Nota del editor: El presente Texto Previo para Ciudad del Cabo 2010 fue escrito por Daniel Bourdanné como una reseña del tema a debatirse en la sesión plenaria matutina sobre “La pobreza, la prosperidad y el evangelio”. Los comentarios a este texto realizados a través de la Conversación Global de Lausana serán remitidos al autor y a otras personas para ayudar a dar forma a su presentación final en el Congreso.

Al evangelio de la prosperidad y la sanidad milagrosa le va bien porque reluce. En todo el globo, desde EE.UU. hasta Asia, desde América Latina hasta África, las promesas de riqueza material y salud atraen a las personas. Ante la realidad de una existencia difícil, pobreza material o desesperanza, ¿quién puede permanecer indiferente a la atracción de la prosperidad, la sanidad y el bienestar personal a través de la fe? Y, por cierto, en algunos contextos, hay personas desconsoladas y sin esperanza que han visto sus vidas cambiadas, porque el “movimiento de la prosperidad” les ha dado razones prácticas para ver la vida de otra forma a través de la confianza en ellas mismas. Esto significa que este “evangelio” puede producir resultados positivos y no debe ser descartado ligeramente.

No obstante, el éxito popular de esta teología no debería llevarnos a olvidar que todo lo que reluce no es oro. Porque el fin no justifica los medios. Sea cual fuere el éxito aparente de esta teología, debemos examinarla a la luz de la Biblia. Debemos hacer esto igual que los cristianos de Berea, que “[…] examinaban las Escrituras para ver si era verdad lo que se les anunciaba” (Hechos 17:11, NVI).

Esta no es una tarea fácil, porque el movimiento de la prosperidad no tiene ninguna doctrina teológica precisa y sistemática, y no tiene ningún sistema estructurado y lógico sobre el cual uno pueda edificar una crítica cronológica. Se trata de una teología popular orientada hacia las multitudes, que se enseña a través de fogosos sermones. Aun los escritos de los que la enseñan tienen un carácter oral, emocional y atractivo para las multitudes. La Internet cumple también un papel importante en su popularización. No obstante, intentaré examinar algunos puntos teológicos importantes que surgen de los escritos y la predicación de algunos de los principales protagonistas del movimiento de la prosperidad.

La concepción de los seres humanos

Según la teología del movimiento de la prosperidad, los humanos tienen una naturaleza espiritual similar a la de Dios. Así que creen que los cristianos pueden ordenar que ocurran cosas, tal como hace Dios. Para ellos, “los humanos son seres espirituales que tienen un alma alojada en un cuerpo”. Con esto, quieren decir que “el verdadero yo interior” es divino. De modo que, según esta teología, la diferencia entre los humanos y Dios no es de clase sino de grado, y somos, de hecho “pequeños dioses”. Según Hagin: “[…] vivimos en un cuerpo, pero somos seres espirituales”. Idahosa, de Nigeria, entiende la imagen de Dios en los humanos como “la pequeña vida que forma parte de la Vida en sí: Dios”. El concepto de la imagen de Dios en los humanos se interpreta no de manera análoga, sino como directamente equivalente. La imagen de Dios en Adán es una parte de Dios mismo, la parte de la sustancia de Dios implantada en Adán en el momento de la creación. De aquí se deduce que, cuando Adán cayó, la parte sobrenatural de él murió. La solución de Dios para nosotros, como creyentes, es que este “espíritu muerto” se convierta nuevamente en un “espíritu vivo”. Si somos seres espirituales, según Hagin, nuestro espíritu es una de dos: “naturaleza de Dios o naturaleza de Satanás”. Hagin escribe: “Adán entregó a Satanás lo que Dios le había dado; como resultado, Satanás tiene dominio legal sobre los humanos y la creación. Ahora, desde la caída, la humanidad tiene la naturaleza de muerte de Satanás”. Es obvio que esta teología es una especie de panteísmo.

En su libro Connais ta position en Christ, (Conoce tu posición en Cristo), publicado en 1998, George Amoako, pastor de una iglesia de Abiyán, Costa de Marfil, escribe lo siguiente acerca del diálogo de Dios con Moisés en Éxodo 4: “La lección profética que Dios quiere transmitir a Moisés es que, después de la caída, la autoridad cambió de manos. La autoridad divina dada a la humanidad en la creación salió de las manos de ellos y llegó a las manos del diablo (la serpiente) pero, en Jesús, esta autoridad ha sido restaurada a su dueño legítimo”.

Entonces, ¿qué es la salvación? Según Hagin, Dios necesitaba hacer un trato con Satanás para recuperar al mundo para sí. Tenía que pagar el rescate a través de Cristo. Este es el medio a través del cual el cristiano puede asumir nuevamente la naturaleza de Dios. Así que la conversión restaura la naturaleza divina que los humanos perdieron. Mediante la santificación, desarrollamos la conciencia de ser hijos de Dios, y conocemos nuestra posición y nuestros derechos en Cristo. Amoako escribe: “Este libro ha sido escrito para traer conocimiento de revelación y conocimiento profético a los hijos de Dios para que puedan ser conscientes de su verdadera posición y sus derechos en Cristo”.

Según Hagin, “dado que recibir vida eterna significa tener la naturaleza de Dios en nosotros”, entonces “la muerte espiritual significa tener la naturaleza de Satanás”.

¿Es bíblico este enfoque?

Según la Biblia, los humanos no son un espíritu divino que vive en un cuerpo físico. En ninguna parte de la Biblia se describe al ser humano en estos términos. En la Biblia, el ser humano es una entidad inseparable de cuerpo-alma-espíritu (1 Ts. 5:23). No hay ninguna contradicción entre cuerpo y espíritu. El cuerpo hecho del polvo no es el ser humano, y tampoco lo es el espíritu soplado en ese cuerpo. Es una combinación de estas cosas lo que hace de un humano “un ser viviente” (Gn. 2:7). Los humanos son polvo y aliento, cuerpo y espíritu.

La idea que los humanos se convirtieron en criaturas de Satanás luego de la caída tampoco se encuentra en ningún lugar de la Biblia. Los escritores bíblicos nunca atribuyen a Satanás poder creador alguno. Únicamente Dios es Creador, y Satanás no tiene ningún poder para crear.

¿Fue destruida la imagen de Dios en los humanos luego de la caída? ¡No! Fue distorsionada. Distorsión no es destrucción. Algo distorsionado no es la nada. Una cosa distorsionada se asemeja más a una flecha combada que yerra el blanco. Y eso es precisamente lo que significa el pecado: errar el blanco. Aun luego de la caída, los humanos siguen siendo seres morales, a diferencia de los animales y los demonios. Los humanos caídos no son demonios, aun cuando puedan ser habitados por demonios. Siguen teniendo la imagen de Dios dentro de ellos. Siguen siendo imágenes de Dios, aun cuando sean imágenes imperfectas y distorsionadas en comparación con lo que deberían ser. Creados por Dios para amar sin egoísmo, los humanos siguen siendo seres que aman; pero la separación de Dios por el pecado los lleva a amar por egoísmo. Creados para glorificar a Dios a través de su vida, su capacidad para glorificar se canaliza por otros medios: se glorifican ellos mismos. Yerran el blanco.

Hagin y otros desarrollan un concepto de los humanos que los convierte en pequeños dioses, lo cual plantea importantes preguntas teológicas, filosóficas y éticas. Si la humanidad era divina antes de la creación, ¿cómo pudo haber ocurrido la caída? “Tal vez debido al cuerpo”, podrían contestar algunos. Pero el cuerpo no es la única parte que murió luego de la caída. Los teóricos del movimiento de la prosperidad hablan de “la muerte del espíritu”. Pero, ¿cómo puede morir un espíritu divino? Según la Biblia, la muerte espiritual es una alienación de los humanos creados a la imagen de Dios, aunque tener Su imagen no significa que los humanos sean deificados. Los humanos están creados a la imagen de Dios, lo cual significa que su personalidad refleja la personalidad de Dios análogamente, y no de una forma directamente equivalente. Ontológicamente hablando, los seres humanos y Dios no tienen la misma naturaleza. Los humanos no tienen los mismos atributos que tiene Dios. Mientras que Dios puede crear a partir de la nada, los humanos no pueden hacerlo. Dios es infinito; los humanos son seres finitos. Fue porque los humanos ya estaban influidos por sus emociones antes de la caída, que cedieron a sus emociones y cayeron.

Los humanos no son ni Dios ni Satanás. Son humanos, ya sea con una “nueva naturaleza” o con la “vieja naturaleza”. Aun la salvación en Jesucristo no los deifica. Siguen siendo criaturas salvadas. Criaturas especiales, por cierto, pero no criaturas deificadas.

¿Es Jesús un sacrificio “justo” (recto) ofrecido por Dios a Satanás, como dice esta gente? Según Hagin, Jesús tuvo que morir “espiritualmente” y físicamente para salvar a los humanos de su “naturaleza satánica” luego de la caída. La “creación satánica de Jesús” debió pasar por el tormento del infierno a fin de pagar un rescate justo a Satanás. Fue en el infierno que “Jesús nació de nuevo”. Porque Él nació de nuevo en el infierno, triunfó sobre Satanás. Cristo se identificó con nosotros “legalmente”, porque Su sufrimiento en el infierno produjo la justicia de Dios para Satanás. De igual forma, todos los creyentes deben identificarse “vitalmente” con Cristo asumiendo la redención a través de la fe.

Esta teología no bíblica introduce la necesidad de una doble muerte de Cristo. Su conclusión lógica es que la muerte física de Cristo no es suficiente para la salvación. Según ellos, Jesús sufrió una muerte doble en la cruz, tanto física como espiritual. Esta teología justifica estas doctrinas basándose en una interpretación del pasaje de Isaías 53:8-10. Luego de Su muerte física en la cruz, el diablo lo llevó al infierno. Y allí sufrió la muerte espiritual.

En ninguna parte la Biblia apoya o sugiere la idea de un nuevo nacimiento de Jesús en el infierno. Jesús no murió espiritualmente en el infierno. Tampoco tiene Él una naturaleza satánica, como afirma la doctrina de ellos. Muy al contrario, Jesús sufrió en Su carne (1 Pedro 4:1). Fue en Su cuerpo que llevó nuestros pecados en la cruz (1 Pedro 2:24). El concepto de la sangre puede encontrarse a lo largo de la Biblia. Hay muchos elementos que se refieren al sacrificio físico que están bien establecidos en la Biblia: la sangre en los dinteles, la sangre del cordero, la sangre de la purificación, etc. La Epístola a los Hebreos afirma claramente: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (He. 2:14-15).

De modo que fue en la cruz que Jesús derrotó al diablo, no cuando descendió al infierno. Es Su sangre preciosa la que nos salva. La muerte física de Jesús es completamente suficiente para salvar a la humanidad. En ninguna parte dice la Biblia que Cristo fuera sacrificado para pagar una deuda justa de ningún tipo al diablo. ¡La muerte de Jesús no es el precio a pagar a Satanás! En la Biblia, la muerte de Jesús es un sacrificio a Dios. No es un sacrificio en un sentido legal, es decir un resarcimiento o un rescate. En la Biblia, es un sacrificio de amor a un Dios justo y santo para “satisfacer Su justicia y santidad”. Pablo escribe a los efesios: “Andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Ef. 5:2). Cristo se entregó a sí mismo como un rescate a Dios, no a Satanás (1 Tim. 2:5-6). Dios sería injusto si pagara a Satanás algo que él supuestamente mereciera. Esto es porque, si bien Satanás domina, su autoridad es usurpada. Lo usurpado es ilegal. Por lo tanto, sería injusto pagar un rescate para recuperar una autoridad ilegal. En el contexto de Su poder superior, el Dios Todopoderoso nunca podría pagar un rescate, porque un rescate se paga para recuperar territorio conquistado cuando el pagador está en una posición de debilidad o, en el mejor de los casos, cuando las fuerzas son equivalentes. Por lo tanto, pagar un rescate a Satanás habría significado reconocer la debilidad de Dios o que Dios y Satanás eran igualmente poderosos. Dios no le debe absolutamente nada a Satanás. No hay ningún acuerdo entre Dios y Satanás con respecto a la salvación de los seres humanos. La iniciativa para salvar a la humanidad es divina y no satánica. La salvación se llevó a cabo por la sustitución. Esta idea se encuentra en toda la Biblia. En el Antiguo Testamento, se usa un animal para la sustitución. El animal debe ser sin defecto (Lv. 4:3, 23). Juan llama a Jesús “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Mediante Su vida sin pecado, Jesús es como el cordero ofrecido a Dios como una ofrenda fragante. Y este sacrificio apacigua la ira de Dios.

La confesión positiva y la fe

¿Es la fe una fórmula que opera automáticamente cuando la usamos? Hagin dice que sí. Según él y sus seguidores, “la ley de la fe” es un principio universal que se aplica a todos, creyentes y no creyentes por igual. Es una ley impersonal, como la ley de la gravedad y otras leyes naturales. Hagin escribe: “Entonces el Señor Jesús mismo se me apareció [y dijo] … si cualquier persona, en cualquier lugar, toma estos cuatro pasos o pone estos cuatro principios en operación, siempre recibirá lo que quiera de Mí o de Dios el Padre”. No importa cuál sea su relación con Cristo, aplique la ley de la fe y obtendrá los resultados. ¡Es una fórmula en la que ‘todos pueden poner todo lo que quieran: un nuevo trabajo, una casa, un automóvil; todo lo que usted quiera’”!

Según los que promueven el movimiento de la prosperidad, la fe es esencial para Dios y para Su acción. Dios es presentado como un ser de fe. “La palabra que produce la creación y la sostiene es un acto de fe”. Cuando las personas descubren las leyes espirituales establecidas por Dios que hacen que el universo funcione, pueden hacerlas funcionar para sus propios propósitos.

¿Dónde colocamos la soberanía y la voluntad de Dios en este enfoque? Dios no es una fuerza espiritual infinita ni una fuerza cósmica infinita que gobierna el mundo. Dios es un Dios personal que gobierna mediante Su presencia, Su poder y Su voluntad. Dios no necesita estar sujeto a los principios de las leyes. No es impersonal. No es un Dios predeterminado, ni siquiera por Su propia naturaleza.

La actitud de los humanos que consiste en exigir sus derechos, dar órdenes a Dios, tratar de domesticarlo mediante supuestas fórmulas y técnicas espirituales es, en mi opinión, contraria al pensamiento de la Biblia.

Las afirmaciones del movimiento de la prosperidad caen sutilmente en la trampa del deísmo. En la Biblia, la fe, antes que una acción, es sobre todo una relación de confianza en un Dios soberano y personal. Este Dios está presente y actúa, lo cual implica que un ser creado no puede manipularlo.

Es fácil ver que el principio de Hagin y sus seguidores se acerca a los ritos tradicionales africanos, que insisten en la fórmula o el gesto correctos. Cualquier persona que trabaja con iglesias africanas donde se predica el evangelio de la prosperidad notará la importancia de los rituales en las oraciones. Se entrega un pañuelo para transmitir la autoridad apostólica; y se usan velas, sal y otros objetos. Ciertas oraciones tienen ritos especiales asociados; por ejemplo, colocar una mano sobre la parte del cuerpo que duele, cumplir con ciertas prohibiciones, ayunar, etc. Los líderes de este movimiento prescriben cosas similares a los ritos animistas. Por ejemplo, a las personas que piden bendiciones para el Año Nuevo se les dice: “Ahora coloque sus manos sobre esta página y sobre su cuello y cante este himno que dice: ‘Jesús ha conquistado el mundo y nos ha dado la victoria, victoria, victoria, aleluya’. Cuando haya terminado de cantar el himno, grite siete veces ‘Amén’ a la gloria de Dios que a usted lo ha levantado. Mire su mano derecha. Póngala detrás de usted. Al hacerlo, repita conmigo: ‘Espíritu Santo, he recibido mi milagro’. Ahora vuelva a poner su mano delante de usted, como si estuviera listo para correr hacia adelante… Yo ordeno sobre usted las bendiciones de Dios en 1992 y después, en el nombre de Jesús. Son suyas” (The Christian Mirror, p. 53).

Durante una reunión de oración en una iglesia, el “apóstol” usó un pañuelo blanco para transmitir su autoridad a una mujer que salía a una misión. El mismo día, a las personas que traían sus diezmos se les pidió que se arrodillaran frente al púlpito. Los líderes les hicieron alzar sus sobres al cielo para que el profeta pudiera orar para que el diezmo volviera multiplicado cien veces.

La Biblia no alienta esta clase de uso de ritos. Es fácil caer en la idolatría cuando este tipo de prácticas se vuelven la norma.

El verdadero problema es el concepto mismo de la fe. Para el movimiento de la prosperidad, la fe es optimismo e idealismo. Tener fe se reduce al pensamiento positivo. Y el pensamiento positivo es, antes que nada, creer en uno mismo. Es impregnar el subconsciente de deseo al punto que se convierte en energía espiritual. En su libro The Power of Positive Thinking [El poder del pensamiento positivo] (World’s Work, 1953), Norman Vincent Peale dice: “Comience a leer el Nuevo Testamento… Escoja una docena de las afirmaciones más poderosas acerca de la fe… Luego memorícelas. Deje que estos conceptos de fe se metan en su mente consciente… Repítalas continuamente… Se introducirán… en su subconsciente… Este proceso lo transformará en un creyente”. Según Peale, la fe es una especie de “técnica de poder espiritual” que consiste en “fe, creencia, pensamiento positivo, fe en Dios, fe en otros, fe en la vida”. Así que mete en una misma bolsa la fe en Dios y la autoconfianza, sin hacer distinción alguna entre ellas. Uno tiene que creer en uno mismo para tener éxito en la vida. El problema con esta clase de fe es que está muy lejos de la fe bíblica. La fe bíblica no es un optimismo autoengañoso, ni tampoco credulidad o resignación. La fe bíblica implica un objeto, fe en alguien, y ese alguien es Dios. La fe bíblica es confianza en Dios y dependencia de Dios. Está basada en los atributos de Dios, particularmente en Su fidelidad. Dios es un ser personal. Esto significa que, además de ser, tiene intención y voluntad. Él quiere relacionarse con Sus criaturas. Actúa de acuerdo con este principio de relación, y no de acuerdo con el principio de una fuerza universal que debe ser puesta en acción. Dios no es nuestro esclavo sino nuestro Soberano, nuestro Señor. Él no tiene que obedecernos, aun cuando tengamos todas las fórmulas correctas. Los seres humanos son quienes deben estar sujetos a Dios, y no al revés. Dios concede lo que Él quiere a quien Él quiere cuando Él quiere. Nadie puede imponerle absolutamente nada. Así que la confesión positiva puede ser vista como humanos que manipulan a otros humanos y a Dios. Nosotros no podemos manipular a Dios. “Nuestro Dios está en los cielos y puede hacer lo que le parezca” (Sal. 115:3, NVI). “[Dios] hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Ef. 1:11). Dios no dejará que lo manipulen, ni siquiera por la fórmula “en el nombre de Jesús”. ¿No existe un elemento de tomar el nombre de Dios en vano en esta doctrina? ¿Acaso no existe el tercer mandamiento (Éx. 20:7, Lv. 19:12, Dt. 5:11) para evitar esta clase de abuso del nombre de Dios? La práctica de proclamar el nombre de Jesús es como la magia y la adivinación que controlan a las personas y las cosas por sus nombres. El nombre de Jesús no es una fórmula mágica. Sólo tiene sentido usarlo en una relación en la cual vivimos con Él y dependemos de Él. Fue a Sus discípulos que Jesús dijo: “Todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré” (Juan 14:13). Jesús hace esta promesa en el contexto de una relación con Sus discípulos. De la misma forma, es por Su relación con Su Padre que Jesús puede afirmar que el Padre siempre le responde. Debemos notar también que, a pesar de Su relación especial con el Padre, Jesús nunca es presuntuoso en Sus oraciones. Dice: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. El pensamiento positivo desconoce por completo este principio de humildad que encontramos en la Biblia. El pensamiento positivo desarrolla el orgullo espiritual en el corazón de sus adeptos, y a menudo una arrogancia que va en contra de los principios de vida de un siervo de Dios. Debemos recordar que Dios promete suplir nuestras necesidades, y no cumplir todos nuestros deseos. Las necesidades son aquellas cosas importantes y esenciales para nuestra vida y ministerio. Los deseos frecuentemente son más como los bordados en la ropa, que no siempre son útiles. A menudo confundimos necesidades con deseos. En ciertos casos, nuestros deseos están muy lejos de nuestras verdaderas necesidades. Dios puede rehusarse a darnos lo que deseamos, haciéndolo para nuestra propia seguridad o para enseñarnos algo. Si deseo que un avión Concorde aterrice en un pueblo, aun cuando yo desarrolle el pensamiento positivo, es posible que Dios no me lo conceda.

Tampoco Dios responde a pedidos que son contrarios a Su Palabra. Así que tenemos que considerar cuidadosamente cada uno de nuestros pedidos antes de presentarlos a Dios. A veces cometemos errores, y este análisis minucioso nos mostrará nuestros errores. En oración, esa relación entre Dios y nosotros, podríamos llegar a una conclusión acerca de algo a través del pensamiento positivo que podría ser peligroso si Dios lo rechazara, porque podríamos deprimirnos y tener serias dudas acerca de nuestra relación con Él. La mayoría de las personas que han creído en estas doctrinas han pasado por esta dolorosa experiencia. Varias se han deprimido. Algunas se han vuelto psicóticas. Otras han cuestionado su fe y han comenzado a buscar –y a veces hasta inventar– un pecado en su vida para explicar esta oración no contestada.

¿Y qué del concepto bíblico de la gracia? La teología del pensamiento positivo parece sugerir que todo debe provenir de nosotros por fe. Cuando se lo lleva a sus extremos, esto sugiere que, por fe, las personas pueden controlar leyes espirituales universales y el mundo que nos rodea. Así que cualquiera, aun un no creyente, podría simplemente aplicar estas “leyes espirituales” para obtener todo lo que quiera. Me parece que esta idea elimina la gracia. La gracia está en el corazón del pacto de Dios con los humanos. Sin gracia, no hay salvación. Todo lo que recibimos de Dios, aun nuestra fe, viene de la gracia de Dios y es la expresión de esta gracia. La condición necesaria para que Dios actúe en nuestra vida no es la fe, sino la gracia. Fue mientras aún éramos pecadores que Cristo obró en nuestros corazones mediante Su Espíritu Santo. Fue el Espíritu Santo quien nos tocó y produjo fe en Jesucristo dentro de nosotros. Así que la fe viene de la gracia de Dios. La fe es el medio a través del cual el creyente responde a Dios en obediencia. Y los cristianos que reconocen la importancia y el alcance de la gracia viven en una relación de completa dependencia de la voluntad de Dios. No sobreestiman su propio poder. Reconocen que todo lo que piden a Dios sólo será recibido a través de la misericordia y la gracia de Él. Por lo tanto, otro peligro de la doctrina de la confesión positiva es que no reconoce la gracia. Presenta a los humanos como seres que tienen todo el poder para hacer las cosas. Al dejar de lado la importancia de la gracia en la vida cristiana, el pensamiento positivo introduce la idea de una deificación de la humanidad, lo que es contrario a la enseñanza bíblica.

Los humanos siguen siendo seres creados por Dios, y son incapaces de crear a partir de la nada. McConnell tiene razón cuando denuncia que el movimiento de la prosperidad exalta a los seres creados en vez de exaltar a Dios el creador. El concepto de “fe creadora” denigra a la Trinidad. ¿En qué sentido? Sabemos que sólo Dios es creador. Y esta prerrogativa está confirmada en la Trinidad: el papel exclusivo de Dios el Padre como la fuente de la creación (Gn. 1:1; Neh. 9:5, 6; Sal. 90:2; Is. 44.24; Jer. 32:17); el papel exclusivo del Hijo como el agente de la creación (Jn. 1:3; Col. 1:16; Heb. 1:2); y el papel exclusivo del Espíritu Santo en llevar a cabo la creación (Gn. 1:2; Job 26:13; 33:4; Sal. 104:30; Is. 40:12).

Los humanos producen, inventan y hacen cosas usando lo que Dios ya ha creado. La creación ex nihilo es la prerrogativa exclusiva de Dios. Decir que los humanos pueden crear usado la “fe creadora” denigra a la Trinidad.

La doctrina de la sanidad divina

La Biblia tiene muchos ejemplos de sanidades. Algunas fueron realizadas por Jesús, otras por discípulos durante el período apostólico. Dios aún sana a personas hoy. Así que la sanidad divina es una realidad moderna. Dios continúa manifestando Su gracia y Su poder a hombres y mujeres otorgándoles sanidades espectaculares y menos espectaculares aquí y allá.

Pero, ¿podemos seguir la teología de la prosperidad cuando enseña que todos pueden ser sanados si usan su fe? Este movimiento afirma que Jesús, a través de Sus heridas, tomó todas nuestras enfermedades sobre Sí (Is. 53). Algunos adeptos rechazan todas las prácticas médicas. La medicina es considerada satánica. La enfermedad proviene del diablo, así que es espiritual y no física. Usar la medicina es seguir al diablo.

Pensar que Dios debe sanar todas las enfermedades es simplemente negar la realidad. Aun cuando el salmista dice que Dios es “el que sana todas tus dolencias” (Sal. 103:3), no dice que Dios deba sanar todas nuestras dolencias. Y, de hecho, al inicio del mismo versículo dice: “Él es quien perdona todas tus iniquidades”. Aquí el salmista está alentando a todo su ser a alabar al Señor por toda Su bondad, y hace una lista de todo lo que Dios ha hecho en su vida. En el mundo real es imposible no ver a cristianos fervientes, llenos de fe y que llevan los frutos del Espíritu en sus vidas, que están sufriendo mucho en su salud. Mueren, dejan atrás familias, ministerios, hermanos y hermanas en la fe. Esta enseñanza también niega el contenido de la Biblia. Esta da muchos ejemplos de personas fieles que se enferman y nunca son curadas. Pablo mismo tenía un “aguijón en su carne”. Oró pidiendo sanidad, pero Dios le dijo: “Bástate mi gracia” (2 Co. 12:7-9). Timoteo tenía frecuentes problemas de salud, para lo cual el consejo de Pablo fue que tomara un poco de vino (1 Ti. 5:23). Pablo dejó a Trófimo enfermo en Mileto (2 Ti. 4:20). Epafrodito tuvo una enfermedad que casi lo mató (Fil. 2:27). Los tres eran hombres de fe. Pablo no tenía ninguna duda acerca de la fe de ellos. Los recomendó vigorosamente a los líderes de la iglesia. No obstante, la enfermedad golpeó y arruinó sus vidas. A veces los creyentes tenían que convivir con sus enfermedades, como ocurrió con Timoteo. Sin lugar a dudas Pablo oró por ellos, pero no fueron sanados. El apóstol recetó medicina a Timoteo: vino, que es reconocido como bueno para la digestión. Pablo no usó su don de sanidad divina aquí, sino que aconsejó usar medicina. Sería sorprendente pensar que el problema de Timoteo hubiera sido causado por algún pecado en su vida. Pablo no lo habría elegido para liderar a la iglesia si ese hubiese sido el motivo. Era joven pero, a pesar de su juventud, Pablo le asignó responsabilidades, sin duda debido a las innegables cualidades de su vida espiritual.

La enfermedad es una de las marcas que los cristianos seguirán llevando en su cuerpo. Al negar la enfermedad, el movimiento de la prosperidad rechaza la importante dimensión escatológica de la sanidad. Isaías 53:4-5 dice claramente que “por sus heridas alcanzamos la salud” (DHH). Sin embargo, no debemos olvidar que nuestra salvación en Jesucristo es “ya, pero no aún”. Somos salvados y nuestra vida está escondida con Cristo en Dios, pero aún vivimos en un mundo caído y aún llevamos en nosotros las consecuencias de la caída. Nuestro cuerpo no está glorificado todavía. Estamos salvados para vivir una vida sin pecado, pero aún a diario pecamos, confesamos nuestros pecados y recibimos perdón.

Según cómo lo veamos, todos podemos decir que sufrimos enfermedades. El cansancio es una forma de enfermedad que se trata con el sueño. La fatiga puede llevar a la muerte. Y sabemos que aun los maestros del movimiento de la prosperidad quedan agotados luego de un día intenso de “guerra espiritual”. ¿Se debe a que han pecado? La otra enfermedad común a todos es el envejecimiento. Todos los seres humanos sufren el proceso del envejecimiento. Nuestras células se desgastan, se encogen, pierden su energía y mueren. Los cristianos son afectados por el proceso del envejecimiento como los demás. Sin embargo, el Nuevo Testamento proclama que hemos muerto en Cristo y estamos resucitados con Él. Por lo tanto, ¿cómo es que seguimos viviendo con fatiga y envejecimiento, los cual demuestra que nuestros cuerpos son corruptibles?

Somos sanados, pero no todavía. Toda la creación vive esta realidad paradójica de “ya, pero no aún”. “La creación aguarda con ansiedad la revelación de los hijos de Dios […]. Y no sólo ella, sino también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, mientras aguardamos nuestra adopción como hijos, es decir, la redención de nuestro cuerpo” (Romanos 8:19-24, NVI).

Somos salvados en esperanza y estamos aguardando la manifestación gloriosa de nuestra salvación cuando el autor de nuestra sanidad vuelva. Las sanidades realizadas por Jesús y Sus discípulos, y las que ocurren hoy, son las primicias de la sanidad universal que ocurrirá en todos los creyentes en Jesús en los últimos días. Realmente vivimos en el reino de Dios, pero el reino está “ya aquí, pero no aún”.

La doctrina del conocimiento de revelación

La doctrina del conocimiento de revelación tiene diferencias dentro del movimiento. Algunos maestros condenan los excesos y los extremos que quieren poner a la “revelación” por encima de la Biblia. En principio, los exponentes del movimiento de la prosperidad enseñan que el conocimiento por revelación es dado como un fruto del estudio personal de la Biblia (Hagin y Copeland). Reconocen que la Biblia es la fuente de la revelación, pero en la realidad los hechos son bastante diferentes. La revelación directa y privada, recibida personalmente, se coloca en el mismo nivel que la Biblia.

¿Puede la revelación privada, aun cuando provenga del Espíritu Santo, estar en el mismo nivel que la Biblia? Los maestros de la prosperidad diferencian el “conocimiento de revelación” del “conocimiento de los sentidos” (Kenyon). El “conocimiento de los sentidos” es inferior, dicen. Es limitado. No permite conocer a Dios. Así que necesitamos ir más allá y esforzarnos por alcanzar el “conocimiento de revelación”, el único capaz de “satisfacer el hambre de Dios que tiene el hombre”. Sólo él nos permite alcanzar la “realidad” espiritual. Este “conocimiento de revelación” es sobrenatural. Permite a las personas elevarse por encima de los límites de sus sentidos. Cuando nos elevamos por encima de nuestros sentidos logramos nuestra unión con lo ilimitado. Los humanos deben dominar completamente su entorno físico. Así que los creyentes deben aprender a negar sus sentidos físicos y elevarse por encima de ellos a fin de caminar en revelación continua. Es esta trascendencia la que permite a las personas alcanzar el conocimiento perfecto de Dios en esta vida. Según esta enseñanza, el conocimiento perfecto de Dios es posible ahora, siempre que las personas puedan alcanzar el “conocimiento de revelación”. El espíritu de las personas debe estar abierto a este “conocimiento de revelación”.

Esta doctrina lleva a clasificar a los cristianos por jerarquía. Es fácil hacer una distinción entre los “supercristianos”, los que han recibido conocimiento de revelación, y los demás, que son considerados menos espirituales. En la práctica, esta clasificación se ve frecuentemente en las asambleas que enseñan esta teología. Los superespirituales, a veces llamados “apóstoles”, son venerados y aun deificados. Son considerados “hombres-dios” que se están volviendo dioses a través de su conocimiento. A los demás cristianos se los considera como en proceso de llegar a ser como ellos, por así decirlo.

Conclusión

He intentado examinar rápidamente algunas de las preguntas teológicas que es necesario formular cuando hablamos del movimiento de la prosperidad, para que no nos veamos tentados a ignorarlo todo. Espero que estos pensamientos inspiren otros más profundos sobre este tema que sigue siendo una de las cuestiones teológicas importantes de nuestro tiempo. Sin embargo, somos invitados a permanecer humildes en nuestras reflexiones, porque dentro de las iglesias que enseñan esta teología hay personas que conocen al Señor, que lo aman y lo sirven con todo su corazón.

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