo o torcemos la verdad para obtener algo. Oramos por una ola purificadora de honestidad que ponga fin a esta distorsión, manipulación y exageración. Llamamos a todos los que apoyan económicamente el trabajo espiritual a no hacer demandas poco realistas de resultados medibles y visibles, más allá de la necesidad de una rendición de cuentas adecuada. Luchemos por una cultura de plena integridad y transparencia. Escogeremos andar en la luz y la verdad de Dios, porque el Señor escudriña los corazones y le agrada la rectitud.[89]

5. Andar en la sencillez, rechazando la idolatría de la avaricia [90]

La predicación y enseñanza generalizadas del “evangelio de la prosperidad” en todo el mundo plantean importantes preocupaciones. Definimos el evangelio de la prosperidad como la enseñanza de que los creyentes tienen derecho a las bendiciones de la salud y la riqueza, y que pueden obtener estas bendiciones a través de confesiones positivas de fe y “sembrando semillas” mediante donaciones monetarias o materiales. La enseñanza de la prosperidad es un fenómeno que es común a muchas denominaciones en todos los continentes.[91]

Afirmamos la gracia y el poder milagrosos de Dios, y vemos con beneplácito el crecimiento de iglesias y ministerios que llevan a las personas a ejercer una fe expectante en el Dios vivo y en su poder sobrenatural. Creemos en el poder del Espíritu Santo. Sin embargo, negamos que el poder milagroso de Dios pueda ser tratado como algo automático, o que esté a disposición de técnicas humanas, o que sea manipulado por palabras, acciones, dádivas, objetos o rituales humanos.

Afirmamos que existe una visión bíblica de la prosperidad humana, y que la Biblia incluye el bienestar material (tanto la salud como la riqueza) dentro de su enseñanza sobre la bendición de Dios. Sin embargo, negamos como contraria a la Biblia la enseñanza de que el bienestar espiritual pueda medirse en términos de bienestar material, o que la riqueza sea siempre un signo de la bendición de Dios. La Biblia muestra que la riqueza puede obtenerse a menudo mediante la opresión, el engaño o la corrupción. También negamos que la pobreza, la enfermedad o la muerte temprana sean siempre un signo de la maldición de Dios o una evidencia de falta de fe, o el resultado de maldiciones humanas, ya que la Biblia rechaza esta clase de explicaciones simplistas.

Aceptamos que es bueno exaltar el poder y la victoria de Dios. Pero creemos que las enseñanzas de muchos que promueven vigorosamente el evangelio de la prosperidad distorsionan seriamente la Biblia, que sus prácticas y estilos de vida son frecuentemente contrarios a la ética y al carácter de Cristo, que muchas veces reemplazan la auténtica evangelización por la búsqueda de milagros, y reemplazan el llamado al arrepentimiento por el llamado a dar dinero a la organización del predicador. Nos duele que el impacto de esta enseñanza sobre muchas iglesias sea pastoralmente dañino y espiritualmente malsano. Apoyamos alegre y categóricamente toda iniciativa en el nombre de Cristo que busque la sanidad de los enfermos o la liberación duradera de la pobreza y el sufrimiento. El evangelio de la prosperidad no ofrece ninguna solución duradera para la pobreza, y puede apartar a las personas del verdadero mensaje y del medio de la salvación eterna. Por estas razones, puede ser descrito con justicia como un evangelio falso. Por lo tanto, rechazamos los excesos de la enseñanza de la prosperidad como incompatibles con un cristianismo bíblicamente equilibrado.

A)    Alentamos urgentemente a los líderes de iglesias y de misiones en contextos donde el evangelio de la prosperidad es popular a poner a prueba su enseñanza prestando cuidadosa atención a la enseñanza y el ejemplo de Jesucristo. En especial, todos necesitamos interpretar y enseñar en su pleno contexto bíblico y equilibrio adecuado aquellos versículos de la Biblia que se usan habitualmente para apoyar el evangelio de la prosperidad. Cuando la enseñanza de la prosperidad se da en el contexto de la pobreza, debemos contraponerle una compasión auténtica y acciones que traigan justicia y una transformación duradera a los pobres. Sobre todo, debemos reemplazar el egoísmo y la avaricia por la enseñanza bíblica sobre la abnegación y la caridad generosa como las marcas del verdadero discipulado de Cristo. Afirmamos el histórico llamado de Lausana a practicar estilos de vida más sencillos.     

IIF ASOCIARSE EN EL CUERPO DE CRISTO PARA LA UNIDAD EN LA MISIÓN

Pablo nos enseña que la unidad cristiana es creación de Dios, basada en nuestra reconciliación con Dios y de unos con otros. Esta doble reconciliación ha sido lograda a través de la cruz. Cuando vivimos en unidad y trabajamos en forma asociada, demostramos el poder sobrenatural y contracultural de la cruz. Pero cuando demostramos nuestra desunión al no lograr asociarnos, degradamos nuestra misión y nuestro mensaje, y negamos el poder de la cruz.

1. La unidad en la Iglesia

Una Iglesia dividida carece de mensaje para un mundo dividido. Nuestra imposibilidad de vivir en una unidad reconciliada es un obstáculo importante para la autenticidad y la eficacia en la misión.

A)    Lamentamos la condición dividida y la tendencia a la división de nuestras iglesias y organizaciones. Anhelamos profunda y urgentemente que los cristianos cultiven un espíritu de gracia y sean obedientes al mandamiento de Pablo de ser “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (“esfuércense por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz”, NVI).

B)    Si bien reconocemos que nuestra unidad más profunda es espiritual, anhelamos un mayor reconocimiento del poder misional de la unidad visible, práctica y terrenal. Así que instamos a las hermanas y los hermanos de todo el mundo, por el bien de nuestro testimonio y misión comunes, a resistir la tentación de dividir el cuerpo de Cristo, y a buscar las sendas de la reconciliación y la unidad restaurada cada vez que sea posible.

2. La asociación en la misión global

La asociación en la misión no tiene que ver sólo con la eficiencia. Es el resultado estratégico y práctico de nuestro común sometimiento a Jesucristo como Señor. Con demasiada frecuencia hemos abordado la misión de formas que priorizan o preservan nuestras propias identidades (étnicas, denominacionales, teológicas, etc.) y no hemos sometido nuestras pasiones y preferencias a nuestro único Señor y Amo. La supremacía y centralidad de Cristo en nuestra misión deben ser más que una confesión de fe; deben regir también nuestra estrategia, nuestra práctica y nuestra unidad.

Nos regocijamos por el crecimiento y la fortaleza de los movimientos de misión emergentes en el mundo mayoritario y el fin del viejo patrón “de Occidente al Resto”. Pero no aceptamos la idea de que el bastón de la responsabilidad en la misión haya pasado de una parte de la Iglesia del mundo a otra. No tiene sentido rechazar el triunfalismo pasado de Occidente para simplemente reubicar el mismo espíritu impío en Asia, África o América Latina. Ningún grupo étnico, nación o continente puede decir que tiene el privilegio exclusivo de ser quien completará la Gran Comisión. Sólo Dios es soberano.

A)    Nos mantenemos unidos, como líderes de iglesia y de misiones de todas partes del mundo, llamados a reconocernos y aceptarnos mutuamente, con igualdad de oportunidades para contribuir juntos a la misión mundial. Dejemos de lado, en sometimiento a Cristo, la sospecha, la competencia y el orgullo, y estemos dispuestos a aprender de quienes Dios está usando, aun cuando no sean de nuestro continente, de nuestra teología específica, de nuestra organización o de nuestro círculo de amigos.

B)    La asociación va más allá del dinero, y con frecuencia, la inyección imprudente de dinero corrompe y divide la Iglesia. Demostremos de una vez por todas que la Iglesia no opera bajo el principio de que quienes tienen más dinero tienen todo el poder para tomar decisiones. Dejemos de imponer a otras partes de la Iglesia nuestros nombres, lemas, programas, sistemas y métodos preferidos. En cambio, trabajemos a favor de la verdadera mutualidad del Norte y el Sur, de Oriente y Occidente, por la interdependencia en dar y recibir, por el respeto y la dignidad que caracteriza a los auténticos amigos y verdaderos socios en la misión.

3. Mujeres y hombres en asociación

La Biblia afirma que Dios creó a hombres y mujeres a su imagen y les dio dominio, juntos, sobre la tierra. El pecado ingresó en la vida y la historia humanas a través del hombre y la mujer actuando juntos en rebelión contra Dios. A través de la cruz de Cristo, Dios trajo salvación, aceptación y unidad a hombres y mujeres por igual. En Pentecostés, Dios derramó el Espíritu de profecía sobre toda carne, hijos e hijas por igual. Por lo tanto, las mujeres y los hombres son iguales en la creación, en el pecado, en la salvación y en el Espíritu.[92]

Todos nosotros, mujeres y hombres, casados y solos, tenemos la responsabilidad de emplear los dones de Dios en beneficio de los demás, como administradores de la gracia de Dios y para la alabanza y la gloria de Cristo. Por lo tanto, todos nosotros somos responsables también de permitir a todo el pueblo de Dios ejercer todos los dones que Dios ha dado para todas las áreas de servicio a las cuales Dios llama a la Iglesia.[93] No debemos apagar el Espíritu despreciando el ministerio de ninguna persona.[94] Además, estamos decididos a ver el ministerio dentro del cuerpo de Cristo como un don que es dado y una responsabilidad en los que somos llamados a servir, y no como una posición y un derecho que exigimos.

A)    Sostenemos la posición histórica de Lausana: “Afirmamos que los dones del Espíritu Santo son repartidos a todo el pueblo de Dios, tanto a las mujeres como a los hombres, y que se debe promover la participación de todos en la evangelización para el bien común”.[95] Reconocemos el enorme y sacrificado aporte que las mujeres han hecho a la misión mundial, ministrando tanto a hombres como a mujeres, desde los tiempos bíblicos hasta el presente.

B)    Reconocemos que hay diferentes puntos de vista sostenidos sinceramente por personas que buscan ser fieles y obedientes a la Biblia. Hay quienes interpretan que la enseñanza apostólica da a entender que las mujeres no deben enseñar ni predicar, o que pueden hacerlo, pero no en autoridad exclusiva sobre los hombres. Otros interpretan que la igualdad espiritual de las mujeres, el ejercicio del don edificante de la profecía por parte de mujeres en la iglesia del Nuevo Testamento y el hecho de que funcionaran iglesias en sus casas implican que los dones espirituales del liderazgo y de la enseñanza pueden ser recibidos y ejercidos en el ministerio tanto por hombres como por mujeres.[96] Llamamos a quienes están en diferentes lados de la polémica a:

  1. Aceptarse mutuamente sin condenación con relación a los temas que son motivo de disputa, porque si bien podemos estar en desacuerdo, no tenemos ninguna base para la división, las palabras destructoras ni una hostilidad impía entre nosotros;[97] 
  2. Estudiar la Biblia cuidadosamente, juntos, tomando debida cuenta del contexto y la cultura de los autores originales y los lectores contemporáneos;
  3. Reconocer que donde hay un dolor auténtico debemos mostrar compasión, donde hay injusticia y falta de integridad debemos plantarnos en contra, y donde hay resistencia a la obra manifiesta del Espíritu Santo en cualquier hermana o hermano, debemos arrepentirnos;
  4. Comprometernos a un modelo de ministerio, masculino y femenino, que refleje el carácter de siervo de Jesucristo y no la búsqueda de poder y estatus mundanos.

C)    Alentamos a las iglesias a reconocer a las mujeres piadosas que enseñan y son ejemplo del bien, como ordenó Pablo,[98] y a abrir puertas de oportunidad más amplias para las mujeres en la educación, el servicio y el liderazgo, especialmente en contextos donde el evangelio desafía tradiciones culturales injustas. Anhelamos que las mujeres no se vean obstaculizadas en el ejercicio de los dones de Dios ni en seguir el llamado de Dios para sus vidas.

4. La educación teológica y la misión

El Nuevo Testamento muestra la estrecha asociación entre el trabajo de evangelización y la plantación de iglesias (ej: el apóstol Pablo), y el trabajo de educar a las iglesias (ej: Timoteo y Apolos). Ambas tareas están integradas en la Gran Comisión, donde Jesús describe la tarea de hacer discípulos en términos de evangelización (antes de bautizarlos) y enseñanza: “que guarden todas las cosas que os he mandado”. La educación teológica forma parte de la misión más allá de la evangelización. [99]

La misión de la Iglesia en la tierra es servir a la misión de Dios, y la misión de la educación teológica es fortalecer y acompañar la misión de la Iglesia. La educación teológica sirve primero para capacitar a quienes lideran a la Iglesia como pastores-maestros, equipándolos para enseñar la verdad de la Palabra de Dios con fidelidad, pertinencia y claridad y, segundo, para equipar a todo el pueblo de Dios para la tarea misional de entender y comunicar la verdad de Dios de forma pertinente en cada contexto cultural. La educación teológica participa en la guerra espiritual, “derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”.[100]

A)    Quienes lideramos iglesias y agencias de misión necesitamos reconocer que la educación teológica es intrínsecamente misional. Quienes brindamos educación teológica tenemos que asegurar que sea intencionalmente misional, ya que su lugar en el mundo académico no es un fin en sí mismo, sino que está para servir a la misión de la Iglesia en el mundo.

B)    La educación teológica está asociada con todas las formas de participación misional. Alentaremos y apoyaremos a todos los que brindan una educación teológica fiel a la Biblia, formal y no formal, a nivel local, nacional, regional e internacional.

C)    Instamos a que las instituciones y los programas de educación teológica realicen una “auditoría misional” de sus planes de estudio, estructuras y espíritu general, para asegurar que realmente respondan a las necesidades y oportunidades que enfrenta la Iglesia en sus respectivas culturas.


D)    Anhelamos que todos los plantadores de iglesias y educadores teológicos coloquen la Biblia en el centro de su trabajo conjunto, no sólo en las afirmaciones doctrinales, sino en la práctica. Los evangelistas deben usar la Biblia como la fuente suprema del contenido y la autoridad de su mensaje. Los educadores teológicos deben volver a centrarse en el estudio de la Biblia como la disciplina medular de la teología cristiana, integrando y permeando todos los demás campos de estudio y aplicación. Por sobre todo, la educación teológica debe servir para equipar a los pastores-maestros en su responsabilidad primaria de predicar y enseñar la Biblia.[101]

CONCLUSIÓN

Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo. El Espíritu de Dios estuvo en Ciudad del Cabo, llamando a la Iglesia de Cristo a ser embajadores del amor reconciliador de Dios por el mundo. Dios mantuvo la promesa de su Palabra al reunirse su pueblo en el nombre de Cristo, porque el Señor Jesucristo mismo estuvo entre nosotros, y anduvo entre nosotros.[102]

Hemos buscado escuchar la voz del Señor Jesucristo. Y, en su misericordia, a través del Espíritu Santo, Cristo habló a su pueblo, que lo escuchaba. A través de las múltiples voces de la exposición de la Biblia, de las ponencias en las sesiones plenarias y de las discusiones grupales, dos temas se repitieron:

  • La necesidad de un discipulado obediente y radical, que produzca madurez y crecimiento en profundidad, así como crecimiento en cantidad; 
  • La necesidad de una reconciliación radical centrada en la cruz, que produzca unidad y crecimiento en amor, así como crecimiento en fe y esperanza.

El discipulado y la reconciliación son indispensables para nuestra misión. Lamentamos el escándalo de nuestra superficialidad y falta de discipulado, y el escándalo de nuestra desunión y falta de amor; porque ambas cosas dañan seriamente nuestro testimonio del evangelio.

Discernimos la voz del Señor Jesucristo en estos dos desafíos, porque corresponden a dos de las palabras más enfáticas de Cristo a la Iglesia, según lo registran los Evangelios. En el Evangelio de Mateo, Jesús nos dio nuestro mandamiento principal: hacer discípulos entre todas las naciones. En el Evangelio de Juan, nos dio nuestro principal método: amarnos unos a otros para que el mundo sepa que somos discípulos de Jesús. No debemos sorprendernos, sino más bien regocijarnos, al escuchar la voz del Amo, cuando Cristo dice las mismas cosas 2000 años después a su pueblo reunido, proveniente de todo el mundo: Hagan discípulos. Ámense unos a otros.

Hacer discípulos

La misión bíblica exige que quienes invocan el nombre de Cristo sean como él, asumiendo su cruz, negándose a sí mismos y siguiéndolo en las sendas de la humildad, el amor, la integridad, la generosidad y el servicio. Fallar en el discipulado y en la formación de discípulos significa fallar en el nivel más básico de nuestra misión. El llamado de Cristo a su Iglesia nos llega de nuevo en las páginas de los Evangelios: “Venid en pos de mí”; “Id y haced discípulos”.

Amarnos unos a otros

Tres veces, Jesús repitió: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros”.[103] Tres veces Jesús oró “para que todos sean uno, Padre”.[104] Tanto el mandamiento como la oración son misionales. “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”. “Para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste. Jesús no podría haber planteado más enfáticamente lo que quería decir. La evangelización del mundo y el reconocimiento de la deidad de Cristo resultan favorecidos o perjudicados según lo obedezcamos a él en la práctica o no. El llamado de Cristo y sus apóstoles nos llega nuevamente: “Ámense unos a otros”; sean “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”.[105] Es por el bien de la misión de Dios que renovamos nuestro compromiso de obedecer este “mensaje que [hemos] oído desde el principio”.[106] Cuando los cristianos vivamos la unidad reconciliada del amor por el poder del Espíritu Santo, el mundo llegará a conocer a Jesús, cuyos discípulos somos, y llegará a conocer al Padre que lo envió.

En el nombre de Dios el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y sobre el único fundamento de la fe en la infinita misericordia y gracia salvadora de Dios, anhelamos fervientemente y oramos por una reforma del discipulado bíblico y una revolución de amor como el de Cristo.

Hacemos de esto nuestra oración y asumimos este compromiso, por el Señor que amamos y por el mundo que servimos en su nombre.

 

[1]  Gálatas 5:6; Juan 14:21; 1 Juan 4:9,19

[2]  Mateo 22:37-40; Romanos 13:8-10; Gálatas 5:22; 1 Pedro 1:22; 1 Juan 3:14; 4:7-21; Juan 13:34-35; Juan 1:18+ 1 Juan 4:12; 1 Tesalonicenses 1:3; 1 Corintios 13:8,13

[3]  Deuteronomio 7:7-9; Oseas 2:19-20; 11:1; Salmos 103; 145:9,13,17; Gálatas 2:20; Deuteronomio 10:12-19

[4]  Deuteronomio 6:4-5; Mateo 22:37; Levítico 19:18,34; Mateo 5:43-45; Juan 15:12; Efesios 4:32; Juan 3:16-17

[5]  Romanos 5:5; 2 Corintios 5:14; Apocalipsis 2:4

[6]  Deuteronomio 4:35,39; Salmos 33:6-9; Jeremías 10:10-12; Deuteronomio 10:14; Isaías 40:22-24; Salmos 33:10-11,13-15; Salmos 96:10-13; Salmos 36:6; Isaías 45:22

[7] Deuteronomio 4 y 6

[8] John Stott, The Message of Romans, The Bible Speaks Today (Leicester and Downers Grove: Intervarsity Press, 1994) p. 53

[9] Salmos 138:2

[10]Juan 14:6; Romanos 8:14-15; Mateo 6:9; Juan 14:21-23

[11]Deuteronomio 32:6,18; 1:31; 8:5; Isaías 1:2; Malaquías 1:6; Jeremías 3:4,19; 31:9; Oseas 11:1-2; Salmos 103:13; Isaías 63:16; 64:8-9

[12]Juan 3:16; 1 Juan 3:1; Romanos 8:32; Hebreos 9:14; Gálatas 2:20; Gálatas 1:3-5.

[13] Mateo 5:9,16,43-48; 6:4,6,14-15,18, 25-32; 7:21-23

[14] Juan 1:3; 1 Corintios 8:4-6; Hebreos 1:2; Colosenses 1:15-17; Salmos 110:1; Marcos 14:61-64; Efesios 1:20-23; Apocalipsis 1:5; 3:14; 5:9-10; Romanos 2:16; 2 Tesalonicenses 1:5-10; 2 Corintios 5:10; Romanos 14:9-12; Mateo 1:21; Lucas 2:30; Hechos. 4:12; 15:11; Romanos 10:9; Tito 2:13; Hebreos 2:10; 5:9; 7:25; Apocalipsis 7:10

[15] Lucas 6:46; 1 Juan 2:3-6; Mateo 7:21-23

[16] Mateo 16:16; Juan 20:28; 1 Pedro 1:8; 1 Juan 3:1-3; Hechos 4:12

[17]Génesis 1:1-2; Salmos 104:27-30; Job 33:4; Éxodo 35:30–36:1; Jueces 3:10; 6:34; 13:25; Números 11:16-17, 29; Isaías 63:11-14; 2 Pedro 1:20-21; Miqueas 3:8; Nehemías 9:20,30; Zacarías 7:7-12; Isaías 11:1-5; 42:1-7; 61:1-3; 32:15-18; Ezequiel 36:25-27; 37:1-14; Joel 2:28-32

[18]Hechos 2; Gálatas 5:22-23; 1 Pedro 1:2; Efesios 4:3-6; 11-12; Romanos 12:3-8; 1 Corintios 12:4-11; 1 Corintios 14:1; Juan 20:21-22; 14:16-17, 25-26; 16:12-15; Romanos 8:26-27; Efesios 6:10-18; Juan 4:23-24; 1 Corintios 12:3; 14:13-17; Mateo 10:17-20; Lucas 21:15

[19] Salmos 119:47,97; 2 Timoteo 3:16-17; 2 Pedro 1:21

[20] Deuteronomio 30:14; Mateo 7:21-27; Lucas 6:46; Santiago 1:22-24

[21] El Manifiesto de Manila, párrafo 7; Tito 2:9-10

[22]Salmos 145:9,13,17; Salmos 104:27-30; Salmos 50:6; Marcos 16:15; Colosenses 1:23; Mateo 28:17-20; Habacuc 2:14

[23] Salmos 24:1; Deuteronomio 10:14

[24]  Colosenses 1:15-20; Hebreos 1:2-3

[25]  Hechos 17:26; Deuteronomio 32:8; Génesis 10:31-32; 12:3; Apocalipsis 7:9-10; Apocalipsis 21:24-27

[26]  Hechos 10:35; 14:17; 17:27

[27]  Salmos 145:9,13,17; 147:7-9; Deuteronomio 10:17-18

[28]  Génesis 18:19; Éxodo 23:6-9; Deuteronomio 16:18-20; Job 29:7-17; Salmos 72:4,12-14; Salmos 82; Proverbios 31:4-5,8-9; Jeremías 22:1-3; Daniel 4:27

[29]  Éxodo 22:21-27; Levítico 19:33-34; Deuteronomio 10:18-19; 15:7-11; Isaías 1:16-17; 58:6-9; Amós 5:11-15,21-24; Salmos 112; Job 31:13-23; Proverbios 14:31; 19:17; 29:7; Mateo 25:31-46; Lucas 14:12-14; Gálatas 2:10; 2 Corintios 8–9; Romanos 15:25-27; 1 Timoteo 6:17-19; Santiago 1:27; 2:14-17; 1 Juan 3:16-18

[30] El Pacto de Lausana, párrafo 5

[31] Levítico 19:34; Mateo 5:43-44

[32] Mateo 5:38-39; Lucas 6:27-29; 23:34; Romanos 12:17-21; 1 Pedro 3:17-22; 4:12-16

[33] Romanos 13:4

[34] 1 Juan 2:15-17

[35] Génesis 3; 2 Tesalonicenses 1:9

[36] Marcos 1:1,14-15; Romanos 1:1-4; Romanos 4; 1 Corintios 15:3-5; 1 Pedro 2:24; Colosenses 2:15; Hebreos 2:14-15; Efesios 2:14-18; Colosenses 1:20; 2 Corintios 5:19

[37] Romanos 4; Filipenses 3:1-11; Romanos 5:1-2; 8:1-4; Efesios 1:3-14; Colosenses 1:13-14; 1 Pedro 1:3; Gálatas 3:26–4:7; Efesios 2:19-22; Juan 20:30-31; 1 Juan 5:12-13; Romanos 8:31-39

[38] Romanos 1:16

[39] Gálatas 5:6

[40] Efesios 2:10

[41] Santiago 2:17

[42] Tito 2:11-14

[43] Romanos 15:18-19; 16:19; 2 Corintios 9:13

[44] Romanos 1:5; 16:26

[45] Génesis 15:6; Hebreos 11:8; Génesis 22:15-18; Santiago 2:20-24

[46] Romanos 8:4

[47] Juan 14:21

[48] 1 Juan 2:3

[49] 2 Tesalonicenses 2:13-14; 1 Juan 4:11; Efesios 5:2; 1 Tesalonicenses 1:3; 4:9-10; Juan 13:35

[50] Juan 13:34-35; 17:21

[51] Hebreos 13:1-3; 1 Corintios 12:26; Apocalipsis 1:9

[52] Apocalipsis 3:17-20

[53] Efesios 1:9-10; Colosenses 1:20; Génesis 1-12; Apocalipsis 21–22

[54] El Pacto de Lausana, párrafos 4 y 5

[55] La Declaración Miqueas sobre la Misión Integral

[56] 1 Tesalonicenses 1:3

[57] Efesios 2:10

[58] Colosenses 3:23

[59] Porque “la universidad es un claro punto de apoyo para mover el mundo. La Iglesia no puede prestar un mayor servicio a sí misma y a la causa del evangelio que intentar recuperar las universidades para Cristo. Más poderosamente que por cualquier otro medio, cambien la universidad y cambiarán el mundo”. Charles Habib Malik, ex presidente de la Asamblea General de la ONU, en sus Pascal Lectures 1981, A Christian Critique of the University.

[60] Efesios 1:10; 2:1-16; 3:6; Gálatas 3:6-8 (Ver también la Sección VI sobre el tema de la unidad y la asociación dentro de la Iglesia).

[61] Efesios 2:11-22; Romanos 3:23; Romanos 10:12-13

[62] Deuteronomio 32:8; Hechos 17:26

[63] Apocalipsis 7:9; 21:3, donde el texto dice, en realidad: “[…] y ellos serán sus pueblos, […]” (en plural, tal como lo traduce la versión Dios Habla Hoy).

[64] Hechos 4:32-37; Gálatas 2:9-10; Romanos 15:23-29; 2 Corintios 8–9

[65] 2 Corintios 5:16

[66] Juan 9:1-3

[67] El Manifiesto de Manila, párrafo 12.

[68] 1 Pedro 3:15-16, NVI. Comparar con Hechos 19:37.

[69] 2 Corintios 12:9-10; 4:7-10

[70] El Manifiesto de Manila, §12

[71] 2 Corintios 2:15

[72] Hechos 11:20-24

[73] Hechos 15:19.

[74] Romanos 14:1-3

[75] Génesis 50:20

[76] Levítico 19:33-34; Deuteronomio 24:17; Rut 2; Job 29:16; Mateo 25:35-36; Lucas 10:25-37; 14:12-14; Romanos 12:13; Hebreos 13:2-3; 1 Pedro 4:9

[77] Jeremías 29:7

[78] Jeremías 29:7; 1 Pedro 2:13-17; 1 Timoteo 2:1-2; Romanos 13:1-7; Éxodo 1:15-21; Daniel 6; Hechos 3:19-20; 5:29

[79] Efesios 4:11-12

[80] 1 Timoteo 3:1-13; Tito 1:6-9; 1 Pedro 5:1-3

[81] Marcos 9:33-37

[82] Si bien se traducen de formas diferentes, todos estos versículos usan el verbo “andar”: Efesios 2:2; 2:10; 4:1; 4:17; 5:2; 5:8; 5:15

[83] Efesios 4:17-32

[84] Efesios 5:1-7

[85] Efesios 5:31-32, 2:15

[86] Efesios 5:15-6:9

[87] Efesios 5:8-9

[88] Efesios 5:9, NVI

[89] 1 Crónicas 29:17

[90] Efesios 5:5

[91] Ver también el texto completo de The Akropong Statement, a critique of Prosperity Gospel [La declaración de Akropong, una crítica del Evangelio de la Prosperidad] producida por teólogos africanos, convocados por el Grupo de Trabajo de Teología de Lausana, en: www.lausanne.org/akropong

[92] Génesis 1:26-28; Génesis 3; Hechos 2:17-18; Gálatas 3:28; 1 Pedro 3:7

[93] Romanos 12:4-8; 1 Corintios 12:4-11; Efesios 4:7-16; 1 Pedro 4:10-11

[94] 1 Tesalonicenses 5:19-20; 1 Timoteo 4:11-14

[95] El Manifiesto deManila, 1989, afirmación 14

[96] 1 Timoteo 2:12; 1 Corintios 14:33-35; Tito 2:3-5; Hechos 18:26; 21:9; Romanos 16:1-5,7; Filipenses 4:2-3; Colosenses 4:15; 1 Corintios 11:5; 14:3-5

[97] Romanos 14:1-13

[98] Tito 2:3-5

[99] Colosenses 1:28-29; Hechos 19:8-10; 20:20,27; 1 Corintios 3:5-9

[100] 2 Corintios 10:4-5

[101] 2 Timoteo 2:2; 4:1-2; 1 Timoteo 3:2b; 4:11-14; Tito 1:9; 2:1

[102] Levítico 26:11-12; Mateo 18:20; 28:20

[103] Juan 13:34; 15:12,17

[104] Juan 17:21-23

[105] Efesios 4:1-6; Colosenses 3:12-14; 1 Tesalonicenses 4:9-10; 1 Pedro 1:22; 1 Juan 3:11-14; 4:7-21

[106] 1 Juan 3:11