Hunter, James Davison, To Change the World: The Irony, Tragedy, & Possibility of Christianity in the Late Modern World. 1st ed. Oxford: Oxford University, 2010. 368 pp.

To Change the World

Este libro puso nerviosos a los evangélicos hace seis años. La Comisión Asesora Teológica de la Alianza Evangélica del Reino Unido llegó a dedicar gran parte de una de sus reuniones para tratarlo. Aunque tiene seis años, su relevancia acaparó el centro de atención con la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Si bien la proporción de evangélicos que votaron por él está muy disputada —del 80 por ciento del Washington Post al 18 por ciento de Gospel Coalition—, es innegable la impresión de que las bases de un país aún ampliamente protestante obtuvieron el hombre que querían, en una parodia de las acérrimas advertencias que da este autor acerca de los peligros de buscar el poder político para imponer una agenda moral.

¿Por qué habría de votar un cristiano por un hombre que, si bien impone respeto ahora que ocupa un cargo elevado, estuvo entregado, por lo menos en el pasado, a conductas y actitudes no cristianas?

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Medio erróneo hacia el poder

La respuesta está en este libro: porque solo el poder cambia cosas, se piensa, así que debemos poner en el poder a un hombre que promete el cambio que queremos, aun cuando sea impío. Para los conservadores, la iglesia es “un puño que está listo para combatir… un tema tras otro”, en un “paradigma defensivo-contra”. Para ellos, el secularismo es el problema, y solo la resacralización de las principales esferas de la vida social puede recuperar las categorías y los códigos de la perspectiva moral cristiana.[1]

El único problema con esto, dice Hunter, es que no es remotamente cristiano, ni cambia nada en realidad. Dice Hunter:

Si bien los activistas cristianos (conservadores y progresivos) han sido bastante influyentes en la esfera política en diferentes momentos en décadas recientes, han abrazado un medio hacia el poder que destila resentimiento, ira y amargura por las heridas que creen haber sufrido. Las culturas públicas y políticas del cristianismo contemporáneo han quedado definidas por esta clase de negaciones.[2]

Uno no enfrenta el nihilismo con otra negación más. Hunter sigue diciendo:

La trágica ironía es que, en nombre de resistir los oscuros nihilismos de la edad moderna [el espectáculo vacío de gran parte de la cultura popular, la monetización de la vida privada a través de las redes sociales, la “cultura-i”, que fomenta la pericia técnica mientras socava la capacidad para el silencio y la atención focalizada, el cultivo de una especie de ausencia en la experiencia de “estar en otra parte”[3]], los cristianos —en su deseo de poder y el ressentiment que lo alimenta— no hacen más que aumentar el nihilismo. Al hacerlo, los cristianos socavan el mensaje del evangelio mismo que aprecian y desean promover.[4]

La “presencia fiel” —una frase acuñada por Hunter— implica sacrificio y sumisión.

Influencia auténtica

La solución no es más poder, sino una influencia más estratégica y auténtica. La “presencia fiel” —una frase acuñada por Hunter— implica sacrificio y sumisión, una cualidad que es lo opuesto a la dominación y la antítesis de la celebridad.

Claramente, todos reconocemos algo de esto en las dramatis personae que Hunter tiene en su mira: Charles Colson y Jim Wallis, para nombrar solo algunos. Sin embargo, sus características prevalecen en cualquier lugar del mundo donde vivimos nuestro evangelicalismo; y debido a que la globalización es esencialmente americanización, esta clase de religiosidad permea la región del lector tanto como la mía. Por lo tanto, este libro necesita ser leído en todas partes.

Hunter es Profesor Distinguido de la cátedra LaBrosse-Levinson de Religión, Cultura y Teoría Social de University of Virginia, y Director del Instituto de Estudios Avanzados en Cultura. Es oportuno volver a leer un libro que es el fruto de toda una vida de profunda reflexión, y cuya dimensión profética suena más verdadera hoy que nunca antes.

¿Odres nuevos?

Sin embargo, aun a esta distancia de su publicación, luego de una segunda lectura minuciosa, el libro parece desequilibrado. Lo que está mal —si bien está analizado de manera brillante y en ocasiones argumentado con enojo— tal vez no esté acompañado por lo que podría solucionarlo. Se cuela la desesperación, la desesperación de un estadista de edad incapaz de pensar suficientemente fuera de la lógica, los modismos y los métodos de su propia crítica y crear para nosotros odres que sean auténticamente nuevos. Por cierto, comienza este capítulo diciendo: “el Espíritu Santo aún está muy activo”.[5] Luego pasa a listar diez proyectos de transformación social de abajo hacia arriba que nos resultan conocidos. Entonces, ¿qué está mal?

Al decir, siguiendo a Steiner, que las palabras y el mundo han perdido su correspondencia y nos han dejado “sin significado”[6], no obstante recluta solo palabras para dar forma a alternativas, perdiendo de vista tal vez que las palabras comprenden un mero 30 por ciento de cómo los seres humanos se comunican y perciben la realidad. ¿Será por esto, tal vez, que este libro enormemente importante no ha recibido una acogida apasionada de teólogos que se encuentran perplejos ante su incapacidad de satisfacer? ¿O acaso nosotros, como evangélicos, simplemente nos sentimos criticados? ¿Por qué el autor no nos da, como Jacques Ellul, modelos más osados y encarnados de las alternativas que propicia?

Visión falsa del poder

El libro está formado por tres largos ensayos que llaman a la reflexión. El primero analiza la relación del cristianismo con la cultura en la historia, y luego cómo queda actualizada en las ambiciones de cambiar el mundo de la derecha y la izquierda contemporáneas, junto con un tercer grupo, los anabautistas. El cristianismo es y siempre ha sido un transformador del mundo, pero no es algo que se logre fácilmente ni por medios que suponemos a primera vista.

El segundo ensayo encara el clamoroso meollo de su argumento de que cada uno de los tres grupos no hace más que imitar la cultura en su visión falsa del poder, evidenciando poco más que un deseo de dominación a través de la política que no ofrece ningún alivio y ningún contrarrelato. Lo denomina tanto una “ironía” como una “tragedia”, y hay bastantes evidencias, en ocasiones hilarantes, de este fracaso de los tres grupos, ciegos a su falta de atractivo y, en última instancia, su falta de cristianismo.

¿Qué otra razón habría para que tanta resolución y propósito cristianos produzcan tan pocos resultados? ¿Por qué otra razón Estados Unidos “se está echando a perder moralmente”, según lo que simboliza Hollywood, el éxito fantástico del lobby homosexual, etc.? Puede demostrarse —y el autor lo hace con una impresionante investigación estadística[7]—que “la forma más visible en que el cristianismo estadounidense influye en la actualidad en la sociedad en su conjunto es en la esfera política”[8], en contraposición con la esfera de la cultura.

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Ausencia de la esfera cultural

Los cristianos tienden a ausentarse hoy de las esferas culturales “impías”, donde la influencia podría ser más efectiva

Las razones de esto, dice, yacen en una “ciencia social engañosa y una teología cuestionable”.[9] Los cristianos tienden a ausentarse hoy de las esferas culturales “impías”, donde la influencia podría ser más efectiva —como el cine, las bellas artes y el periodismo—, mientras que simultáneamente confrontan esas esferas a través de la política desde afuera, con formas de violencia verbal y negación, descritas como un “enclave defensivo”.[10]

Entretanto, operan predominantemente en los niveles culturales medios y populares solo, sin manifestar las “imágenes de belleza y hermosura que inspiran la imaginación y, por lo tanto, amplían los horizontes de la posibilidad humana”[11] (p. 263). “Hay muy pocos recursos dentro de la comunidad cristiana, en toda su diversidad, dedicados a apoyar el liderazgo para que desarrolle el capital cultural en los centros de producción cultural”, [12] dice. Lo muestra con material estadístico bastante impactante que clasifica a fundaciones por las donaciones que hacen y a quiénes las hacen.

Esto suena muy verídico para una periodista que ha intentado trabajar con un sentido de aprecio por los medios convencionales, en contraposición con los medios del “gueto cristiano”, que son la línea de menor resistencia para las misiones y las iglesias cristianas, con buenas historias para contar y para quienes los medios seculares son de desconfiar en el mejor de los casos y hostiles en el peor de los casos. Solo dos fundaciones en el Reino Unido financian de manera consistente el trabajo con los medios, y aun así ha sido principalmente para el trabajo en los llamados “espacios de Dios”.

Presencia fiel

Esto va en el sentido contrario del cristianismo histórico. “La fe cristiana había sido enormemente influyente en la cultura, precisamente porque había tenido un papel principal si no hegemónico en la cultura, produciendo las instituciones de la sociedad”[13], identificadas aquí como iglesias, escuelas superiores y universidades de élite, importantes movimientos de reforma social, como el movimiento antialcohólico, y la cultura popular: himnos, música, literatura y arte.

La práctica de una presencia fiel en la alta cultura requiere “fe, esperanza y, sobre todo, amor” (1Co 13:13)

La práctica de una presencia fiel en la alta cultura requiere “fe, esperanza y, sobre todo, amor” (1Co 13:13), no instrumentalidad y negación. “La práctica de una presencia fiel . . . genera relaciones e instituciones que son fundamentalmente de pacto en su carácter, cuyos fines son el fomento de significado, propósito, verdad, belleza, pertenencia y equidad, no solo para los cristianos, sino para todos”.[14]

La falsa teología en la raíz de este nihilismo es casi maniquea en su visión de que el mundo es malo, y que los cristianos deben denunciarlo. En cambio, Davison Hunter muestra de manera convincente que la caridad comienza por casa, y el texto clave es la carta de Pablo a los efesios, a quienes exhorta a que “lleven una vida de amor, así como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como ofrenda y sacrificio fragante para Dios” (Ef 5:2), y no solo amor por otros cristianos, sino por todas las criaturas.

Sin embargo, la comunidad cristiana, tal como está constituida actualmente en Estados Unidos, “no está… remotamente cerca de una posición en la que pudiera cambiar el mundo de alguna manera significativa”[15], dice Hunter, en un arrebato de desestimación impaciente.

Aquí llegamos al meollo del libro. En realidad, cambiar el mundo no es de lo que se trata el cristianismo, dice. “Si hay consecuencias benévolas de nuestro involucramiento con el mundo, en otras palabras, es precisamente porque no está arraigado en nuestro deseo de cambiar el mundo para mejor, sino más bien porque es una expresión de un deseo de honrar al creador de toda bondad, belleza y verdad, una manifestación de nuestra obediencia amorosa a Dios, y un cumplimiento del mandamiento de Dios de amar a nuestro prójimo”.[16] El cambio es solo el efecto neto de ocuparnos de algo más que el bien creado.

A quienes el Espíritu ilumina

Mi principal objeción del libro aparece precisamente en este punto: si el Espíritu Santo realmente está alrededor nuestro —y lo está— apuntemos a él. Lo que se requiere es subversión, y eso no es negación, dice Hunter.

Pero, sin ilustraciones de ningún tipo, el desenlace de este maravilloso libro se inclina peligrosa e innecesariamente hacia el utopismo. Debe haber alguien allá afuera a quien el Espíritu Santo ilumine. Por supuesto, abundan los ejemplos, pero no se mencionan en este libro:

  • el magnate indio que vio cómo surgía una villa de emergencia en un terreno baldío bajo los pilones de su edificio de apartamentos de lujo y renunció a todo para ir a trabajar allí;
  • el hijo de un jefe tribal en el norte de Nigeria que arriesga su vida diariamente tomando imágenes de la carnicería de Boko Haram para mostrarla al mundo a través de CNN;
  • el acaudalado cirujano canadiense copto que, luego de la revolución de Morsi, volvió a Egipto para ayudar a desarrollar una unidad de cirugía en una aldea pobre en Alto Egipto;
  • el periodista estadounidense que se casó con una magnate inmobiliaria y usa el dinero de él para financiar exposiciones de élite en galerías de arte de Londres que exhiben las glorias de nuestra herencia cristiana para los consumidores seculares.

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Mensaje de amor

Esta es, entonces, un serie profunda aunque inconclusa de meditaciones que buscan enviar a los cristianos de vuelta al mundo con un mensaje de amor por él.[17] Si se saborea, podría nutrir tanto al individuo como a la comunidad, y hacer algo por moderar el calor y la furia que nos dieron la política de “hagamos a Estados Unidos grande nuevamente” de Donald Trump.

Una presencia fiel requiere que todas las esferas sean habitadas para Cristo.

Esta no es lo que un lector llamó una “misión de arriba hacia abajo”, que propicia meramente la penetración de esferas de élite. Las diez ilustraciones que usa Hunter en “Groundwork for an Alternative Way” (Trabajo preliminar para un camino alternativo) son, en su mayor parte, de abajo hacia arriba. Sin embargo, una presencia fiel requiere que todas las esferas sean habitadas para Cristo. Eso requiere una mayor confianza que la manifestada actualmente en las psicologías de rechazo/exclusión/ira que dan, con justicia, al evangelicalismo moderno tan mala fama.

La grandeza podrá venir, pero solo como un subproducto de “la ofrenda de shalom a través del sacrifico”[18] al mundo como un todo. Los estadounidenses, y el resto de nosotros, haremos bien en considerar el sufrimiento de nuestros hermanos y hermanas coptos en Egipto para tener un modelo del aspecto que esto podría tener.

Notas

  1. James Davison Hunter, To Change the World: The Irony, Tragedy, & Possibility of Christianity in the Late Modern World, 1st ed. (Oxford: Oxford University, 2010), 215.
  2. Ibid., 275.
  3. Ibid., 252.
  4. Ibid., 275.
  5. Ibid., 13.
  6. Ibid., 205.
  7. Ibid., 81ff.
  8. Ibid., 80.
  9. Ibid., 5.
  10. Ibid., 214.
  11. Ibid., 264.
  12. Ibid., 84.
  13. Ibid., 84.
  14. Ibid., 263.
  15. Ibid., 274.
  16. Ibid., 235.
  17. Nota del editor: Ver el “Preámbulo” de El Compromiso de Ciudad del Cabo: ‘Esta Declaración está enmarcada en el idioma del amor. El amor es el idioma del pacto. Los pactos bíblicos, antiguos y nuevos, son la expresión del amor y la gracia redentores de Dios que se proyectan para alcanzar a nuestra humanidad perdida y a la creación estropeada. A cambio, reclaman nuestro amor. . . . Así que renovamos ese pacto afirmando nuevamente: Nuestro amor por todo el evangelio. . . . Nuestro amor por toda la iglesia. . . . Nuestro amor por todo el mundo, tan lejos de Dios pero tan cerca de su corazón; el mundo que Dios amó tanto que entregó a su único Hijo para su salvación” https://www.lausanne.org/es/contenido/compromiso-de-ciudad-del-cabo/compromiso#preamble.
  18. Hunter, To Change the World, 262
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Jenny Taylor es una escritora, periodista y consultora que ha trabajado en varios medios, entre ellos Independent, Times, Spectator y BBC. Trabajó y viajó con misiones durante diez años antes de crear Lapido Media, Centre for Religious Literacy in Journalism. Recibió su doctorado sobre El islam y la secularización en Gran Bretaña de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos, en Londres, 2001. Sus escritos incluyen —con el obispo Lesslie Newbigin y el profesor Lamin Sanneh—Faith and Power: Christianity and Islam in Secular Britain, publicado dos veces (por SPCK y Wipf and Stock), y A Wild Constraint: the Case for Chastity, disponible en Bloomsbury.