¿Podemos ofrecer una teología mejor? Apostar por el reino

Deuteronomio 8:10-19:

Cuando hayas comido y estés satisfecho, alabarás al Señor tu Dios por la tierra buena que te habrá dado. Pero ten cuidado de no olvidar al Señor tu Dios. No dejes de cumplir sus mandamientos, normas y preceptos que yo te mando hoy. Y cuando hayas comido y te hayas saciado, cuando hayas edificado casas cómodas y las habites, cuando se hayan multiplicado tus ganados y tus rebaños, y hayan aumentado tu plata y tu oro y sean abundantes tus riquezas, no te vuelvas orgulloso ni olvides al Señor tu Dios, quien te sacó de Egipto, la tierra donde viviste como esclavo. El Señor te guió a través del vasto y horrible desierto, esa tierra reseca y sedienta, llena de serpientes venenosas y escorpiones; te dio el agua que hizo brotar de la más dura roca; en el desierto te alimentó con maná, comida que jamás conocieron tus antepasados. Así te humilló y te puso a prueba, para que al fin de cuentas te fuera bien.

No se te ocurra pensar: “Esta riqueza es fruto de mi poder y de la fuerza de mis manos”. Recuerda al Señor tu Dios, porque es él quien te da el poder para producir esa riqueza; así ha confirmado hoy el pacto que bajo juramento hizo con tus antepasados. Si llegas a olvidar al Señor tu Dios, y sigues a otros dioses para adorarlos e inclinarte ante ellos, testifico hoy en contra tuya que ciertamente serás destruido.

Mateo 6:19-21, 24-225, 31-33:

No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.

Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas. Por eso les digo: No se preocupen por su vida, qué comerán o beberán; ni por su cuerpo, cómo se vestirán.

Así que no se preocupen diciendo: “¿Qué comeremos?” o “¿Qué beberemos?” o “¿Con qué nos vestiremos?” Porque los paganos andan tras todas estas cosas […]. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas.

 

Por casi ocho años dicté clases en un seminario del Brasil. En una ocasión, al hablar con mis alumnos de las características de la iglesia primitiva que vemos en el libro de los Hechos, y en particular las implicancias económicas de los textos bíblicos, un estudiante levantó la mano y dijo: “Profesora, no podemos predicar estas cosas en nuestras iglesias. Hay demasiada pobreza y todas las congregaciones que nos rodean predican sobre las prosperidad, las riquezas y las bendiciones; eso es lo que la gente quiere oír. Si no predicamos de la prosperidad, se irán a otro lado porque reciben esperanza en otras iglesias; la enseñanza de la prosperidad les da esperanza. Ninguna persona pobre quiere oír sobre el sacrificio personal ni acerca del darse a sí mismo al prójimo ni tampoco sobre la vida sencilla”.

“La teología de la prosperidad les da esperanza”. Entonces, parafraseando a John Stott y su legado tanto en el Movimiento de Lausana como en la Alianza Evangélica Mundial, debemos hallar formas de ofrecer una esperanza mejor, una teología mejor. Si fracasamos en ello, no importará realmente cuán bien critiquemos las enseñanzas de la llamada teología de la prosperidad, cuán buenos lleguen a ser nuestros análisis. El llamado sobre nosotros es grande: ofrecer una teología de esperanza verdaderamente bíblica, ciertamente evangélica que tome con seriedad lo que la Escritura tiene para decir, tanto sobre la justicia de Dios como de Sus bendiciones.

Ofrecer una teología mejor implica leer la Biblia de forma tal que nos veamos forzados a pensar y repensar nuestras prácticas, nuestros estilos de vida, nuestras maneras de ser iglesia y en particular cómo estas cosas son moldeadas por los conceptos erróneos de la prosperidad y las bendiciones de Dios.

En otras palabras, si hemos de ser una voz profética y una voz de esperanza y justicia, debemos reconocer que Dios juzga ciertas formas de vivir. Hay muchas cosas que el Señor juzga y condena, prácticas y doctrinas a través de la historia cristiana que la iglesia ha considerado indignas del evangelio. Pero hay algo a lo largo de la historia, desde las acciones del antiguo Israel hasta el día presente, que se juzga con más dureza: la idolatría (“No tengas otros dioses además de mí”). La idolatría es el pecado que implica depositar la confianza en un lugar erróneo así como también desear algo más aparte de Dios, como si Él no fuera suficiente.

Pregunto: ¿En quién confiamos? ¿En qué confiamos?

Al pensar en esta consulta convocada por Lausana y en las palabras de la Escritura que hablan sobre lo que hemos discutido estos días, no podría dejar de mencionar el sermón más grande de Jesús, registrado tanto en Mateo como en Lucas. Ciertamente preferiría no hablar sobre ese texto. ¿Por qué? ¿Qué es lo que hay en el Sermón del Monte que suscita sentimientos tan incómodos en nosotros? Sus palabras no pueden espiritualizarse ni constituyen un ideal establecido para la persona perfecta (todo lo contrario). Estas palabras de Jesús tratan sobre cosas de la vida cotidiana: la ira, el matrimonio, cómo comemos, cómo hablamos unos con otros, el dinero y las riquezas. Son textos difíciles de leer porque suenan demasiado familiares.

Las montañas figuran con prominencia en el Evangelio de Mateo. Son los lugares de batallas, oración y visiones, así como de grandes recordatorios. Es desde la cima de una montaña muy alta que el diablo tienta a Jesús por tercera vez, mostrándole todos los reinos de este mundo y su esplendor (Mt. 4). Es en la cima de una montaña alta donde una pequeña pandilla de discípulos se atemoriza y confunde al ver la transfiguración (Mt. 7); es en la cima de las montañas que Jesús ora (Mt. 14). Es en un monte donde sufre la crucifixión y, en Mateo 28, donde habla con sus discípulos, les recuerda su misión y todo lo que les ha enseñado. Así que cuando Mateo dice que algo ocurre en una montaña, es bueno prestar atención; son momentos claves en su narrativa.

¿Cuál es el tema principal del Sermón del Monte? Argumentaría que no es el amor ni el arrepentimiento; tampoco la ética cristiana per se, aunque estos aspectos son importantes. El tema principal es el reino y cómo aprender a vivir en este reino que ya existe en la misma persona de Jesús. Una respuesta ante las enseñanzas distorsionadas de la teología de la prosperidad tiene que ser una teología del reino y de la esperanza que Jesús nos ofrece al invitarnos a su reino. Pero el llamado de Jesús a unirnos es más que una invitación. Consiste en otra forma de sustentar la vida que no cae en la trampa de la idolatría. Trata sobre la manera de vivir en el reino de Dios. ¡Es un reino al revés! Con demasiada frecuencia usamos este mismo aspecto (“un reino al revés”) como una forma ligera de evitar las enseñanzas, ignorarlas y desestimarlas como algo que refleja la vida en la Palestina del primer siglo. Dichosos los pobres en espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece […], dichosos los que trabajan por la paz […], dichosos los perseguidos por causa de la justicia […], regocíjense y alégrese en la persecución. No queremos estar hambrientos, ni ser perseguidos ni sufrir pobreza. Pero no podemos ignorar estos textos. Esta es la enseñanza de Jesús sobre cómo se considera la vida en este reino alternativo. Es un reino para el “aquí y el ahora”, este mundo real, donde la gente se enoja, los matrimonios afrontan problemas, las personas intentan presumir en la iglesia, y el dinero es un amo que esclaviza junto con la riqueza, el nuevo ídolo.

Paul Freston nos mostró de qué manera perciben la teología de la prosperidad aquellos que reciben su mensaje, cómo para algunos es una forma de desafiar al capitalismo de mercado, de qué modo empodera a los individuos al darles la oportunidad de ser dadores de ofrendas en lugar de solo recibir ayuda y, por lo tanto, estar en deuda con el dador. Les da un sentido de esperanza y un lugar de pertenencia. La teología de la prosperidad le ofrece a la gente algo en lo que confiar.

He aquí dos preguntas fundamentales:

  1. ¿A quién pertenecemos?
  2. ¿En quién o qué confiamos?

Ambas cuestiones se relacionan entre sí. “No tengas otros dioses además de mí”. La idolatría es una confianza que se deposita en un lugar equivocado.

La confianza implica relaciones. Es confianza lo que esperamos que nuestros hijos tengan en nosotros; es por medio de la amistad que el mundo se convierte en un lugar mejor; es saber que esta gente, esta familia, es tu pequeño equipo y este es el lugar al que perteneces.

En los Evangelios Jesús les enseña a sus discípulos una nueva forma de confianza y por lo tanto una nueva forma de pertenencia. Jesús llama a Simón Pedro y a su hermano Andrés (Mt. 4:18 y ss.) así como a Jacobo y Juan, pescadores, hombres comunes; eran personas laboriosas que no estaban en la cima de la pirámide financiera. ¿A quién llama a continuación? Mateo, el recaudador de impuestos, el hombre que trabajaba para el imperio, que recibía sobornos y engañaba a gente como los pescadores. No hay forma natural de que Pedro y Mateo sean amigos. Es una contradicción que Jesús incluya a Mateo, el recaudador de impuestos, y a Pedro, el pescador, en la misma comunidad. Pero esa es exactamente la forma de vida en el reino, lo que ocurrió justo allí.

Jesús hace posible una nueva forma de pertenencia que está centrada en torno a Él. Al seguir a Jesús, los discípulos no solo unen su vida con el Maestro sino también entre sí; esto es parte de lo que implica seguir a Jesús. El discipulado consiste en estar juntos y tratar de seguir a Jesús de ese modo. Cuanto más nos acercamos a Él, más cerca estamos los unos de los otros.

Confiar en Jesús tiene sus exigencias y esto hace posible la confianza en los demás. En el reino hay otras personas alrededor de nosotros; consiste precisamente en una nueva forma de ser, un nuevo orden de vida comunitaria hecho posible a través de Jesús. Si el discipulado tratara meramente sobre el individuo en el reino, no necesitaríamos el Sermón del Monte; ¿quién se preocuparía por cómo vivimos juntos o lo que hacemos con nuestro dinero? Pero no habla solo del individuo sino de cómo compartir con otros la vida en este reino de Jesús. Él nos atrae a sí mismo y así nos atrae a los demás, y esta es una promesa que se nos ofrece a cada uno.

Entonces ¿qué tienen que ver esta nueva comunidad y este nuevo aprendizaje de confianza con el dinero, las riquezas y las preocupaciones? Apostar por el reino.

Cuando llegamos a este texto en Mateo 6, Jesús acaba de instruir a sus discípulos sobre cómo orar y de qué forma Dios puede redimir aun las peores motivaciones. Ha hablado acerca de la ira, el matrimonio, la piedad y ahora aborda lo que sustenta los reinos de esta Tierra: la economía y las finanzas.

Hoy en día resido en el Reino Unido. Los británicos saben de reinados. Tienen una reina, una familia real. ¿Sobre qué se edifican los reinos? ¿Qué los sustenta y los mantiene vigentes? El dinero, los tesoros de la corona. Se hacen negocios, se establecen matrimonios, se pelean guerras a fin de mantener vigente el reino. Puede ser Inglaterra, el Imperio romano, la FIFA, Microsoft o Unicef. Los reinos se edifican para el dinero y se sustentan por él.

En estos versículos Jesús expone el poder idólatra del dinero. El asunto es que el dinero no es solo una cosa. Es un dios. Jesús no permitirá que menospreciemos la importancia que esto tiene al decir: “Oh, simplemente es dinero”, porque de esa manera fallaremos en cuanto a discernir el poder que tiene en nuestra vida. El dinero no es solo un artefacto ni simplemente algo neutral que anda por allí. Ejerce poder sobre nosotros. “Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón. Nadie puede servir a dos señores […]. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas”.

La Biblia tiene mucho para decir acerca del dinero y las riquezas, ya sea que se trate de una viuda pobre, un rey acaudalado o la búsqueda de un tesoro. Como señaló un erudito en Nuevo Testamento, en los Evangelios se evidencia mayormente hostilidad hacia las riquezas. Sería trágico si nos pusiéramos sentimentales en cuanto a las parábolas del reino o hiciéramos una lectura definitivamente incorrecta, olvidando así las palabras de Jesús en este texto, simulando no ser esclavos de las riquezas.

Los judíos religiosos que escuchaban a Jesús no se habrían sorprendido ante las palabras de Él. Conocían la ley, el texto de Deuteronomio que mencionamos al principio:

“No se te ocurra pensar: ‘Esta riqueza es fruto de mi poder y de la fuerza de mis manos’. Recuerda al Señor tu Dios, porque es él quien te da el poder para producir esa riqueza […]. Si llegas a olvidar al Señor tu Dios, y sigues a otros dioses para adorarlos e inclinarte ante ellos, testifico hoy en contra tuya que ciertamente serás destruido”. ¿Qué le ocurrió a Israel? ¿Qué le sucedió a Salomón luego de adquirir sus riquezas? Los judíos religiosos de la época de Jesús conocían las consecuencias que implicaba olvidar a Dios durante tiempos de prosperidad.

En Mateo 6 Jesús no se refiere específicamente a la ley, como sí lo hace en los capítulos previos. De todos modos, considero que su intención es la misma:

Ustedes han oído decir: “No mates”, pero yo les digo: “Incluso ni se enojen”.

Ustedes han oído decir: “No cometan adulterio”, pero yo les digo: “Ni aun miren con lujuria a una mujer”.

Ustedes han dicho decir: “Den gracias a Dios por su prosperidad”, pero yo les digo: “Ni siquiera acumulen tesoros terrenales”.

Jesús va directo al corazón de las riquezas corruptas de los reinos. Porque aunque tuviéramos las mejores intenciones, el dinero podría conquistarnos. Ya sea que hablemos de una persona pobre que siempre desea el dinero o alguien pudiente que se preocupa qué hacer con eso, es evidente que se trata de un asunto que logra dominar los pensamientos. No es accidental que la última parte del Sermón del Monte trate con la ansiedad, con las formas en las que nos preocupamos sobre toda clase de cosas, la mayoría de ellas relacionada con tener dinero o poder para adquirir lo que no tenemos o pensamos que necesitamos.

Consideremos a modo de ilustración la sortija en El señor de los anillos, trilogía literaria de J. R. R. Tolkien. El anillo atrae a Frodo hacia sí mismo, ejerciendo poder sobre él. Su atracción no consiste solo en arrastrarlo hacia el mal, sino que al hacerlo también lo aparta del hobbit que se espera que sea y lo aleja del grupo de amigos al que pertenece. Frodo sabe que puede meterse en graves problemas si sucumbe ante el anillo. Sabe que debe destruirlo antes de que lo destruya a él. En su mente y su corazón lo tiene claro. Pero no alcanza con saberlo. Al igual que el anillo, la riqueza ejerce un poder que amenaza nuestros sueños, modela nuestros deseos y tuerce nuestra confianza.

Tener la perspectiva correcta o buenas intenciones con respecto a las riquezas no alcanza. Jesús lo expresa claramente. El peligro es que el dinero nos ciega con llamativa rapidez. Frodo tiene las mejores intenciones pero el anillo ejerce un poder tal que por más que el hobbit lo intente termina alejándose, de modo que en un punto llega a estar “ciego” ante su verdadero amigo, Samwise.

Nadie puede servir a dos señores. Por eso les digo: No se preocupen por su vida. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas.

Esto tiene que ver con la confianza y el tipo de comunidades que el evangelio posibilita. Parte de estar en Jesús incluye la capacidad de compartir vida y aprender a confiar mediante formas que nos libran de la preocupación. Esto es lo que Jesús genera en la comunidad de discípulos, lo que vemos en Pedro y Cornelio y lo que notamos en el pequeño grupo que se reunió con Pablo junto al río, en Filipos: una muchacha esclava, un comerciante, un carcelero. Personas que de otro modo no podrían ser amigas. Las alternativas frente a las promesas de riqueza, esperanza y pertenencia que ofrece la teología de la prosperidad son la vida compartida, la pertenencia y la confianza verdaderas que son posibles gracias a que Jesús nos ha congregado.

Hablamos de pobreza, de la necesidad de escuchar al pobre, del desafío de hablar sobre la sencillez y la humildad en contextos de pobreza. ¿Escuchar al pobre? No lo creo. Eso no alcanza. La contradicción del reino del revés de Jesús no consiste tanto en escuchar sino en ser, es decir, compartir vida. Esto es algo radical, la alternativa a la que Jesús nos convoca: ser y vivir con los pobres. Literalmente. Estar presentes en el mundo de maneras que demuestren el valor “contracorriente” del evangelio. Significa literalmente compartir vida y vida en su plenitud, compartir alimentos, recursos, luchas, alegrías, lamentos. A medida que nos sintamos más atraídos a Jesús, más cercanos estaremos los unos de los otros; las personas que no serían naturalmente amigas “en el mundo real”, comparten auténtica vida “en el mundo real”.

La economía financiera del reino no puede menospreciarse como algo mundano o como algo destinado a una época ideal, para un mundo sin mercado de valores. No podemos decir de estos textos: “Ah, oh, pero en el mundo real las cosas funcionan de otro modo…”. La respuesta del Nuevo Testamento es: “En el mundo real, Pedro y Mateo eran enemigos que se detestaban”. La respuesta del Nuevo Testamento (y hay múltiples ecos en el Antiguo) es: “No solo es posible otro mundo, sino que está aquí y ahora en Jesús”.

¿Pregunté antes en quién confiamos?

La confianza implica riesgo; no hay garantías de que estar en la nueva comunidad signifique un emparejamiento final de las cosas. La comunidad es frágil. Puede haber traición, como sufrió el mismo Jesús. Pensemos en aquellos discípulos. El amor de Judas por el dinero expone el poder de esas treinta monedas de plata. Su traición a Jesús no solo propició la crucifixión sino que también desgarró la comunidad que se había edificado en torno a Jesús. La comunidad es frágil, pero no imposible.

Luego del impacto y el trauma de aquella traición, Jesús vuelve resucitado, atrayendo de nuevo a sí mismo a estos caracteres dispares y luego enviándolos en el poder del Espíritu Santo. Es algo muy práctico. Es dentro y a través de esta comunidad del reino “al revés” que compartimos alimento y vestimenta, en este reino es que buscamos justicia y misericordia. Porque estamos juntos para aprender y no preocuparnos. Si los modelos de nuestras iglesias impiden compartir vida, será muy difícil contrarrestar las enseñanzas de la teología de la prosperidad.

La confianza en la buena noticia de Jesús nos libra de la preocupación. No tenemos que salvar el mundo. Jesús ya vino y lo hizo. Se nos llama a obedecer, a llevar vidas que nos acerquen a Jesús y a nuestro prójimo. Si fijamos nuestros ojos en Él no solo nos libraremos de la preocupación y el poder de las riquezas, sino que también atraeremos a los demás a Jesús.

Quizá en estos textos Jesús intenta enseñarnos que no preguntemos: “¿De dónde vendrá mi comida?”, sino “¿Con quién compartiré la vida y cómo veré a Jesús? Cómo compartir vida real, orando y sanando los enfermos, cuidado de los pobres y las viudas”.

En Hechos tenemos relatos de aquellos primeros cristianos que intentaban vivir en sus contextos las diversas realidades que Jesús había dicho en el Sermón del monte. Son cuestiones bastante prácticas, desde educación teológica a compartir el pan. En las cartas de Pablo, de nuevo, vemos a esta gente tratando de vivir el evangelio en formas muy desordenadas con todas sus implicaciones económicas y políticas. Ricos y pobres en Corinto, judíos y gentiles en Roma; personas que no se juntarían “en el mundo real” son congregadas por el poder del evangelio y así deben elaborar juntas qué significa implementar esta nueva vida “en el mundo real”.

C.S. Lewis no es uno de mis teólogos favoritos, pero expresó acertadamente que debemos ofrecer una teología mejor, de vida compartida, que nos ayude a confiar en Dios y los unos en los otros por causa del Señor y así no caer en la idolatría de las riquezas. Al escribir acerca de los primeros discípulos, dice lo siguiente:

“Volvieron a encontrarlo después de que lo hubieran matado. Y luego, después de que habían sido formados en una pequeña sociedad o comunidad, encontraron de alguna manera a Dios también dentro de ellos: dirigiéndolos, haciéndolos capaces de hacer cosas que no habían podido hacer hasta entonces”. (C. S. Lewis, Mero Cristianismo, libro iv).

Después de haber compartido la vida en comunidad, encontraron a Dios en ellos. Apostar por el reino es ver las distintas maneras en que podemos hacer las cosas que no podíamos hacer antes. Es reconocer el poder que las riquezas ejercen sobre nosotros y arrepentirnos. La alternativa a la teología de la prosperidad no es una riqueza alternativa, otro ídolo ni la independencia, sino la interdependencia hecha posible al compartir vida. Es vivir de una forma tal que el mundo vea que otro mundo es posible.

 

This is a paper presented by the author at the 2014 Lausanne Global Consultation on Prosperity Theology, Poverty, and the Gospel. You may find a video version of this paper in the Content Library. The views and opinions expressed in this paper are those of the author and do not necessarily reflect the personal viewpoints of Lausanne Movement leaders or networks. For the official Lausanne Statement from this consultation, please see ‘The Atibaia Statement on Prosperity Theology‘.

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