El Desafío de la Mayordomía Ambiental

Nota del editor: El presente Texto Previo para Ciudad del Cabo 2010 fue escrito por Las Newman y Ken Gnanakan, como una reseña del tema a debatirse en la sesión Multiplex sobre “La crisis ambiental, el evangelio y el testimonio cristiano”. Los comentarios a este texto realizados a través de la Conversación Global de Lausana serán remitidos a los autores y a otras personas para ayudar a dar forma a su presentación final en el Congreso”.

 La crisis ambiental global es una sombría realidad que nos impulsa a actuar. Estamos amenazados por el cambio climático, por el agotamiento de los recursos terrestres y marinos, por reservas de agua dulce cada vez menores, por una situación energética crítica, por la extinción de la biodiversidad y por ecosistemas devastados. Con una población creciente que consume en exceso recursos naturales y hace uso excesivo de los combustibles fósiles, nuestros insostenibles patrones de consumo elevan la amenaza a niveles aún más alarmantes. La creciente pobreza ha producido una manifiesta desigualdad en el mundo, sometiendo a la humanidad a un riesgo que podría ser fatal.

Más recientemente, el cambio climático ha planteado una advertencia al bienestar de los humanos y del medio ambiente no humano a través de impactos sobre la vida humana, la biodiversidad y el funcionamiento del ecosistema. Es interesante que recientes llamados a reconocer al cambio climático como un serio peligro hayan encontrado diversas respuestas. Por un lado, hemos tenido escépticos que han descartado el tema como no importante y, por otro, hemos tenido profetas de desastres que han exagerado las afirmaciones en beneficio propio.

Si bien la amenaza es global, lamentablemente los impactos de la crisis ya están siendo sentidos por algunas de las comunidades más pobres del mundo. Y estos impactos –inundaciones, sequías, cosechas perdidas, enfermedades y aumento del nivel del mar– están aumentando a una velocidad alarmante. Un dato importante es que estos impactos se sentirán más fuertemente en más de cuarenta Pequeños Estados Insulares en Desarrollo (PEID) en los océanos Atlántico, Índico y Pacífico; en el grupo de 50 Países Menos Adelantados (PMA) reconocidos por la ONU, principalmente en África, pero también en Asia; y en varios otros países africanos altamente vulnerables. En contraste con el resto del mundo, estos cien países en condiciones desventajosas tienen una población combinada de casi mil millones de personas, pero producen sólo 3,2% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. (1)

Todos, ricos y pobres, debemos actuar juntos para lograr cambios. Hay costos a pagar. Pero surge la pregunta: ¿Qué pasa con los países más pobres? ¿Acaso esperan los megacontaminadores como Europa y Estados Unidos que países más pequeños, como Bangladesh, Guatemala o Zaire compartan estos costos por partes iguales? La pregunta ha surgido en muchos debates, y el papel de las Naciones Unidas ha sido clave para poner el cambio climático en la agenda de todos los países.

Cuando la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el cambio Climático fue redactada y luego firmada y ratificada en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro (1992) por la mayoría de los países del mundo (incluidos los Estados Unidos), se reconoció el principio de “responsabilidades comunes pero diferenciadas”. El Protocolo de Kyoto (diciembre de 1997) pidió equidad para con los países en desarrollo. Se sostenía que estos países no habían sido responsables de esta contaminación durante los últimos 150 años poco más o menos, así que sería injusto pedirles que hicieran la misma proporción de reducciones por los errores de los países actualmente industrializados.

Se esperaba mucho de la Cumbre de Copenhague, proclamada como la reunión más grande de la ONU. Al evento, realizado en diciembre de 2009, asistieron 119 jefes de estado y era una plataforma ideal para abordar en forma positiva las más importantes preocupaciones. En la antesala de Copenhague se dijo repetidamente que era “la última oportunidad para salvar el clima”. Pero la Cumbre finalizó con una triste desilusión para muchos.

En vista de los desafíos, tanto de la crisis ambiental como de la imposibilidad de los líderes globales de llegar a ningún acuerdo claro, el papel de la comunidad cristiana se vuelve aún más urgente. Somos creyentes en un Dios “Creador” y “Redentor”, así que tenemos una gran responsabilidad para actuar en nombre de Dios en nuestro mundo hoy. Jesús, nuestro Redentor, “[…] es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles, […] todo fue creado por medio de él y para él. […] y todas las cosas en él subsisten” (Col. 1:15-17). Por lo tanto, si Dios es Creador, y Jesús juega un papel tan crucial en la creación, nosotros, como su comunidad en el mundo hoy, nos vemos obligados a actuar urgentemente en nombre de É´l.

Entonces formulamos la pregunta crucial: ¿qué haremos?

  1. Debemos comprometernos todos a volver a leer la Biblia desde una perspectiva ambiental. Veremos cómo los profetas del Antiguo Testamento hablaron de la necesidad de renovar la tierra y cómo debía hacerse. Leeremos cómo encararon Jesús y los apóstoles los temas ambientales en el Nuevo Testamento. Dejemos que la Biblia nos hable.
  2. Debemos convertirnos en Mayordomos del Medio Ambiente. Comenzando por nuestras familias, debemos tomar cualquier acción que sea necesaria en nuestras comunidades. Podemos unirnos a otros grupos ambientales y luchar por los cambios. Proteja al medio ambiente y el medio ambiento lo protegerá a usted.
  3. Debemos hacer de nuestra iglesia, instituto bíblico, seminario, universidad o cualquier otra institución un vehículo para la enseñanza correcta acerca del medio ambiente y cómo encarar la crisis ambiental. Pueden realizarse estudios especiales en todos los niveles.
  4. Debemos movilizar la conciencia, la educación y la acción comunitarias en nuestras comunidades inmediatas. Pueden realizarse campañas para impartir a las personas el conocimiento y las habilidades correctas.
  5. Debemos propiciar fuentes de energía alternativas, alentar patrones de consumo prudentes, asegurar políticas adecuadas de transporte público, de salud y una industria del turismo responsables, y tomar todas las demás medidas que hagan de nuestra aldea, pueblo o ciudad una “ecohabitación” ideal.
  6. Debemos establecer o apoyar toda clase de proyectos de alivio de pobreza para ayudar a reducir la brecha entre ricos y pobres.
  7. En la tarea de evangelización mundial, debemos dejar que el mensaje de Jesús acerca de cómo a Dios se interesa por su creación hable a todos acerca del amor de Dios por el mundo. Hagamos que Jesús brille en medio de la crisis ambiental que enfrentamos hoy.

 

© The Lausanne Movement 2010

  1. Citado en un artículo escrito para BBC News Viewpoint por Saleemul Huq, Miembro Principal del Grupo de Cambio Climático del Instituto Internacional de Medio Ambiente y Desarrollo (IIED), con base en Londres. http://news.bbc.co.uk/2/hi/science/nature/7307698.stm
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